miércoles, 5 de junio de 2013

EL ESTADO DE COSAS EN EL MUNDO. PUESTA AL DÍA Y PERSPECTIVAS INMEDIATAS - Andrés PIQUERAS*


   1 .      El juego agónico del capital.

Hay quien a la peculiar relación asiático-norteamericana que mantiene el Sistema Mundial capitalista en estado asistido en las dos últimas décadas le ha dado el nombre de Bretton Woods II. El detalle es como sigue.

Ante el fin de Bretton Woods I, EE.UU. y Asia oriental emprendieron una especie de arreglo parcial que estaría vigente de forma más o menos informal desde el comienzo de la última década del siglo XX, para mantener por métodos no oficiales y muy variados, artificialmente alto el valor del dólar y artificialmente bajos los valores de distintas divisas asiáticas, a fin de exportar mercancías baratas de Asia oriental a EE.UU. De esta manera –además del crédito y la deuda, claro- es que la fuerza de trabajo estadounidense pudo seguir quedando integrada a través del consumo (sintiendo como si tuviera capacidad de consumir). Facilitaban esto redes comerciales especializadas en esas mercancías baratas, de la que Walmart y los propios comercios chinos, son el epítome[i].

El éxito exportador de China ha dependido en alto grado del partenariado económico ente China y Estados Unidos. Mientras China actúa como una locomotora de la oferta mundial, Estados Unidos juega el papel de locomotora de la demanda.

¿Cómo mantuvo EE.UU. esa demanda?

 A costa de sus enormes déficits, naturalmente.

Todo comenzó con el “Shock de Volcker” -(entre 1979 y 1982) en referencia al entonces director de la Reserva Federal-, y la subida unilateral de intereses al acabar la década de los 70, que los hizo rondar el 20%. Convirtiéndose en el gran atractor de capitales del mundo, sobredimensionando el complejo financiero de Wall Street. El poderío militar estadounidense y la seguridad de su moneda de pago internacional, hicieron el resto de esa atracción.

El capital que afluía a EE.UU. del resto del mundo se reinyectaba a las corporaciones empresariales estadounidenses, engrasaba el mercado doméstico a través del préstamo al consumo y financiaba los déficits del gobierno norteamericano (por la masiva compra de bonos del Tesoro). Permitía, además (dado que el déficit comercial no preocupaba, al ser permanentemente enjugado con el dinero exterior) una ciclópea demanda estadounidense suficiente como para mantener a flote las exportaciones netas del resto del mundo, así como la exportación de capitales desde EE.UU. para inflar burbujas en cualquier lugar del globo. Ello también fue posible por la ingente masa de dinero privado creado.

Puede entenderse así el déficit crónico y ascendente del comercio exterior:

 1971              2.000 mills. dólares
 1981            28.000 mills. dólares 
 2001          431.000 mills. dólares
 2007          815.000 mills. dólares



Pero además ese “juego” ha permitido a EE.UU mantener un altísimo déficit fiscal. 160.000 millones $ en 2002, 380.000 millones en 2003 y más de 1 billón de dólares en 2009.

También una enorme deuda pública:

           1970                 390.000 millones $
           1980                 930.000       "
           1990                 3,2 billones $
           2000                 5,6      "
           2009 (marzo)   10,9      "


La deuda total estadounidense (pública + privada) rondaba en 2009 los 54 billones $. Equivalía aproximadamente al PIB mundial, y más de 3 veces el PIB estadounidense. El 20% de la misma era deuda externa.

Debido a la creciente dificultad de invertir rentablemente el excedente producido, con la consiguiente sobreacumulación generada, el dinero va dejando de reproducirse como capital, quedando más y más fuera de la producción, como dinero-mercancía, listo para sobredimensionar la vertiente financiero-especulativa de la economía capitalista. Se creó así una ingente suma de capital ficticio, que ha sido en realidad el gran motor del breve y tímido despegue neoliberal de las tasas de ganancia.

El Bank for International Settlements en su Quarterly Review de junio de 2011, reportaba haber recibido datos bancarios hasta diciembre de 2010 por un total de 601 billones de dólares en derivados emitidos, lo que suponía más de 10 veces el PIB mundial. Otras fuentes, sin embargo, estiman ese monto de capital ficticio en torno a 30 veces la riqueza mundial “real”. En cualquier caso, en 2012 el Banco de Basilea confirmaba que el monto total de derivados financieros superaba los 720 billones de dólares, lo que supone un crecimiento de un 20% en poco más de un año[ii].

Cuando a partir de 2007 empezó a desmoronarse el entramado financiero que mantenía esa ingente masa de capital ficticio acumulado, el delicado juego de amor-odio entre las dos superpotencias del inicio del siglo XXI (EE.UU.-China) se desbarata.

El gigante norteamericano deja de poder ejercer como succionador de la demanda mundial gracias al dinero del resto del mundo, al tiempo que cada vez le es más difícil que le financien el débito.

Las pugnas internas entre las fracciones de sus clases dominantes se hacen cada vez más feroces (y sangrientas). Por un lado, el sector ligado al capital financiero transnacional busca cierto mayor “multilateralismo” en la regulación del capitalismo mundial decadente (Standard & Poors, Barclays, Rotschild…). Por otro, los sectores que propugnan una nueva salida imperial norteamericana, el mega-Estado dominador del mundo (aquí Moody’s, Goldman Sachs, Warren Bufffet, Rockefeller, los halcones y la cúpula republicana de EE.UU.)[iii].

De momento, como vía de escape a su dramática situación el establisment  estadounidense se ha venido inclinando a imprimir dinero sin ningún respaldo[iv]. Inunda el mercado mundial con esos dólares-chatarra: todos hacen como que se creen que valen pero sólo porque están los misiles detrás (esto forma parte del juego pero es cada vez más parecido al juego del monopoly, sólo que con armas sobre la mesa[v]). De paso, esa incontinencia en la impresión de moneda mantiene el dólar a la baja para tener alguna oportunidad en el comercio internacional.

Pero frente al declive de la hegemonía económica estadounidense, el crónico deterioro de su balanza comercial y su incuestionable sobre-evaluación monetaria, la economía mundial no puede seguir manteniendo la ficción del dólar como moneda de cambio internacional, ni la fe en la gran cantidad de dólares-chatarra que circulan sin respaldo alguno. La caída del dólar –que arrastraría de inmediato a la libra esterlina, íntimamente ligada a aquél- es frenada cada vez más por el poderío militar estadounidense, único que ya sostiene el dólar como moneda-refugio mundial, a la falta de otra moneda que garantice rentabilidad. Las intervenciones militares estadounidenses, y sobre todo las que desestabilizan los flujos petroleros mundiales, también tienen por objetivo revalorizar el dólar al hacer subir el precio del “oro negro” (dado que el petróleo se paga en dólares); al tiempo que dan muestra de la “fuerza” de EE.UU. a los compradores de bonos y a quienes buscan un refugio para su dinero.

A pesar de todo, o precisamente por ello, nadie se fía ya en serio del dólar. Y los otros dos motores de la globalización (UE y Japón) no pueden seguir financiando su déficit.

La gran incógnita en estos momentos es cuántos más dólares chatarra va a estar dispuesta a digerir China a cambio de sus mercancías baratas[vi].


2. Japón: el elemento más frágil de todo el entramado.

Japón tiene en proporción a su PIB la deuda pública y privada más grande de todas las economías centrales. La deuda total sobrepasa en más de 450% su PIB. La deuda de Estado asciende al 200%.

Hasta ahora había evitado la especulación contra ella por diversas razones. A) Su Inversión Internacional Neta (IIN) no era negativa[vii]; B) a diferencia de las formaciones sociales europeas, tiene soberanía monetaria, es decir, dispone de Banco Central  para tener una política monetaria propia; C) congruentemente con ello, ha mantenido unos intereses de los bonos del tesoro muy bajos, del orden del 0,5%. Como quiera que además la inflación era negativa (en torno al -0,5%), los rendimientos reales se acercaban al 1%. El dilema actual es que para activar la economía debe aumentar enormemente la cantidad de moneda en circulación; pero si lo hace aumentará la inflación, y si aumenta ésta estalla la crisis de la deuda. Si por el contrario no inyecta moneda, el estancamiento se tornará pronto en recesión grave[viii]. Además tiene que destinar importantes sumas a paliar los daños ecológicos y nucleares en su territorio. Sea como fuere, Japón queda fuera de juego para financiar el déficit USA y para servir más de motor. En cambio, las irrupciones sociales se verán pronto allí.


3. Europa: otro motor que se apaga. El loco proyecto de la Gran Alemania.

El proyecto alemán de lanzar la UE tuvo como objetivo posibilitar su reestructuración productiva con miras a la exportación, correlativa a la disminución continua del salario real en su propia casa. En las últimas décadas la vieja industria alemana se reconvirtió, renovando su perfil hasta hacerse una “arrolladora máquina de generar excedentes” (las ventas externas pasaron del 20% del PIB en 1990 al 47% en 2009). Esto se logró, como es obvio, a costa de los países deficitarios, que “se convirtieron en el medio financiero mediante el cual las corporaciones alemanas internacionalizaron sus actividades en EE.UU., China y Europa del Este” (Varoufaquis, opus cit., pg. 257).

Pero en todo este proceso hay que considerar también otra dinámica que casa mal con la economía productiva, la dinámica de financiarización económica alemana. Un singular detalle de ese complejo proceso pasó por realizar grandes préstamos a la Banca de las formaciones periféricas europeas, a fin de generar un ciclo de demanda de los productos alemanes. También se realizó una gran inversión especulativa en el sector inmobiliario de ciertas de esas formaciones, así como en el de EE.UU., contribuyendo a provocar sus enormes burbujas[ix].

Cuando, en plena crisis, los Bancos privados tienen que satisfacer la deuda alemana y no pueden, son los Estados (es decir, el conjunto de la población) los que la asumen (“socialización de pérdidas”). Esa y no otra es la economía política del Gran Capital europeo: que las deudas privadas de las instituciones bancarias y financieras las pague el conjunto de ciudadanos.

El otro gran objetivo es disciplinar a la fuerza de trabajo, reducir sustancialmente su poder social de negociación y, consecuentemente, su precio. Supuestamente ahora el capital europeo ha abierto el camino para estar en mejores condiciones de competir con los bajos precios de la mano de obra de las potencias “emergentes” (fijémonos hasta dónde se puede llegar por esa senda).

Pero Alemania ha estirado tanto la cuerda que ha acentuado el ciclo depresivo inducido en una buena parte de las formaciones sociales integrantes más allá de lo razonable y en consecuencia es el propio euro el que se resquebraja. La UE puede ser historia en muy breve plazo, al menos la UE pensada para toda la Europa occidental. Sin sus exportaciones al resto del continente, la Gran Alemania no tardará en tener serios problemas internos en su economía productiva. La crisis de la deuda es cuestión de poco tiempo que estalle a allí también (como indicaremos en el apartado final).


4. La globalización china.

Ante el deterioro del trimotor de la globalización capitalista, China ha comenzado a lanzar su propia globalización. De momento, ejerce una indiscutible hegemonía en los BRICS (estos que las potencias centrales llaman “países emergentes”). Es el único de ellos, por ahora, con geoestrategia global propia.

En septiembre de 2012 se produjo el Gran Cambio para la geoestrategia mundial. China y Rusia acuerdan intercambios comerciales en sus respectivas monedas, así como la explotación conjunta de reservas y el intercambio de recursos energéticos estratégicos. Recientemente la empresa rusa Gazprom ha acordado con la china CNPC la venta de 38.000 millones de metros cúbicos de petróleo a partir de 2018, mientras que los chinos se van a comprometer a suministrar gas a Rusia durante los próximos 50 años.

Difícilmente se puede dar una patada más contundente al dólar como moneda de cambio internacional y como moneda reserva para hacer frente a los costos de la energía

La sentencia al papel verde se dará muy probablemente en la próxima reunión del G20, este otoño, en la que China y Rusia propondrán a buen seguro una moneda de cambio internacional que sea compendio de las principales monedas (o incluso que esté vinculada a las materias primas esenciales).

Así pues, de septiembre de 2001 a septiembre de 2012, E.E.UU., su geoestrategia global y su posición dominante en el mundo viven dos enormes conmociones, a pesar del silencio informativo que en esta última fecha rodeó a ese acontecimiento de alcance planetario.

Además, los BRICS, que albergan al 43% de la población del planeta, acaban de dar luz verde a su propio Banco en marzo de 2013 y estrechan sus intercambios a través de sus respectivas monedas, dejando al dólar en una situación cada vez más delicada. No es superfluo que la participación del dólar en las reservas mundiales haya caído del 62% en 2000, al 54% de la actualidad, según el Consejo mundial del Oro. Queda, entonces, EE.UU. más inclinado hacia la salida militar global.

Siria y en general Asia occidental pueden acusar el primer gran impacto de esta salida desesperada. De hecho, EE.UU., las potencias subordinadas a él en la OTAN y las amigas dictaduras feudalizantes de la península arábiga (Arabia Saudi, Kuwait, Emiratos Árabes…) han venido infiltrando paramilitares de medio mundo en ese primer país, así como apoyando a tropas de Al Qaida para derrocar al gobierno sirio. Ante su patente fracaso y retroceso, parecen dispuestos a desencadenar un gran conflicto regional (Israel no para de provocar a Siria con bombardeos directos sobre su territorio, al tiempo que Turquía se apresta a agredirla por el norte, tras aceptar autogolpes en su territorio para inventarse acusaciones contra Siria -lo propio burdo de las acusaciones implica el grado de desesperación al respecto por iniciar la guerra-).  Es el primer eslabón para tener el camino despejado hacia Irán en la gran y suicida ofensiva asiática contra China que la todavía primera potencia lleva tejiendo desde hace tiempo.

Pero EE.UU. es la única formación estatal, hoy por hoy, con capacidad de golpear en cualquier punto del planeta, e incluso hacerlo simultáneamente en más de uno. Eso quiere decir que ni Venezuela ni centro-Asia, ni siquiera territorios estratégicos de África pueden descuidarse.

De momento, sin embargo, el resto de los BRICS (fuera de China) se contentan con ejercer un papel subimperialista en su región[x]. Aunque Rusia haya comenzado a intentar reencontrarse como superpotencia, más allá del cometido de exportadora de recursos fósiles que le había adjudicado EE.UU. en su particular división internacional del trabajo tras su victoria en la Guerra Fría.


5.  América Latina y el ALBA, ¿el continente de la esperanza?

Las formaciones del ALBA protagonizan procesos de integración en el continente americano, parcialmente desconectistas respecto de la jerarquización y división internacional del trabajo del Sistema Mundial capitalista, aunque muy lejos de la construcción de un modo de producción diferente. Son llevados a cabo desde arriba (con poco protagonismo popular, aunque a menudo con masivo seguimiento popular), pero con intención redistribuidora.

Están procurando estos procesos “bolivarianos”, más allá de la retórica “socialista” o del “Vivir Bien”, lo que intentaron décadas atrás los proyectos de capitalismo autocentrado o “nacional” de los gobiernos nacionalistas latinoamericanos, reiteradamente agredidos por EE.UU. (Arbenz, Vargas, Perón, Bosch, Alvarado, Terry, Torrijos…), o el propio proceso de Bandung: la generación de una demanda interna solvente, para hacer despegar el ciclo de acumulación propio, fundamentado ante todo, en el actual proceso latinoamericano, en el extractivismo energético. Pero esta vez lo están haciendo cada vez más como bloque, buscando ciertos niveles de integración por primera vez a escala realmente regional sobre todo en cuestiones energéticas básicas (con lo que la tan recurrida “integración latinoamericana” en el ámbito supraestructural o ideológico –de Bolívar y Martí al Che-, cobra por fin sustento infraestructural o energético)[xi]. Todo a pesar de que en lo sustancial del bloque progresista de las formaciones latinoamericanas prima el neodesarrollismo (Argentina, Brasil, Uruguay, ahora Perú), frente a los Estados más “rupturistas” en el plano político, como pudieran ser Venezuela, Ecuador o Bolivia, con la inestimable concurrencia de Cuba, obviamente.

Esos procesos han resultado hasta ahora favorecidos por el relativo y temporal esquive de la crisis por parte de las principales formaciones sociales latinoamericanas, a través, entre otros factores, de la mayor vinculación comercial a China y la reprimarización de sus economías a que esa relación les obliga.

Sin embargo, tal proyecto previsiblemente será cada vez más liderado por Brasil, como potencia regional subimperialista y por tanto tendente a descartar las vertientes más progresistas de todo el proceso (ya se vio, por ejemplo, en su boicot al Banco del Sur propuesto por Venezuela, así como en su tendencia a anular el ALBA en favor de Mercosur).

La decadencia de la correlación de fuerzas en Venezuela y las tentaciones de vuelta al pactismo o al neodesarrollismo entre los sectores de la “boliburguesía” venezolana y del chavismo oportunista previsiblemente se acentuarán. ¿Se darán en breve batallas entre fracciones chavistas?[xii]. Si así fuera, y la opción popular y movimientista no saliera fortalecida, sería letal para los procesos de transformación social latinoamericanos, dado que Venezuela es el único país que ejerce un cierto contrapeso al subimperialismo brasileño.

Sin embargo, la coyuntura histórica abre una posibilidad sin precedentes a las sociedades latinoamericanas para ejercer el control de sus propios recursos (soberanía energética), que se harán cada vez más estratégicos en un capitalismo agónico, necesitado de energía fósil, agua, biodiversidad, minerales, etc.

De la conjunción de fuerzas sociales internas, y de la incierta capacidad de mantener por algo más de tiempo el crecimiento de estas formaciones, dependerá hacia dónde se decanten esos procesos (involución o aceleración de las reformas). También, en buena medida, influirá y no precisamente de manera positiva, la deriva del proceso cubano, el cual ante la obliteración de la vía socialista arrastra un cada vez mayor distanciamiento entre la población y las élites gobernantes, incapaces éstas de mejorar significativamente las penurias de la cotidianidad de un pueblo exhausto después de 54 años de agresiones y un bloqueo de medio siglo.


6. ¿Y las sociedades qué? Las disrupciones pendientes.

Para las sociedades del planeta el convencimiento de la creciente dificultad para el capital de generar progreso está todavía lejana. La mayoría de la población mundial bastante tiene con estar pendiente de su supervivencia. Fuera de ello, resulta difícil percatarse de que el capitalismo bien puede estar en su fase senil, definitivamente degenerativa y de que esta crisis no es una crisis más, sino una que afecta a todas las dimensiones a la vez (de inversión, de financiación, de liquidez, de sobreacumulación, de recursos, de hegemonía, de población, de biosfera…).  Una crisis civilizacional, de fin de la era industrial y del fosilismo energético.

Por una parte, en las formaciones centrales crecieron tres generaciones de personas identificando capitalismo con crecimiento, capitalismo con bienestar y capitalismo con democracia. Por otro lado, buena parte de las poblaciones de las formaciones periféricas se han mirado en el espejo del capitalismo keynesiano de las centrales como ejemplo de las posibilidades progresivas de este modo de producción.

Romper con todo ese imaginario no es cuestión ni breve ni baladí.

En las formaciones sociales semicentrales (de la periferia europea) la reacción ante el hundimiento social ha pasado por los grados de perplejidad (¿qué está pasando, no nos dijeron que éramos ciudadanos del Primer Mundo y que todo iba a irnos bien?), indignación (¿por qué de repente nos quedamos sin poder participar de la fiesta del consumo, de los recursos sociales de los que han disfrutado nuestros padres?) y protesta contra la propia exclusión. Más todavía no hay rebelión (de forma generalizada) contra el sistema que excluye crecientes contingentes de población.

En el núcleo duro de las formaciones centrales, de momento, con un por ahora más lento desmontaje del Estado Social, se desatan mayoritariamente soluciones individualistas, insolidarias (el Estado social para los nacionales, que no vengan inmigrantes, que se vayan), con revitalización de los nacionalismos excluyentes, del hermetismo fronterizo, de los racismos (¿también del fascismo?).

En las formaciones periféricas se había dado una extenuación de los sujetos antagónicos, cuando no su eliminación física y política en virtud de la “terapia de choque” policíaco-militar llevada a cabo. La subsunción ideológica terminó de hacer el trabajo a través de integrismos involutivos o ideologías étnico-religiosas excluyentes, para aquellos sectores y formaciones sociales al margen de las posibilidades de integración a través de la elevación de la calidad de vida en general, o del consumo en particular. En los sectores integrados o semi-integrados con cierto reformismo y calidad de vida, funge todavía el espejismo del ascenso personal, del consumo y el desarrollo social, según el viejo efecto de arrastre del capitalismo avanzado de las formaciones centrales.

Pero todo esto puede empezar a cambiar de forma tan rápida como contagiosa.

En Europa la implosión de la UE y la fractura del euro aparcarán pronto las dudas en los Estados periféricos sobre si continuar o no bajo el yugo de la moneda única. La cuestión radica en cómo se va a efectuar esa salida. Puede hacerse vía catástrofe, sin más remedio, o se puede realizar planificadamente (aunque cada vez queda menos tiempo para ello). Y mejor aún si se hace de forma coordinada entre varias sociedades, si son capaces de dar una nueva impronta al Estado, en pro de la soberanía monetaria, la cual pasa cada vez más necesariamente por la soberanía ciudadana y la democracia económica. La posible inminente asunción de gobierno por parte de Syriza en Grecia abriría una tenue aunque esperanzadora posibilidad en ese sentido.

Por otra parte, la decadencia de la productividad alemana se ha visto compensada hasta ahora por el mecanismo de acreencia-deuda generado con las formaciones periféricas europeas, lo que ha permitido aplazar el necesario ajuste bancario en Alemania y mantener mediante el gasto público pagado con esa deuda el ciclo de consumo. Sin embargo, el “desajuste” financiero-productivo en forma de crisis recesiva es sólo cuestión de poco tiempo para Alemania, mas no sin antes haber dejado un panorama europeo desolador.

Hacia qué lado bascule la reacción popular en Europa dependerá en alguna medida del pivote francés. La Banca francesa se ha mostrado mucho más poderosa que incluso la de países superavitarios, pero queda ahora altamente expuesta a los impagos. El deterioro de la condición social en Francia y su obligada “desconexión” de Alemania, provocarán una nueva sacudida social en el país que históricamente fungió de bisagra entre la restauración y la revolución en Europa, pudiendo activar, por tanto, insurgencias populares en el continente. Ayudará a ello, sin duda, el fin del acuerdo sobre el reparto de la riqueza social entre las clases dominantes, con duras pugnas entre sí por apropiarse de la menguante tarta, que pasan por denuncias y acusaciones mutuas de corrupción (proceso del que el Reino de España es un ejemplo paradigmático),

A escala mundial, resultará de especial importancia la pérdida de hegemonía y rápido declive económico de EE.UU., altamente susceptible de deteriorar su liderazgo integrador de las potencias capitalistas. También se resentirá sobremanera su capacidad de integración de la población a través de las ventajas que suponía ser parte de la ciudadanía de la primera potencia mundial en el disfrute de una división internacional del trabajo comandada por ella, de cuya “renta imperialista” se beneficiaba también en diferente medida su población.

El estancamiento de procesos reformistas de las relaciones laborales y sociopolíticas en Estados que tienen elevados procesos de asalarización de su población (sin gran ejército de reserva ya, por tanto), es susceptible de conducir a olas de protesta e inestabilidad social, cuando no a serios estallidos sociales en ellos. Los puntos calientes en el futuro inmediato podrían ser entre otros, en África, Suráfrica (82% de asalarización), Seychelles (81%), Mauricio (79%), Suazilandia (76%), Botswuana y Namibia (73%). Igual ocurre en otras formaciones asiáticas: Hong Kong (89%), Singapur (85%), Taiwán (75%), Malasia (74%), Corea del Sur (68%), Filipinas (51%), Sri Lanka (59%) o incluso Turquía (59%) e Irán (51%). Mientras que casi toda América Latina es un polvorín en este sentido.

Y a diferencia de lo que sucede en Europa, las poblaciones de esos países no tienen nostalgia del capitalismo. Nunca conocieron el capitalismo de rostro amable.

La Gran Depresión del siglo XXI no hace sino acrecentar las posibilidades de que se encienda la mecha social en esos lugares[xiii]. La implosión de la globalización y el principio del fin de la civilización industrial dejan a la humanidad ante una de sus más importantes encrucijadas desde su aparición en este planeta.

Nadie más que las sociedades organizadas, como sujetos colectivos amplios, tienen la clave para inclinar a su favor ese desenlace.





* Andrés Piqueras es profesor titular de Sociología y Antropología Social de la Universitat Jaume I de Castellón, miembro del Observatorio Internacional de la Crisis. Cofundador de la Academia de Pensamiento Crítico, que forma parte de la organización Socialismo21. Integrante también del Frente Cívico, Somos Mayoría.  **


Notas



[i] Ver D. Graeber, En deuda. Una historia alternativa de la economía. Ariel. Barcelona, 2012.
[ii] W. Dierckxsens y A. Jarquín [Observatorio Internacional de la Crisis]. Crisis y sobrevivencia. Ante guerreros y banqueros. DEI. San José. 2012, pg. 40.
[iii] Así resumen Formento y Merino la situación:
“Definitivamente a partir de 1991 la fracción dominante fue la angloamericana (Citibank, HSBC,  Lloyd’s, Barclays). Su proyecto estratégico es la aceleración de la crisis de la soberanía del estado nacional y el desarrollo de formas de soberanía global tendientes a la conformación del Estado-Red Global. A partir de 2000-2001, la fracción retrasada, fuertemente desarrollada al interior de los EEUU pero con menor desarrollo global (la fracción industrialista), logra compensar su debilidad en el terreno económico, desplegando una política militarista legitimada en la idea de la seguridad nacional. El Lehman Brothers no se cayó, en la lucha lo dejaron caer para que arrastrara a toda la banca de inversión a la crisis. En el propio territorio angloamericano estas fracciones necesitan perpetuar el viejo imperialismo de país central con rasgos fascistas. La caída de las Torres Gemelas era el medio para detener el avance de la fracción avanzada del capital financiero global y dinamizar el antiguo complejo industrial-militar norteamericano. La caída del Lehman Brothers guarda relación con la necesidad de desarticular la Red financiera global”. W. Formento y G. Merino, Crisis financiera global, La lucha por la configuración del Orden Mundial. Peña Lillo/Ediciones Continente. Buenos Aires, 2011,pg. 42.
[iv] Desde 2006 no se dan datos de la impresión de dólares. Ante la falta de confianza y de compradores, hay cada vez más sospechas de que EE.UU. compra sus propios Bonos del Tesoro a través de off shore hedge funds (para generar confianza). Haciéndose pasar por cliente extranjero. Los compra con dinero recién imprimido, sin valor real alguno.
[v] Varoufaquis lo ha llamado “El Minotauro global”. Y. Varoufaquis. El minotauro global. Estados Unidos, Europa y el futuro de la economía global. Capitán Swing. Madrid, 2012.
[vi] De todas formas, China, a través de la compra de materias primas, energía y tierras a los países periféricos, está transformando esos dólares-chatarra y capital ficticio en general, en riqueza real.
[vii] A IIN es la diferencia entre las compras de empresas y activos extranjeros por empresas propias, y las compras de empresas y activos propios por empresas extranjeras.
[viii] Ver GEAB, nº 74, en http://www.leap2020.eu/MAP4-esta-disponible-Anticipar-es-prever-para-actuar-por-Marie-Helene-Caillol-Sommario_a8111.html
[ix] Hay una esclarecedora síntesis del mismo en I. López, “Die Krisis”, en Diagonal, nº 188, pg. 22.
[x] R. Zibechi, “BRICS, pasos desde el Sur”, en Diagonal, nº 196, pg.28.
[xi] En cuanto a la integración, y si hay ocasiones en que es forzoso reconocer la importancia del individuo en la historia, ese es el caso de Hugo Chávez, a quien hay que hacer obligado homenaje en ese sentido, además de en la propia transformación experimentada por Venezuela.
[xii] Ver un excelente análisis de Javier Biardeau, “Venezuela: ¿era previsible una estrategia de desconocimiento de resultados luego del 14 de abril?”, http://alainet.org/active/63741
[xiii] Todo esto lo explica con detalle Dierckxsens, W. “Población, fuerza de trabajo y rebelión en el siglo XXI. ¿De las revueltas populares de 1848 en Europa a la rebelión mundial actual?”, en A. Piqueras y W. Dierckxsens, El colapso de la globalización. La humanidad frente a la gran transición. El Viejo Topo. Barcelona, 2011.
               
** En general, este artículo incluye temas que el autor desarrolla en un libro de próxima aparición, La opción reformista: entre el Despotismo y la Revolución. Una explicación del capitalismo histórico a través de las luchas de clase. En prensa.

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