martes, 13 de mayo de 2014

Mutaciones del capitalismo en la etapa neoliberal (III). Controversias - Claudio KATZ

Rebelión
8/5/14

Las características de la crisis reciente se explican por las transformaciones ocurridas durante la etapa neoliberal de las últimas tres décadas. Ese período c omenzó con el Thatcherismo, se reforzó con el desplome de la URSS y persiste en la actualidad atropellando las conquistas sociales.

Mediante privatizaciones, apertura comercial y flexibilización laboral el neoliberalismo modificó el funcionamiento del capitalismo. Amplió el radio sectorial y territorial de la acumulación, sometiendo nuevas actividades (educación, salud, jubilaciones) y espacios geográficos (ex países socialistas) al reinado del lucro. Ha incentivado formas de consumo más segmentadas y modalidades de producción flexible, que potencian el desempleo, la feminización del trabajo y la polarización de las calificaciones.

El modelo actual se apoya en el repliegue de los sindicatos y en el reflujo de las ideas anticapitalistas. Propicia una competencia global basada en aumentos de la productividad desgajados del salario. Ha facilitado la recomposición de la tasa de ganancia incrementando la explotación de los trabajadores.

Las grandes empresas aprovechan las diferencias internacionales de sueldos para ampliar sus beneficios. Emigran hacia los países que ofrecen mayor baratura salarial -o utilizan la amenaza de ese traslado- para acentuar el control patronal del proceso de trabajo. Esta orientación confirma que las ganancias provienen de la extracción de plusvalía y que no se avecina el “fin del trabajo”, teorizado por tantos autores.

El neoliberalismo acentuó la precarización de todas las categorías profesionales, creando un duro escenario de informalidad laboral. El aumento de la desigualdad social es una consecuencia de esta regresión.

Polarización social

La enorme expansión de las brechas sociales retrata la ofensiva del capital. Con sus denuncias de enriquecimiento del 1 % de los acaudalados, el movimiento de ocupantes de Wall Street puso de relieve esta fractura. Un documentado libro reciente confirma la magnitud de esta polarización. Ese trabajo aporta detalladas estimaciones del aumento de la desigualdad social en 30 países y establece comparaciones históricas de esta brecha [2].

El texto destaca que el 1% de la minoría más enriquecida de la población (equivalente a la crema de la clase capitalista) es poseedora del 25% del patrimonio total en Europa (2010) y del 35% en EEUU (2010). El 9% siguiente (que corresponde a los sectores privilegiados, gerenciales o directivos) detenta el 35% de ese acervo en ambas zonas. Un 10% de habitantes maneja, por lo tanto, el 60% y 70% del patrimonio en las dos principales regiones económicas del planeta. En el otro polo de la sociedad, el 50% más pobre sólo tiene el 5% de ese total y el 40% restante conforma un sector intermedio, que controla el 35% (Europa) y el 25% (Estados Unidos) de esa suma.

El estudio también señala que este enriquecimiento se amplió dos o tres veces más que el PBI durante los últimos 20-30 años, a un ritmo desconocido desde 1910. Por esta razón algunos super-billonarios, como la heredera de la empresa francesa L´Oreal incrementaron su fortuna de 2000 a 25.000 millones de dólares en 1990-2010. Lo mismo ocurrió con Bill Gates.

Estas cifras confirman otras evaluaciones que circularon en los últimos años para ilustrar esta explosión de desigualdades. Por ejemplo, u na minúscula elite de billonarios detenta el 46% de los activos mundiales y un puñado de 200.000 “ultra-ricos” aumentó el año pasado su patrimonio en un monto equivalente al PBI de la India [3].

Estos datos demuelen todas las justificaciones neoliberales de la brecha social, como “un precio a pagar por el progreso” o como un “mal transitorio hasta que finalice el derrame”. También refutan la fantasía de “erradicar la pobreza mediante el crecimiento”. Los cálculos que habitualmente presenta el Banco Mundial para demostrar esa reducción se basan en una burda identificación de las necesidades básicas con la subsistencia fisiológica. Como miden la pobreza omitiendo su evolución comparativa frente a la riqueza, registran disminuciones porcentuales de la miseria que sólo existen en su imaginación [4].

El aumento de la desigualdad en las economías emergentes se desenvuelve a un ritmo semejante a los países centrales, confirmando que estas fracturas no se acortan con el simple crecimiento. En China el 1% más rico pasó de 4-5% del patrimonio (1980) a 19-11% (2010) y en India del 4% a 12%. La riqueza se ha expandido más rápido que el PBI en las economías asiáticas ascendentes y en las regiones estancadas de Occidente [5].

La estrecha relación entre desigualdad y neoliberalismo se verifica en la evolución histórica de los desniveles sociales. El pico máximo de la brecha social se registró a principio del siglo XX, luego descendió en la posguerra hasta alcanzar a su punto más bajo en 1975 y posteriormente ha retomado una imparable curva ascendente. Dos contrapesos tradicionales de esta polarización -la existencia de una clase media y de estados involucrados en la problemática social- no atenuaron la fractura creada por el capitalismo neoliberal [6].

Es muy significativo que los datos más contundentes sobre el incremento de la desigualdad contemporánea hayan sido aportados por un economista convencional, crítico de Marx y partidario de mejorar al capitalismo con tenues reformas en los impuestos y la educación [7].

Mundialización productiva

La desigualdad se expande junto al salto registrado en la internacionalización de la economía. Esta mundialización se ha convertido en un nuevo eje articulador del capitalismo. En la esfera productiva los protagonistas de este cambio han sido las empresas transnacionales, que ampliaron la diversificación internacional de los procesos de fabricación.

Estas firmas aumentaron la elaboración de mercancías “hechas en el mundo” mediante “cadenas globales de valor”. Desenvuelven su producción en función de las ventajas que ofrece cada localidad en materia de salarios, subsidios o disponibilidad de recursos. De esta forma un Ipod se fabrica actualmente con microcircuitos japoneses, diseño norteamericano, pantallas planas coreanas y ensamblado chino [8].

La industria se desplaza al continente asiático para lucrar con salarios bajos, aprovechando el abaratamiento del transporte y las comunicaciones. Esta extensión geográfica condujo a una duplicación de la fuerza de trabajo involucrada en la producción global (1990- 2010). El porcentaje de asalariados comprometidos en esta actividad mundializada aumentó un 190% en las economías intermedias y un 46% en los países desarrollados [9].

La industria automotriz -que con el fordismo o toyotismo siempre marcó la tónica de nuevos modelos productivos- ha incrementado su internacionalización. Fracciona la fabricación de vehículos en incontables países y ya existen tres casos importantes de entrelazamiento global de la propiedad (FIAT-Chrysler, Renault-Nissan y Peugeot-Dongfeng).

La evolución de FIAT es muy ilustrativa de esta tendencia, puesto que ingresó en Chrysler en 2009 bajo la dirección de un italo-canadiense, manteniendo la propiedad de la familia Agnelli. La compañía se despegó posteriormente del mercado italiano y dio lugar a una nueva empresa internacionalizada (FCA) con sede legal en Holanda y domicilio fiscal en Inglaterra.

La revolución digital es el soporte tecnológico de esta mundialización productiva. La velocidad de las innovaciones en la informática torna obsoletos los nuevos productos, antes de agotar su comercialización. La crisis no atenuó el vertiginoso ritmo de estos cambios. La expansión de Internet con redes sociales ha generado, por ejemplo, una nueva interconexión entre 1000 millones de usuarios. Los debates sobre la propiedad intelectual y la nueva cultura audiovisual ilustran la magnitud de la revolución tecnológica en curso.

El impacto de estas innovaciones sobre la productividad suscita un intenso debate, que opone a los tecno-eufóricos con los tecno-escépticos. La apología neoliberal del universo virtual que despliega el primer grupo es impugnada por los heterodoxos del segundo alineamiento, con argumentos que relativizan el impacto de los nuevos mecanismos de producción flexible [10].

Pero conviene recordar que el capitalismo siempre ha funcionado introduciendo innovaciones que incrementan la tasa de explotación. Este mecanismo se encuentra en el ADN de un sistema basado en la extracción de plusvalía.

La revolución informática actual repite esa norma, pero generando recortes mayores en el nivel de empleo. Esta pérdida de puestos de trabajo se verifica en las fases de prosperidad y recesión, a medida que se acelera la rotación del capital y se reducen los gastos de administración.

Algunos críticos marxistas reconocen la presencia de esta revolución tecnológica, pero objetan su alcance industrial. Estiman que la productividad no se expande, ni genera mutaciones comparables a la máquina del vapor o el automóvil [11].

Pero esta caracterización reitera los diagnósticos keynesianos que añoran el viejo capitalismo. Acepta sus cálculos de productividad para las economías avanzadas y aprueba la omisión de estas estimaciones para las economías asiáticas. Es evidente que la gigantesca expansión del PBI chino se consumó junto a los grandes cambios de la informática, que utilizan las empresas transnacionales para fabricar globalmente.

Es erróneo suponer que el capitalismo eliminó las revoluciones tecnológicas luego de la era del automóvil. Este sistema no puede prescindir de estas mutaciones periódicas, desde el momento que funciona compitiendo por beneficios surgidos de la explotación. Esta concurrencia obliga a los concurrentes a incrementar la productividad para sustraer mercados a sus rivales. La informática simplemente repite lo ocurrido con el vapor, los ferrocarriles, la electricidad, el automóvil o los plásticos [12].

Mundialización comercial-financiera

La fuerte expansión que han registrado los convenios de libre-comercio se amolda al avance de la mundialización productiva. Las compañías necesitan aranceles bajos y libertad de movimientos entre países para concretar sus transacciones intrafirma.

La gravitación actual de esas empresas es enorme. Sólo 737 firmas transnacionales controlan el 80% del valor accionario de las mayores compañías del mundo y una crema de 147 maneja el 40% de esos títulos [13].

Como el comercio mundial no se interrumpió en el reciente sexenio de crisis, estas tendencias han persistido. La caída registrada en el volumen de transacciones durante el 2009 se recompuso, sin afectar el eslabonamiento forjado por las empresas globalizadas.

La mundialización comercial continúa extendiéndose con los nuevos mega-tratados que Estados Unidos negocia con la Unión Europea (Transatlántico) y con los países asiáticos (Transpacífico). Obama retomó las tratativas iniciadas durante la administración de Clinton, bajo la presión de los sectores más interesados en ampliar la escala de sus mercados (productos agro-genéticos, informática, automotrices, bancos).

Estas negociaciones corroboran que la crisis no introdujo el giro hacia el proteccionismo que pronosticaron algunos economistas. Al contrario, persistieron los grandes bloques regionales (Unión Europea, Alianza del Pacífico, ASEAN) y los convenios que mantienen entre sí los países miembros de las distintas alianzas. Aquí radica la gran diferencia con los años 30. La economía se encuentra más internacionalizada y se estrechó el margen para recrear áreas monetarias resguardadas con elevados aranceles.

Por estas razones tampoco hubo reversión de la globalización financiera. En este campo se concentra la mayor escala de internacionalización del capital. La desregulación de las operaciones, la integración de los mercados y la gestión accionaria de las firmas que introdujo el neoliberalismo ha persistido. Los capitales continúan fluyendo de un país a otro con la misma velocidad y libertad de circulación que exhibían antes del 2008. Estos movimientos siguen generando la explosión de liquidez, el descontrol crediticio, la inestabilidad cambiaria y la volatilidad bursátil, que sacuden periódicamente a todos los mercados.

Bajo el impacto inicial de la crisis abundaron las convocatorias a reintroducir regulaciones, controles a los bancos y penalidades a las ganancias especulativas. Pero no ocurrió nada. Todas las iniciativas chocaron con la resistencia de los financistas, que volvieron a demostrar capacidad de veto y creciente entrelazamiento con el capital productivo.

Dos situaciones en la misma etapa

El avance de la mundialización no es sinónimo de sincronización del ciclo económico. Al contrario, cada vez resulta más nítida la coexistencia de situaciones diferenciadas. El crecimiento bajo o nulo de Estados Unidos, Europa y Japón empalma con el continuado ascenso de China y ciertas economías intermedias.

Este segundo bloque no tiene la pujanza suficiente para actuar como consumidor global, ni para generar una desconexión compensatoria del estancamiento en el centro. Pero su continuado crecimiento limitó el alcance de la crisis.

Como resultado de esa combinación coexisten dos tipos de escenarios dentro de la misma economía internacionalizada. Las empresas transnacionales neutralizan la caída de un mercado con el desarrollo de otro. Contrarrestan las pérdidas afrontadas en ciertos países con las ganancias obtenidas en las localidades más prósperas. Este heterogéneo contexto explica las modalidades diferenciadas que presenta en la actualidad el neoliberalismo agobiado por las finanzas en el Centro y basado en el productivismo en Oriente.

En ambas regiones se corrobora el mismo comportamiento turbulento de la acumulación. No rige la expansión auto-sostenida que imaginan los neoliberales, ni el estancamiento generalizado que suponen muchos heterodoxos.

Frente a esta situación conviene ser cuidadosos con los contrapuntos históricos. El período neoliberal no repite la depresión de entre-guerra, ni la pujanza de posguerra. Conforma una nueva etapa que perdura en la coyuntura pos-2008.

Este período incluye un funcionamiento cualitativamente diferenciado del capitalismo. Este sistema tuvo una primera etapa de libre-comercio en el siglo XIX, una segunda de imperialismo clásico a principio del XX y una tercera de pos-guerra con mayor regulación estatal. El neoliberalismo constituye la cuarta etapa del capitalismo.

Esta caracterización permite abordar los problemas actuales mejorando la aplicación de la teoría de las Ondas Largas, para captar la coexistencia de situaciones de recesión y crecimiento. Indagar sólo la preeminencia de un ciclo Kondratieff descendente o de un período contrapuesto ascendente genera múltiples problemas.

Los teóricos marxistas que postulan la perdurabilidad de un ciclo descendente suelen remarcar la anemia de la acumulación. Reconocen que el neoliberalismo restauró la tasa de ganancia, pero consideran que esa recomposición no incrementó la inversión y la productividad. Explican esa limitación por la dominación de los monopolios, la pérdida de pujanza tecnológica o la gravitación parasitaria del capital financiero [14].

Pero esta mirada omite el fenomenal crecimiento de China y la expansión cualitativa de la mundialización. Razona como si estos datos constituyeran episodios menores o pasajeros, sin notar que modifican el funcionamiento del capitalismo. Reitera imágenes de estancamiento recogidas de los años 30 o 70, olvidando que este sistema no se caracteriza por parálisis sin fin. Se desenvuelve ampliando la explotación de los trabajadores para acumular beneficios.

Otros autores vislumbran la proximidad de una fase ascendente (en el 2018), al concluir un ciclo Kondratieff descendente que prolongó su duración tradicional [15].

Pero esta determinación cronológica exacta de los períodos largos es más familiar al razonamiento schumpeteriano que a la tradición de Marx. Los seguidores de esa concepción (que aceptan la problemática de los ciclos largos) siempre objetaron las periodicidades fijas. Cuestionaron las justificaciones basadas en la renovación del capital fijo o la maduración de revoluciones tecnológicas, considerando que el dato central de estos procesos es el imprevisible desenlace social de la confrontación clasista.

Más allá de estas controversias, no existe hasta ahora ningún indicio de reversión del bajísimo crecimiento de Europa, Japón o Estados Unidos, que se requeriría para el debut de esa onda ascendente.

La atención puesta en dilucidar la primacía de un ciclo de regresión o prosperidad de largo plazo obstruye el registro de la dualidad actual. En esta etapa no perdura la homogeneidad, ni las fracturas de pos-guerra. El centro ya no determina tan directamente la evolución económica mundial y ha desaparecido el movimiento económico específico que caracterizaba al bloque socialista. Probablemente los nuevos movimientos de largo plazo se están amoldando al perfil de un capitalismo más globalizado y de-sincronizado.

En cualquier caso es más productivo desentrañar las transformaciones cualitativas en curso, que discutir la periodicidad cuantitativa de las Ondas. El concepto de etapa contribuye a esta indagación. Permite afinar los instrumentos conceptuales requeridos para captar la dinámica de un período tan complejo. La evolución en curso no se esclarece con preguntas simplificadas. No basta definir “si la crisis se profundiza o atenúa” para comprender lo que está ocurriendo. Resulta indispensable contextualizar esta convulsión en la nueva etapa que han estudiado varios autores [16].

Una crisis específica

El neoliberalismo cerró el período de convulsión predominante durante el ocaso del boom de posguerra (temblores de 1974-75 y 1981-82). Pero como siempre ocurre bajo el capitalismo el fin de ciertos desequilibrios abrió nuevas contradicciones, que desembocaron en los estallidos financieros y en la recesión de los últimos años. Dos décadas de privatización, apertura comercial y flexibilización laboral generaron esos torbellinos.

Las crisis de la mundialización neoliberal han sido muy frecuentes en distintos puntos del planeta. Salieron a flote con la burbuja japonesa (1993), la eclosión del Sudeste Asiático (1997), el desplome de Rusia (1998), el desmoronamiento de las Punto.Com (2000) y el descalabro de Argentina (2001).

El temblor global del 2008 tuvo una magnitud y un alcance geográfico muy superior a estos precedentes, pero forma parte de la misma secuencia. No ha sido una prolongación de crisis irresueltas de los años 70, sino un resultado de contradicciones específicas de la nueva fase. Las caracterizaciones que subrayan esta peculiaridad han clarificado mucho más el contexto actual, que las interpretaciones centradas en explicar el temblor reciente como una continuidad de la crisis iniciada hace 40-50 años [17].

Las convulsiones de los últimos años no constituyen sólo desequilibrios genéricos del capitalismo, ni efectos exclusivos de las políticas neoliberales. Obedecen a ambas causas. Son productos combinados del capitalismo neoliberal.

Esta síntesis ha sido acertadamente analizada por distintas interpretaciones marxistas, que explican como la crisis emergió de un sistema de competencia por beneficios surgidos de la explotación (capitalismo) y de un modelo de ofensiva del capital contra el trabajo (neoliberalismo) [18].

Estas caracterizaciones se ubican en las antípodas de la visión neoclásica, que atribuye las crisis recientes a desaciertos de los gobiernos o irresponsabilidades de los deudores. No sólo reducen todos los problemas a comportamientos individuales, sino que culpabilizan a las víctimas y apañan a los responsables.

La ortodoxia neoclásica presentó el temblor del 2008 como un episodio pasajero y justificó con pragmatismo todos los socorros estatales a los bancos. No registró que este auxilio contraría sus prédicas a favor de la competencia y el riesgo. Pondera, además, a los países que presentan menor resistencia al ajuste (Letonia, Irlanda) y despotrica contra las poblaciones que enfrentan esa agresión (Grecia) [19].

Las interpretaciones marxistas también discrepan con las teorías keynesianas, que explican la crisis por ausencia de regulaciones y descontrol del riesgo. Estas visiones postulan resolver estos desajustes con mayor supervisión bancaria [20].

Pero suelen olvidar que los controles ya existen y son periódicamente socavados por las rivalidades que oponen a los propios bancos. En su idealización de las regulaciones desconocen que esas normas están destinadas a proteger los negocios de las clases dominantes.

La heterodoxia convencional denuncia acertadamente el descaro de Wall Street, la estafa de los ahorristas y el chantaje de las calificadoras. Pero omite que la especulación es una actividad constitutiva y no opcional del capitalismo.

Los keynesianos que buscan raíces más estructurales de la crisis actual remarcan el deterioro del poder de compra que introdujo el neoliberalismo [21]. Pero no tienen en cuenta que el capitalismo actual funciona incentivando el consumo y fragilizando los ingresos, mediante la competencia laboral y la degradación del trabajo. El propio sistema propicia metas contradictorias de ampliación de las ventas y reducción de los costos salariales.

Tres explicaciones marxistas

En polémica frontal con estas visiones los economistas marxistas han presentado en los últimos años tres explicaciones principales de la crisis.

Una primera visión destaca que el neoliberalismo creó un problema de realización del valor de las mercancías al contraer los salarios. Alentó el consumo sin permitir su disfrute y amplió la producción estrechando los ingresos . Estas incongruencias derivan en última instancia de la estratificación clasista de la sociedad, pero fueron potenciadas por el deterioro del poder de compra popular que introdujo el neoliberalismo [22].

Pero también conviene subrayar que ese desequilibrio no afectó a todos los países con la misma intensidad. El modelo actual incluye una gran expansión del consumismo y la riqueza patrimonial financiados con endeudamiento.

Un segundo enfoque marxista pone el acento en los problemas de valorización. Destaca que el neoliberalismo incrementó la tasa de plusvalía y redujo los salarios, sin consumar una recuperación suficiente de la tasa de ganancia [23].

Pero como ese porcentual no es un número fijo, lo que debe evaluarse es si esa recomposición alumbró un nuevo esquema de funcionamiento capitalista. Dos décadas y media de neoliberalismo ilustran esa concreción. Los desequilibrios actuales de valorización son resultado del impacto que genera la tasa de inversión sobre un nivel restaurado del beneficio.

La tercera caracterización marxista resalta la existencia de capitales sobre-acumulados en la esfera financiera. Remarca las tensiones que generan esos fondos a través de mecanismos de titularización, derivados y apalancamientos. La internacionalización de las finanzas, la desregulación bancaria y la gestión bursátil de las grandes firmas agigantan esos desequilibrios [24].

Pero es importante vincular estas transformaciones a sus determinantes productivos, para evitar lecturas simplistas. Ciertamente el neoliberalismo abrió las compuertas para un festival de especulación, pero las mutaciones que introdujo con la multiplicación de títulos y la gestión del riesgo han sido funcionales a la mundialización productiva y comercial.

Las tres visiones marxistas ilustran cómo el neoliberalismo erosionó los diques que morigeraban los desequilibrios del capitalismo. Por esta razón el sistema opera con un grado de inestabilidad muy superior al pasado.

Las coincidencias entre esos enfoques son mucho mayores que sus diferencias. Divergen en la identificación de los mecanismos últimos de una crisis que todos atribuyen al funcionamiento intrínseco del capitalismo. El debate concierne a explicaciones teóricas y no entraña divergencias políticas significativas. La vieja identificación del sub-consumismo con el reformismo socialdemócrata y de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia con la revolución social ha perdido relevancia. En ningún lugar existen alineamientos orientados por esos parámetros.

Esas compatibilidades pueden desarrollarse profundizando un abordaje metodológico multicausal de la crisis, que indague como el capitalismo se reproduce potenciando una amplia gama de contradicciones.

La heterogeneidad de la mundialización neoliberal es una manifestación de esta combinación de desequilibrios. El modelo incentivó en las economías centrales problemas de demanda, al contraer los ingresos populares y aumentar la desigualdad. En las economías de alto crecimiento introdujo, en cambio, desajustes de sobre-inversión y potencial caída de la tasa de ganancia.

Por estas razones las crisis de realización que prevalecen en el primer bloque, coexisten con los desequilibrios de valorización que despuntan en el segundo. Los temblores financieros que sacuden a todo el sistema expresan esta variedad de contradicciones estructurales.

Conflictos dentro del orden neoliberal

Ningún proceso económico esclarece por sí mismo el rumbo contemporáneo del capitalismo. Si se omiten los cambios geopolíticos o se postula su estudio en forma separada, resulta muy difícil comprender las transformaciones en curso.

El rol de Estados Unidos, las reacciones de China y las actitudes de las sub-potencias intermedias no operan como simples reflejos de exigencias económicas. Se desenvuelven siguiendo tensiones geopolíticas autónomas, en un escenario mundial estratificado por la dominación imperialista.

En este orden global las guerras inter-imperialistas por el reparto del mundo colonial -que predominaban hasta la primera mitad del siglo XX- fueron sucedidas por una gestión imperial asociada, bajo el liderazgo de Estados Unidos. En ese escenario se registraron los choques con Rusia y China y las permanentes agresiones a los países periféricos.

La interpretación de las nuevas situaciones que irrumpieron bajo el neoliberalismo está dificultada por la variedad de coyunturas que ha caracterizado a esta etapa. Basta contrastar la sensación de triunfalismo imperial que prevaleció durante era Bush, con el reajuste estadounidense de los últimos años para calibrar la magnitud de estas modificaciones.

Habitualmente se distinguen tres momentos diferenciados de este período. La fase de predominio bipolar entre Estados Unidos y la Unión Soviética (1985-89), el escenario unipolar de supremacía de la primera potencia (1989-2008) y el contexto multipolar en curso (2008-2014). El colapso de la URSS, la ofensiva belicista estadounidense y la conversión de China en país central han sido los acontecimientos más determinantes del pasaje de una fase a otra.

También en el período previo de posguerra se registraban mutaciones de este tipo. Los momentos de ímpetu imperial eran sucedidos por etapas de mayor gravitación del bloque socialista o del núcleo de países No Alineados. Pero la relativa solidez de la divisoria planetaria durante la guerra fría atenuaba el alcance de esas modificaciones. Por esta razón los virajes actuales son más desconcertantes y generan abruptos cambios de opinión entre los analistas. Un día describen la invencibilidad de Estados Unidos y al otro retratan el fulminante declive de esa potencia.

Para evitar estos vaivenes conviene recordar que el período neoliberal se consolidó cuando fue aceptado por los principales actores del orden internacional. Esta convalidación sucedió a la restauración del capitalismo en el ex bloque socialista. Partiendo de esta coincidencia en torno al sistema socio-económico mundial se desenvuelven los conflictos comerciales, financieros y productivos. La competencia económica y la búsqueda de mayor poder geopolítico operan al interior de esa estructura.

Estas oposiciones se sitúan por debajo de un umbral de antagonismo y se desarrollan sin quebrar la solidaridad de clases dominantes que existe entre los rivales. Todos se alinean en la misma orbita de la opresión social, acompañan la mundialización y aceptan con distinto grado de entusiasmo la modalidad neoliberal prevaleciente. Las empresas transnacionales operan como el gran conector entre los capitalistas nacionales y los nuevos enriquecidos del Este y Oriente, que aspiran a alcanzar la riqueza de sus pares de Occidente.

Esta coexistencia de intereses no elimina la disparidad de intereses en juego, ni reduce la virulencia de la concurrencia, pero define el marco en que se negocian las disputas. En el G 7, el Consejo de Seguridad o últimamente el G 20 se determina cuál es el grado de consenso o disenso que existe en torno a cada controversia.

Estas tratativas siempre penalizan a la periferia y ratifican la supremacía del circuito imperial. También disimulan la asimetría militar que mantiene Estados Unidos con el resto y consagran el status ascendente o descendente de las sub-potencias y las economías intermedias. Este escenario de choques en un ámbito acotado ha sido comparado con el contexto histórico de “Concierto de las Naciones” que sucedió al fin de las guerras napoleónicas [25].

Este marco geopolítico del período neoliberal ha persistido luego de la crisis del 2008. La convulsión económica no modificó el consenso en torno a la mundialización. Estados Unidos reorganiza su intervención imperial definiendo la agenda que asumen Europa y Japón. China asciende con grandes vacilaciones sobre la forma de amoldar su escasa incidencia política a su enorme gravitación económica. Las ambiciones sub-imperiales de varias potencias emergentes chocan con su vulnerabilidad económica y sus frágiles alianzas externas. La periferia continúa padeciendo los mayores daños de este reacomodamiento.

Este nuevo escenario es también registrado por las visiones que destacan la sustitución del viejo fordismo nacional por un nuevo post-fordismo global. Pero este reconocimiento choca con su expectativa de gestar una globalización progresista, basada en la competitividad compartida y la redistribución internacional de los ingresos [26].

No cabe duda que la geografía industrial del mundo se aleja del viejo fordismo. Pero esta transformación se consuma con el activo protagonismo de empresas transnacionales que rivalizan entre sí explotando a los trabajadores. Este modelo de concurrencia por la extracción de plusvalía impide el surgimiento de una globalización cooperativa. Imaginar la forma que eventualmente asumiría un esquema sustitutivo antiliberal no aporta clarifica el contexto actual.

¿Resurgimiento multipolar de las naciones?

Otra caracterización del escenario actual diagnóstica un declive del neoliberalismo, frente al pujante avance de los estados nacionales que priorizan el mercado interno y el proteccionismo. Pondera el desarrollo industrial autónomo de China, Rusia e India que aprovechan los avances ya alcanzados por sus antecesores (“catch up”). También pronostica el inicio de un “siglo de naciones”, en un mundo multipolar con alta fragmentación regional [27].

Estos enfoques convergen con las expectativas de constitución de un bloque contra-hegemónico en torno a los BRICS. El estado nacional es visto como el principal artífice de esa posibilidad si afianza su resistencia al neoliberalismo.

Pero estas miradas presentan la multipolaridad como un dato de la etapa olvidando su carácter reciente. Tampoco notan el conflicto que existe entre una variedad de centros políticos operando en torno a la internacionalización de la economía. Suponen que existe plena compatibilidad entre ambos procesos, sin notar cuántas restricciones introduce la segunda tendencia sobre la primera.

La presentación de la mundialización como un escenario de oportunidades es ingenua. Este marco no ofrece simples ventajas a los recién llegados. Implica un protagonismo de empresas transnacionales que se expanden seleccionando sus localizaciones, para garantizar los movimientos financieros y el libre comercio.

La multipolaridad política no revierte la mundialización neoliberal. Sólo modifica las relaciones de fuerza al interior de ese esquema. No cambia la etapa prevaleciente, ni induce un retorno al capitalismo de posguerra. Incorpora otra faceta al mismo orden global de las últimas tres décadas.

Este sistema ha funcionado con poca flexibilidad en torno a estamentos muy definidos. Los poderosos negocian acuerdos en el Consejo de Seguridad y la OTAN a costa del resto. Este modelo no decae a favor de otro basado en el resurgimiento de las naciones, por las mismas razones que ha quedado atrás el capitalismo del siglo XVIII. La secuencia histórica de mercados locales que forjan estados nacionales y luego potencias mundiales es una norma del pasado.

Las esperanzas en un esquema multipolar antiliberal están actualmente centradas en la evolución de China, Rusia o los BRICS. Pero estas expectativas no suelen considerar la elevada conexión de esos modelos con la mundialización neoliberal. Por eso sobreestiman sus diferencias con las potencias imperiales y subestiman la aplicación de políticas internas regresivas. Es falso, que el capitalismo funciona bien en los BRICS y mal en las economías desarrolladas. Los desequilibrios del sistema se extienden a todas partes.

Los teóricos del resurgimiento nacional estiman que el inexorable declive de Estados Unidos abre espacios para ese renacimiento. Pero también reconocen la continuada gravitación militar de la primera potencia, cuando retratan el empantanamiento de proyectos alternativos a esa primacía. Los fracasos del eje Rusia-Europa, del rearme autónomo de Francia o del replanteo de la política exterior japonesa confirman ese impasse.

Los propios previsores de un curso de este tipo resaltan la primacía de las alianzas regionales, sin notar que esas tendencias difieren del renacimiento nacional. Si los países emergen aglutinados en bloques lo que repunta es el regionalismo, como lo prueban la Unión Europea, el Tratado del Pacífico o el ASEAN. Pero esos bloques no desmienten, ni contradicen la mundialización neoliberal.

Ciertamente existen muchas manifestaciones de renacimiento nacional. Pero incluyen fenómenos muy contradictorios. A veces expresan la resistencia popular a la cirugía neoliberal y en otros casos maniobras derechistas y xenófobas para canalizar regresivamente ese descontento. Sólo excepcionalmente estos procesos reflejan proyectos burgueses de acumulación nacional, contrapuestos o divorciados de la mundialización. Además, la utilización del disfraz nacional es muy frecuente en otros casos, para justificar políticas sub-imperiales de opresión de los pueblos fronterizos.

Es cierto que los estados nacionales continuarán cumpliendo un rol insustituible. Pero ese papel deriva de la función medidora que cumplen entre la internacionalización económica ascendente y la vieja estructuración nacional del capitalismo. Del primer proceso no emerge automáticamente un organismo estatal mundializado y el segundo conglomerado no resucita el pasado. Los estados son utilizados por las clases dominantes para desenvolver formas de acumulación más internacionalizadas a costa de los trabajadores.

Los teóricos del renacimiento nacional conciben un desenvolvimiento flexible del capitalismo que afianzaría múltiples polos de acumulación, disolviendo las polaridades que emergen de la propia expansión del capitalismo. Pero estas fracturas impiden un avance equivalente de todas las economías. El ascenso de una debe consumarse a costa de otra, puesto que el capitalismo enfrenta límites a su ampliación global, que se manifiestan en las grandes crisis. Los rezagados deben cargar con la cuenta de las expansiones que consuman los más avanzados, imposibilitando a largo plazo la simple coexistencia de múltiples procesos de acumulación.

El significado de la amenaza ambiental

Cualquiera sea la evolución predominante en el plano económico o geopolítico la acelerada destrucción del medio ambiente afecta a todas las alternativas. Este peligro acecha en los distintos escenarios. El desastre ecológico tiende a acelerarse con el crecimiento débil en el centro y acelerado en Oriente. Se agrava con los desacuerdos y con las concertaciones entre potencias. Se profundiza con la unipolaridad y con la multipolaridad.

Los últimos seis años han demostrado que el deterioro ambiental no depende del ciclo. Ha persistido con la misma intensidad en la recesión y en la prosperidad. Las crisis enfrían el crecimiento sin alterar el elevadísimo consumo energético. Las emisiones de gas contaminante a la atmósfera ya superan en un 70% los promedios de los años 90.

El sobreuso de combustibles fósiles ha creado un nivel de CO 2 superior a cualquier otro momento de la historia humana. Las posibilidades de un ingobernable aumento del nivel del agua de 5 a10 metros se multiplican, a medida que la temperatura del planeta llega a los temidos niveles de incremento de 2, 4 o 6 grados. En este último caso el impacto sería catastrófico y podría retrotraer al planeta a la era de la glaciación [28].

Los anticipos más preocupantes de ese peligro ya están a la vista en la dislocación de los glaciares o en el deshielo de Groenlandia y la Antártida. Con su decisión de extraer shale oil e intensificar la extracción de petróleo del Ártico, Estados Unidos continúa encabezando la demolición del medio ambiente. Pero China le sigue muy cerca y Europa no está lejos.

La reiteración de fenómenos climáticos extremos en los cuatro puntos cardinales indica el grado de extensión alcanzado por el calentamiento global. Las sequías son sucedidas por tormentosas inundaciones y las oleadas de frío polar coexisten con agobiantes períodos de calor tropical.

Durante el 2010 se registraron las temperaturas más altas de la historia en 18 países. Rusia sufrió una marea de calor y gran parte de Pakistán quedó sumergido en el agua. La falta y exceso de lluvia deterioró el suelo de incontables países generando millones de víctimas. Ya nadie duda del impacto de cambio climático, ni observa estas catástrofes como episodios pasajeros. Los accidentes adicionales –como el gran derrame de petróleo en el Golfo de México o el accidente de Fukushima- sólo agravan un deterioro ambiental, que confirma las advertencias formuladas por todos los especialistas.

Las alertas más recientes resaltan el impacto del cambio climático sobre los rindes de la producción agrícola, como resultado del bloqueo a la expansión natural de los cultivos que genera la acumulación dióxido de carbono. Si la demanda de alimentos sigue aumentando y la productividad agrícola queda afectada, las consecuencias serían muy graves para los desnutridos [29].

Este desastre también amenaza cortar el ascenso de China, que se desenvuelve consumiendo la mitad del cemento, un tercio del acero y más de un cuarto del aluminio total. Algunos expertos estiman que los costos ambientales se asemejan a su tasa de crecimiento. Siete de las 10 ciudades con mayor contaminación atmosférica del mundo se encuentran allí y el 75% del agua en las regiones próximas a las ciudades ha perdido condiciones de potabilidad [30].

Las grandes potencias han desaprovechado la recesión para disminuir el calentamiento global. El socorro que otorgaron a los bancos contrasta con la carencia de cronogramas para alcanzar algún acuerdo de protección de la naturaleza. El impasse de la Cumbre Rio (junio 2012) volvió a ratificar ese empantanamiento. No hubo coincidencias mínimas para detener el calentamiento.

Mientras las inversiones en energías limpias han caído un 11% en el 2013, la próxima cita para lograr un acuerdo será la cumbre de Paris (2015). Los científicos de la Naciones Unidas exigen ir más allá de un Protocolo de Kyoto que nunca se aplicó, señalando la probable irrupción de un nuevo drama de los refugiados climáticos [31].

La propuesta de crear un fondo de 30.000 millones de dólares para reducir la emisión de gases es totalmente rechazada por los países desarrollados, que a su vez confrontan entre sí a la hora de precisar el aporte de cada uno a cualquier iniciativa. Siguen buscando formas de traslado del problema a la periferia, para posponer las restricciones al uso de los combustibles fósiles. Seguramente mantendrán esta actitud hasta que algún descalabro mayor irrumpa brutalmente en los centros.

Los límites de un sistema

El desastre ecológico tiene un alcance comparable a las guerras mundiales e ilustra como el capitalismo funciona generando cataclismos periódicos, que desvalorizan o destruyen el capital sobrante. Pero el potencial de la nueva demolición supera todo lo conocido.

La ausencia de conflagraciones inter-imperialistas ha dejado un vacío en el aniquilamiento de recursos que tradicionalmente utilizó el capital para oxigenar su reproducción. La reorganización destructiva del medio ambiente no aporta un remedio equivalente a la depuración de capitales sobrantes, mercancías excedentes y tecnologías obsoletas. Es un proceso que amenaza la continuidad del género humano. Este peligro es conocido y al mismo tiempo ignorado por las clases opresoras.

Esta dinámica del sistema puede conducir a la sepultura de toda la sociedad. La irracionalidad del modo de producción vigente radica en esta ceguera. La presión competitiva impide a las grandes empresas frenar la alocada carrera contaminante en que están inmersas. Es evidente que esa rivalidad conduce a la destrucción del entorno físico en que se desarrolla la acumulación. Sin embargo, nadie logra detener la rueda que empuja hacia el descalabro.

Lo mismo ocurre con los gobernantes que advierten contra un potencial suicidio colectivo que no detienen. La presión competitiva que enceguece a los capitalistas también afecta a los funcionarios que dirigen los estados.

La reconversión global hacia un sistema energético basado en fuentes eólicas o solares renovables se demora, a pesar de constituir el único dique efectivo frente al colapso ambiental. Como los capitalistas se benefician con la continuidad inmediata del status quo, resisten una transformación que no puede postergarse. En el modelo energético actual el 60% de las emisiones favorecen al 1,5% de la población de los países más ricos.

Por esta razón los economistas ortodoxos cierran los ojos ante el problema, esperando que el mercado defina espontáneamente los costos de la corrección que asumirían los agentes. Sus adversarios heterodoxos confían en un maná de remedios tecnológicos o en un brote de economía verde que generaría negocios más rentables que la propia contaminación. Mientras tanto todos juegan con fuego, esperando que las respuestas del capitalismo aparezcan antes de la concreción de una situación irreversible.

El desastre ambiental retrata los límites de un sistema que e mergió en cierto período y deberá desaparecer antes de arrasar a un desplome a toda la civilización. La crisis actual puede ser vista en términos históricos como un fenómeno múltiple que involucra la economía, la alimentación o la energía. Pero la dimensión climática sintetiza los contornos más dramáticos de esa convulsión. Retrata el principal aspecto de senilidad del capitalismo, que ha quedado desfasado del tipo de organización que requiere la sociedad.

Este divorcio es un resultado de las transformaciones generadas por el capitalismo neoliberal. Algunos autores van más allá de este diagnóstico y prevén un escenario de confrontaciones y estancamiento económico hasta la disipación del caos (años 2040-2050), al cabo de un largo y turbulento periodo [32].

Pero la catástrofe climática confirma el carácter turbulento de la acumulación y no el inmovilismo del sistema. El capitalismo está más corroído por su inmanejable desenvolvimiento que por su estancamiento productivo o desborde financiero. Este descontrol de la acumulación conduce a torbellinos que presentan aristas caóticas. ¿Pero se puede fechar la conclusión de estos temblores en cierto momento del futuro?

Al establecer esa cronología se supone que los procesos históricos están sujetos a una rigurosa periodicidad interna, determinada por fuerzas ajenas a los sujetos sociales. Sólo con ese criterio se puede concebir, que el desastre ambiental (o el agotamiento tecnológico, la estrechez de los mercados y la caída de la tasa de ganancia) definirá un punto final del ciclo sistémico, más allá del descontento o la resignación popular.

La experiencia indica que los momentos de giro de la historia siempre han seguido otro patrón. Estuvieron determinados por la irrupción de procesos revolucionarios y por enfrentamientos entre las principales clases sociales. El comportamiento de líderes políticos y el peso de las ideologías incidieron en forma decisiva en esta evolución. Ninguno de estos procesos puede anticiparse con un calendario en la mano.

Las relaciones sociales de fuerza

El neoliberalismo se gestó con la derrota que impusieron el thatcherismo y el reaganismo a los trabajadores en los países centrales. Se consolidó con el posterior declive sindical y se acentuó junto al cansancio político, que genera la alternancia de conservadores y socialdemócratas en la gestión del mismo modelo. Este esquema se reforzó con la desmoralización que produjo en la izquierda la restauración del capitalismo en Rusia y China.

El modelo actual no perdura desde los 80 por sus éxitos económicos. Ha incentivado crisis mucho más severas que en los años de pos-guerra. Desencadenó temblores políticos y rediseños de fronteras, que contrastan con el congelado del mapa mundial de la guerra fría. Introdujo un inédito grado de erosión en los partidos y un desprestigio sin precedentes del sistema político. Si en estas condiciones el neoliberalismo perdura es por el retroceso social, político e ideológico que ha impuesto a los trabajadores.

Este sector social continúa siendo el único antagonista del capitalismo con capacidad para desafiar, derrotar y sustituir la dominación de la burguesía. Por esta razón su repliegue le ha brindado tanto oxigeno al sistema.

Esta pérdida de protagonismo de los asalariados explica el peso de las nuevas ilusiones en el renacimiento de las naciones, en la potencialidad de los estados o en la multipolaridad. La expectativa de introducir transformaciones progresistas transitando estos tres caminos deriva del vacío dejado por la menor centralidad de las luchas obreras, la fragilidad de los sindicatos y los cuestionamientos al ideal socialista.

Este declive se revertirá al calor de triunfos populares que permitan recobrar la confianza en la lucha. Pero hasta el momento el repliegue impuesto por el neoliberalismo en la mayor parte del planeta se recicla con la enorme mutación que está registrando el capitalismo. Estas transformaciones incrementan los atropellos y generan nuevas resistencias entre los oprimidos.

Las agresiones del neoliberalismo no han sido mayoritariamente impuestas a través de confrontaciones sanguinarias. Las principales armas del capital han sido la angustia del desempleo, la humillación de la flexibilidad laboral, la desgracia de la pobreza y las bofetadas de la desigualdad. En los países del centro utilizaron más la fractura social que la virulencia física. De esta forma debilitaron pero no demolieron a la clase obrera. Los trabajadores no han sufrido las heridas que dejaban en el pasado los aplastamientos brutales de las rebeliones sociales. Este dato permite la recomposición de la acción popular.

Siguiendo la misma dinámica de su aparición el cierre de esta etapa neoliberal tendrá lugar con un desenlace impuesto desde abajo. Sólo con triunfos populares se podrá revertir un período tan oscuro para los trabajadores. Así ocurrió en el pasado y volverá a suceder en el futuro. Las etapas de atropello nunca se eternizan y siempre son revertidas por la resistencia social.

Las oleadas de movilización conforman ciclos relativamente autónomos del contexto económico y geopolítico. Son procesos más dependientes de las experiencias sindicales, las tradiciones políticas y las ideologías predominantes que del comportamiento del PBI o del grado de cohesión de las clases dominantes.

Esta dinámica prevaleció en la etapa de crisis que antecedió al neoliberalismo. Los avatares políticos que rodearon a la oleada revolucionaria del 68 fueron más definitorios de ese periodo que el agotamiento del keynesianismo o el equilibrio del poder entre Estados Unidos y la URSS. Esta centralidad de la lucha social determinará cuándo y cómo decaerá el neoliberalismo.

Las nuevas confrontaciones

Desde el estallido de la crisis reciente despuntaron numerosas luchas en distintos puntos del planeta . Gran parte de estas acciones se localizaron en los últimos dos años en las economías que mantuvieron cierto crecimiento, sin padecer la degradación social que acosa a Europa. Pero estas movilizaciones forman parte de un mismo proceso de resistencia y se caracterizan por un gran protagonismo de la juventud trabajadora, precarizada y desempleada.

Con las anteojeras del liberalismo, algunos autores han interpretado la irrupción callejera de jóvenes en Turquía o Brasil como una expresión de la nueva clase media satisfecha con el consumo, que ahora busca transparencia política y promoción social [33].

Pero esa relación es una construcción totalmente artificial que desconoce el sentido de las resistencias contra el ajuste y la represión . Supone que la utilización de facebook determina la pertenencia de los manifestantes a las clases medias, como si una nueva forma de comunicación definiera posicionamientos de clase. Reduce las batallas sociales a meros pronunciamientos contra la corrupción e ignora como el desempleo y la informalidad laboral alimentan el descontento de los indignados.

Otras caracterizaciones sensatas y ubicadas en el campo popular contrastan estos movimientos con la oleada de manifestaciones altermundialistas, que se registraron hace diez años. Remarcan sus perfiles más nacionales y asocian la nueva irrupción a la crisis iniciada en el 2008 [34]. Ciertos planteos subrayan la pérdida de atracción y capacidad de movilización de los Foros Sociales y convocan a sustituir las banderas “altermundialistas” por proyecto de “des-mundialización” [35].

Pero estos contrapuntos son prematuros. El neoliberalismo es un atropello mundial y percibido por sus víctimas como una fuerza reaccionaria que opera a escala global. Es cierto que las tendencias de movimientos sociales están cambiando pero sin un norte claro. Por el momento impera una gran diversidad de focos de lucha sin primacía de referentes nítidos.

Es importante notar que las movilizaciones han comenzado a emerger en el interior de la primera potencia. El movimiento de “Ocupar Wall Street” irrumpió sin generalizarse, como un síntoma de esa reacción.

Otro gran gigante que comienza a despertar se localiza en China. La clase obrera protagoniza una ascendente oleada de protestas que tiende a revertir el reflujo post- Tian An Men (1989). Estas resistencias involucran a millones de trabajadores, en decenas de miles de huelgas, que desde el 2009 han impuesto la actitud contemporizadora que prevalece entre los funcionarios.

Los sectores dominantes buscan negociar concesiones con un proletariado que ha crecido y asume una conducta muy diferente a la pasividad que sepultó a la Unión Soviética. Esta intervención no determina aún el rumbo de la sociedad china, pero ya anticipa la gravitación de un próximo protagonista.

Otro foco de lucha se ha localizado en el mundo árabe desde la gran primavera que sorprendió al mundo e inicialmente impuso el derrocamiento de mandatarios neoliberales en Egipto y Túnez. Posteriormente este despertar derivó en un duro otoño y puede desembocar en un terrible invierno, si se afianza la contraofensiva que despliegan el imperio y el islamismo reaccionario.

Estas fuerzas están desangrando a la población en guerras sectarias que facilitan la reconstitución del poder de los dictadores, los jeques y los clérigos. Luego de lo ocurrido en Libia y Siria, nadie sabe si el empuje democrático recobrará vitalidad o quedará enterrado por esa agresión.

Pero el gran test de la pulseada entre el neoliberalismo y los trabajadores se procesa en Europa. Esta región ha sido escenario de grandes movilizaciones durante el último sexenio. En España las marchas de resistencia contra los desalojos y el desempleo convergen con demandas nacionales, debilitando a una monarquía que ha perdido el consenso que mantuvo durante la transición.

Las manifestaciones de lucha en el Viejo Continente son numerosas del Oeste (Portugal, Islandia) y en el Este (Rumania, Hungría, Eslovaquia). Pero ningún país ha logrado actuar como catalizador del resto. El lugar que tradicionalmente ocupaba Francia, como centro la acción callejera continental no ha sido reemplazado. Esa gravitación se mantuvo incluso bajo el neoliberalismo con las movilizaciones de 1984, 1986, 1995 y 1998.

La principal expectativa de modificación de las relaciones de fuerza se ha trasladado a Grecia. Las protestas alcanzaron gran intensidad y traducción política, en construcciones de izquierda que mantienen en vilo al establishment. Pero la gravedad de la crisis confirma la necesidad de acciones y programas radicales. Es la única respuesta progresiva frente al despiadado ajuste que continúan imponiendo los acreedores.

La radicalidad se ha tornado decisiva en el Viejo Continente frente al cansancio que exhibe una población defraudada con la Unión Europea. L os votantes emiten reiterados mensajes de oposición. Si estos rechazos no encuentran una canalización radical en la izquierda, continuarán alimentando la despolitización o el crecimiento de las corrientes derechistas.

El voto castigo ya sepultó a 17 gobiernos europeos en la geografía cambiante de la protesta. Pero ese descontento también genera el ascenso de la extrema derecha, que maquilla su defensa del capital con banderas de identidad nacional. Victorias populares en la calle son indispensables para neutralizar esa amenaza y colocar a la izquierda en un escenario favorable.

Pero las nuevas relaciones de fuerza que están emergiendo a escala global se perfilan con mayor nitidez en América Latina. Lo que allí sucede tiene actualmente gran incidencia y el análisis de esta región nos conduce a nuestro próximo texto.

Mutaciones del capitalismo en la etapa neoliberal III. Controversias

Claudio Katz

RESUMEN.

Las transformaciones regresivas del neoliberalismo persisten. La internacionalización productiva se amplía con más localizaciones y nuevas tecnologías. Hay nuevos tratados de mundialización comercial y la globalización financiera impide restaurar las viejas regulaciones.

El estancamiento del centro coexiste con el crecimiento asiático en una etapa que no sigue los parámetros de las Ondas Largas. El neoliberalismo cerró una crisis pero abrió nuevas contradicciones que los marxistas explican con tesis compatibles y centradas en el consumo, la tasa de ganancia y el capital financiero.

Los conflictos entre potencias se desenvuelven resguardando la solidaridad entre opresores en un marco común del capitalismo neoliberal. La multipolaridad reordena las relaciones de fuerzas dentro de ese esquema. No anticipa la resurrección nacional, ni el retorno al proteccionismo.

El capitalismo actual recrea la estratificación entre el centro, la semiperiferia y la periferia con avances de una economía a costa de otra. Es erróneo suponer que funciona bien en los BRICS. El fin del período actual depende de la acción de los sujetos sociales y no puede ser fechado.

La destrucción del medio ambiente se acentuó con la recesión. La competencia impide frenar una auto-destrucción y concertar los costos de la reconversión verde. Las consecuencias son mayores que en las guerras del pasado.

El neoliberalismo se mantiene expandiendo el desempleo y la pobreza. No impuso aplastamientos físicos, pero si el repliegue de los trabajadores, el debilitamiento de los sindicatos y el cuestionamiento del ideal socialista. Estos ciclos siempre fueron revertidos, pero las nuevas luchas no lograron aún modificarlo. Las batallas centrales se dirimen hoy en Europa.

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-Yu Au Loong, “De maitre a serviteur”, Inprecor 588-589, noviembre-décembre 2012.

Notas

[1] Economista, Investigador, Profesor. Miembro del EDI (Economistas de Izquierda). Su página web es: www.lahaine.org/katz

[2] Piketty Thomas, “En ciertos aspectos las desigualdades son actualmente mayores que en 1913”, 11/3/2014, encampoabierto.wordpress.com. Piketty, Thomas. Le capital au XXIe siècle, Seuil, 2013.

[3] Kliksberg, Bernardo. “La explosión de las desigualdades”, 8/1/2014, www.pagina12.com.ar

[4] Un ejemplo de este abordaje en: Llach, Juan. El desafío de la desigualdad, 15/04/2014, www.lanacion.com.ar

[5] Toussaint, Eric. “Que faire de ce que nous apprend Thomas Piketty sur Le capital au XXIe siècle” 10/4/2014 www.pressegauche.org

[6] Piketty, Thomas. “Nunca ha habido tanta riqueza privada en el último siglo”, 13/4/2014, economia.elpais.com

[7] Pettit, Jean Paul. A propos du Capital au XXI siecle de Thomas Piketty, 10/2/2014 www.contretemps

[8] Rubinzal, Diego. “Mundialización de la producción cadenas globales”,30/3/2014 www.pagina12. Ver: Andreff Wladimir. Les multinationales globales. La decouverte, Paris, 1996.

[9] Husson, Michel. “La formación de clase obrera mundial”, 8/1/2014, www.kaosenlared.net.

[10] La primera visión Alex Tabarrok y la segunda en Robert J Gordon, La Nación, 12/1/2014. Nuestra revisión de ese debate en: Katz Claudio. “La concepción marxista del cambio tecnológico”, Revista Buenos Aires. Pensamiento Económico, n 1, Bs As otoño 1996.

[11] Sáenz, Roberto. “Perspectivas del capitalismo a comienzos del siglo XXI”, Socialismo o Barbarie n 20, febrero 2012,

[12] Nuestro enfoque en Katz Claudio, Bajo el imperio del capital. Edición argentina , Luxemburg, diciembre de 2011 (cap 8).

[13] Basterra, Juanjo. “737 multinacionales monopolizan” 1/2/2013 www.rebelion.org.

[14] Foster John Bellamy, Chesney Robert, “Monopoly-finance capital and the paradox of accumulation”, Monthly Review n 5, vol 61, october 2009

[15] Roberts, Michael. “ Tendencies, triggers and tulips”, Third IIRE Seminar on the Economic Crisis. Amsterdam, 15-2-2014.

[16] Un abordaje de este tipo en: Harvey David, A brief history of Neoliberalism, Oxford University Press, New York, 2005. Harvey David, “El neoliberalismo como proyecto de clase” vientosur.info/ 08/04/2013.

[17] El primer enfoque: Panitch Leo, Gindin Sam. “Capitalismo global e imperio norteamericano”. El nuevo desafío imperial, Socialist Register 2004, CLACSO, Buenos Aires 2005. El segundo en: Brenner Robert, “The economics of global turbulence”, New Left Review 229, May-June 1998

[18] Nuestra visión en polémica con los autores neoclásicos y keynesianos en: Katz Claudio “Interpretaciones de la crisis”, La crisis capitalista mundial y América Latina”, CLACSO, Buenos Aires, 2012.

[19] - Greenspan Alan 2010 “ The Crisis Greenspan Associates LLC” en www.brookings.edu, Ocampo Emilio, “Cuando el remedio es peor que la enfermedad”, ambito.com/diario 11/01/2013. Raghuram Rajam, “El boom commodities crea problemas”, www. ambito .com/noticia 23/08/2012.

[20] Stiglitz Joseph 2010. Caída libre. (Buenos Aires: Taurus). Wyplosz Charles, “En Europa habrá una enorme reestructuración de la deuda”, www.ambito.com/noticia. 27/07/2012.

[21] Aglietta Michel, Berrebi Laurent 2007. Desordres dans le capitalisme mondial (Paris : Odile Jacob). Bhaduri Amit, Cesaratto Sergio, Palma Gabriel, “Economistas heterodoxos”, www.pagina12.com. 19/11/2012.

[22] -Husson Michel, Capitalismo puro, Maia Ediciones, Madrid, 2009, -Bhir Alain, “Le triomphe catastrophique du neoliberalisme”, 10-11-2008, Presse toi a Gauche, Canadá.

[23] Harman, Chris Zombie Capitalism, Bookmarks, 2009. Kliman, Andrew. “The destruction of capital and the current crisis”, January 15, 2009, http://www.permanentrevolution.net/entry/2760

[24] Chesnais, Francois. “La recesión mundial: el momento, las interpretaciones y lo que se juega en la crisis, Herramienta 37, marzo 2008, Buenos Aires.

[25] Anderson, Perry. “Algunas observaciones históricas sobre la hegemonía”, C y E, año II, n 3, primer semestre 2010. Anderson, Perry. “Apuntes sobre la coyuntura actual”, New Left Review, n 48, 2008.

[26] Lipietz, Alain. El mundo del Post-Fordismo, Ensayos de Economía n°12, vol.7, Julio 1997. Strange, Gerard “Globalisation, structural dependecy theory and regionalism, 2002, citeseerx.ist.psu.edu/viewdoc/

[27] Sapir, Jacques. El nuevo siglo XXI, El Viejo Topo, 2008, Madrid, (pag 33-34, 149, 162, 92, 258-259).

[28] Tanuro, Daniel. “ Energy transition and anticapitalist alternative ”, Third IIRE Seminar on the Economic Crisis. Amsterdam, 15-2-2014.

[29] La Nación, Un viejo pronóstico de hambruna podría hacerse realidad, 6/4/20, www.lanacion

[30] The Economist, China, “ Special Report”, 2008

[31] El País No queda margen, 15/4/2014, el pais.com

[32] Wallerstein, Immanuel. T he Modern World - System IV : Centrist Liberalism Triumphant, 1789-1914, University of California Press, 2011, Preface. Wallerstein, Immanuel, “E se nao houver saida alguma”? www.outraspalavras.net, 17/08/2012.

[33] Es la nueva tesis de Fukuyama, Francis en. La Nación, Rebelión mundial: los nuevos dueños de las calles 7/7/2013, www.lanacion.com.ar

[34] Gerbaudo, Paolo. “Son movimientos nacionales”, 8/7/2013, www.pagina12.com.ar

[35] Cassen, Bernard. “ Ha llegado la hora de la "desmundialización", 17/9/2011, www.rebelion.org

Mutaciones del capitalismo en la etapa neoliberal (II). Ascendentes, intermedios y periferia - Claudio KATZ


Rebelión
7/5/14

Las economías emergentes suscitan tanto interés como dificultades de interpretación. Aglutinan a los países que no integran el bloque de los desarrollados, ni de la periferia marginada. Se han expandido, ganan espacio en el mercado mundial y aumentan su influencia geopolítica.

Pero no es fácil distinguir a los integrantes de este segmento. Como suele ocurrir con las denominaciones que difunde el periodismo, el término se ha popularizado antes de alcanzar un significado nítido. Retrata indiscriminadamente a varias economías, sin distinguir a China del pelotón de ascendentes.

Esta generalización impide notar una de las principales transformaciones cualitativas del período actual: la conversión del gigante asiático en una potencia. Ya está ingresando en el club de los países centrales y se ubica muy por delante de cualquier otro ascendente. Se ha convertido en el taller del mundo, con un tipo de inserción global muy diferente a los proveedores de materia primas o a los subcontratistas de servicios.

La transformación de China

El cambio de posicionamiento de China en la jerarquía mundial corona el afianzamiento de su estructura industrial. Esta mutación es el resultado de un vertiginoso crecimiento que multiplicó en 22 veces el PBI per cápita entre 1980 y 2011(de 220 a 4930 dólares). Este mismo incremento se amplía a 33 veces en términos de poder de compra.

El volumen comercial del país se duplica cada cuatro años. Representaba el 20% de las transacciones estadounidenses en el 2001, saltó al 40% en el 2005 y actualmente ha emparejado a su rival. El peso del comercio exterior pasó de 9,8% del PBI (1978) al 65% actual. Estas transformaciones trastocaron por completo la estructura interna de la economía. El peso del sector agrícola cayó abruptamente, los servicios se expandieron y la industria se convirtió en el motor de todas las actividades [2].

La nueva potencia oriental mantuvo altísimas tasas de crecimiento durante tres momentos complejos de la etapa en curso: las “décadas pérdidas” de la periferia (1980-90), el desplome del bloque soviético y la crisis global reciente. En estos escenarios protagonizó un cambio histórico comparable a la revolución del vapor en Inglaterra, a la industrialización de Estados Unidos o el desarrollo de la Unión Soviética.

Esta nueva gravitación de China se ha verificado en el último sexenio. Su auxilio al dólar y al euro durante el pico de la crisis impidió la conversión de la recesión del 2009 en una depresión global. Los aportes financieros de Beijing fueron decisivos para el rescate inicial de las instituciones hipotecarias estadounidenses, para sostenimiento posterior de los Bonos del Tesoro y para el apuntalamiento reciente de la moneda europea. La magnitud de las acreencias acumuladas por China retrata la dimensión de este salvamento.

El auxilio no fue acto de filantropía. Sirvió para asegurar la continuidad de las exportaciones y evitar la desvalorización de los enormes activos atesorados en moneda extranjera. Pero lo novedoso es la gravitación del país. En los años 70 era impensable que el sistema financiero internacional fuera socorrido por China.

La mutación de esa economía comenzó en 1978 y hasta el 2007 estuvo centrada en la emigración rural y el aumento de la productividad por encima de los salarios. Esta combinación abrió las compuertas para el giro exportador y la creciente captura de porciones del mercado mundial. Pero esa expansión no fue gratuita. Se consumó reduciendo la participación de los salarios y el consumo en el ingreso total. El boom exportador floreció junto a las ganancias y el debut de una brecha social interna .

Este ascenso ilustró los enormes márgenes para desenvolver la acumulación que poseía una economía atrasada de dimensiones continentales. Pero China no partió de cero. El valor agregado de su industria en 1980 ya superaba ampliamente a Brasil y mantenía una distancia abismal con India [3] .

La crisis en curso tiende a reforzar un giro hacia el mayor consumo. Se intenta reducir la dependencia de las exportaciones de manufacturas básicas para expandir el mercado interno. Con ese objetivo se introdujeron varios planes keynesianos de estímulo de la demanda.

Pero los resultados del sexenio han sido modestos. Aumentó levemente el consumo, se incrementó en algunos puntos la participación del salario en el ingreso y se registró alguna caída porcentual de las exportaciones. Estos cambios se ubican muy lejos del viraje ambicionado .

El gran problema radica en que una economía estructurada en torno a elevadísimos rendimientos del comercio exterior, no puede girar hacia un esquema inverso sin perder competitividad.

El pasaje al capitalismo

China empieza a registrar las consecuencias de su tránsito al capitalismo. Desde 1978 hasta 1992 ese pasaje estuvo limitado por la preeminencia de un modelo de reformas mercantiles subordinado a la planificación central. Bajo ese esquema las comunas rurales se convirtieron en unidades agro-industriales guiadas por principios de rentabilidad, pero sin privatizaciones de envergadura. Aparecieron los managers con atribuciones para reorganizar las plantas industriales, pero sin facultades para despedir en masa o vender empresas.

También se formaron las zonas francas en la costa, arribó el capital extranjero y comenzó la exportación, pero estas actividades no ejercían un dominio estratégico sobre el resto de la economía. En ese período la industrialización retroalimentó la demanda y las mejoras en el consumo preservaron la distribución precedente del ingreso. El modelo ensayó una versión actualizada de la Nueva Política Económica (NEP), que se introdujo a mitad de los 20 en la URSS para remontar el estancamiento [4].

El viraje hacia el capitalismo se consumó a principios de los 90, a partir de las privatizaciones realizadas por los viejos directores de las empresas con la intención de forjar una clase capitalista. Los miembros de ese grupo se transformaron en los principales inversores de las nuevas compañías. Se aceleró también la acumulación primitiva mediante la expoliación de los productores agrarios. Con el ingreso del país a la OMC se afianzó, además, el entrelazamiento de la elite dominante con las empresas transnacionales.

La triplicación del ingreso per cápita y la cuadruplicación de la tasas de crecimiento han presentado desde ese momento otro significado social. Convalidan los enormes niveles de desigualdad social y la regresión de las conquistas populares.

Los grandes avances de la revolución han quedado interrumpidos. La duplicación de la esperanza de vida (de 32 a 65 años) y la alfabetización masiva (de 15 al 80-90% de la población) han sido reemplazados por la expansión del coeficiente de desigualdad (un Gini de 0,27 en 1984 a otro de 0,47 en 2009). Para una familia obrera se ha tornado muy difícil afrontar los gastos corrientes de salud y educación [5].

Los desequilibrios del capitalismo comienzan a emerger en una economía que reduce su promedio de crecimiento (del 9-11% al 6-7% anual), como consecuencia de la madurez industrial y el encarecimiento de los costos. En el ciclo 2013-14 el nivel de actividad registraría la menor expansión de la última década. Tal como ocurrió anteriormente con Japón y Corea, el modelo comienza a lidiar con problemas de competitividad. Mantiene salarios muy inferiores a esos países, pero en las regiones de la costa y en las actividades de mayor calificación esa diferencia se está estrechando.

También los desequilibrios financieros se multiplican. Una importante porción de los bancos opera en las sombras con créditos dudosos que solventan el consumo de la clase media. También la oscura administración de los gobiernos locales se financia con préstamos clandestinos.

En las grandes ciudades está ascendiendo, además, una visible burbuja inmobiliaria. La inflación que durante la década pasada osciló en torno al 2% anual ha trepado al 6,2%. Junto al salto registrado en el número de multimillonarios (de 3 a 197 en la última década), crecen los padecimientos del trabajo precarizado que realizan los inmigrantes a las ciudades.

Pero el principal desequilibrio actual se ubica en la altísima tasa de inversión, que se mantiene en porcentuales insostenibles (43,8% del PBI en 2007 y 48,3% en 2011), en la actual coyuntura de desaceleración económica internacional. Esos niveles generan sobre-acumulación de capitales y sobre-producción de mercancías a una escala mayúscula.

Una economía no puede crecer al 10% mientras sus compradores se expanden al 2-3%. Todos los planes keynesianos de los últimos años agravaron un problema, que no se resuelve con el simple incremento de las importaciones [6].

Las tasas de inversión chinas no guardan ninguna proporción con patrones históricos o internacionales. Son consecuencia de un modelo exportador que exige un insostenible nivel de utilización de las materias primas y una gran devastación ambiental.

Una vez sustituida la gestión planificada por la competencia del mercado, no es fácil atemperar este tipo de sobre-inversión. La concurrencia por el beneficio impide procesar en forma ordenada la reducción de ese exceso.

Disputas internas y externas

Las contradicciones económicas de China se acentúan por la disputa que opone al grupo dirigente de la Costa (asociado con el capital extranjero), con la elite del Interior (interesada en el desenvolvimiento del capitalismo de estado).

El primer sector busca reforzar la integración del país a los circuitos del capitalismo global, con mayores compromisos comerciales externos, nuevas adquisiciones de activos europeos y estadounidenses y una eventual participación en el diseño de la futura moneda mundial.

Por el contrario, el segundo sector promueve un giro más radical hacia mercado interno, cuestiona el desmedido aumento de las inversiones foráneas y objeta el gran rescate de monedas y bancos extranjeros.

El choque entre estas fracciones ha incluido importantes cambios en la cúpula del PCCH, que mejoraron las posiciones del grupo neoliberal encabezado por Wang Jiang, muy asentado en la región exportadora de Gaungdong. El sector rival sufrió el desplazamiento de ciertos líderes como Bo Xialai. El conflicto persiste, pero el último congreso partidario consagró el liderazgo de Xi Jinping y autorizó nuevas privatizaciones. Los grupos exportadores resisten un distanciamiento del mercado mundial que amenazaría sus privilegios

Estas tensiones en las fracciones dominantes no han modificado la estrategia geopolítica defensiva que caracteriza a todos los dirigentes chinos. Buscan asegurar el acceso internacional a los recursos naturales, garantizar la seguridad de las fronteras conflictivas (Tíbet) y completar la reconstrucción de la nación con la reincorporación de Taiwán.

Para alcanzar estos objetivos recurren a heterogéneas alianzas y despliegan a pleno la realpolítik. Esta orientación guía su custodia naval del Pacífico y su intermediación en la negociación de las armas nucleares que construyó Corea del Norte.

Este énfasis en la protección fronteriza explica la ausencia de correlatos político-militares externos de la expansión económica internacional del país. China inunda al planeta de capitales y mercancías, pero no de ejércitos y conspiradores. Mantiene una actitud defensiva frente a los periódicos hostigamientos de las administraciones norteamericanas, acrecentando la vigilancia y los resguardos defensivos.

Los líderes de Pekín saben que Estados Unidos ejerce la dirección del bloque imperialista y no aspiran a ocupar ese lugar. Intuyen que cualquiera sea el grado de traslado de la industria mundial a Oriente, el gendarme yanqui continuará supervisando las intervenciones imperiales. Los dirigentes chinos no se imaginan a sí mismos cumpliendo ese rol en ningún escenario previsible.

Pero el nuevo status de potencia económica mundial que alcanzó China dificulta esa estrategia de equilibrio. La necesidad de recursos naturales y nuevos mercados empuja a sus dirigentes a la adopción de conductas agresivas. La apropiación de materias primas en África y los tratados de libre comercio con América Latina constituyen dos muestras de esta compulsión. Hay mucha ingenuidad en la creencia que China rehuirá los conflictos típicos del capitalismo, renovando una tradición de pacifismo oriental opuesta al territorialismo occidental [7].

La nueva potencia está embarcada en la concurrencia global y en las consiguientes rivalidades internacionales. Su modelo exportador que no es agregativo, ni inclusivo. Exige arrollar a los competidores en el propio escenario asiático.

El ascenso de China amenaza el lugar central de Japón y la pujanza de Corea del Sur. Las tensiones se acentúan, a medida que el nuevo gigante amplía su participación en exportaciones de mayor valor agregado y localiza plantas en la periferia asiática, para explotar fuerza de trabajo barata.

Escenarios y desenlaces

El principal interrogante geopolítico gira en torno a las relaciones chino-estadounidenses. Algunas hipótesis estiman que irrumpirá un gran conflicto cuando la economía asiática externalice las tensiones de su modelo, presionando a los proveedores (para que abaraten insumos) y a los competidores (para que resignen mercados). China confrontaría con Estados Unidos, luego de conseguir el manejo de una moneda internacional convertible.

Pero otro escenario surge de recordar cómo se ha renovado la codependencia de China con Estados Unidos en las últimas cuatro décadas. El gran exportador oriental necesita el mercado norteamericano para descargar sus excedentes y la primera potencia requiere financiación china para solventar sus monumentales desbalances financiero-comerciales.

La transformación de Shangai en gran centro de empresas transnacionales ilustra cómo se reciclan los proyectos entre ambas potencias. Dos figuras centrales del pensamiento imperial apuestan a la renovación de esta asociación. Consideran que Estados Unidos aceptará un status económico preponderante de China, a cambio de su ratificación como sheriff del planeta [8].

Hasta ahora las tendencias hacia el conflicto y la asociación se desenvuelven con similar intensidad y resulta muy difícil prever cual será el desenlace. Es tan aventurado un pronóstico de choque abierto, como la previsión opuesta de una idílica amalgama entre ambas potencias. Por el momento, el gigante oriental no sustituye a su adversario occidental y el gendarme norteamericano oscila entre conciliar y hostilizar a su rival.

Estados Unidos fomenta la tensión militar supervisando las disputas territoriales sino-niponas. También controla las maniobras navales de Corea del Sur, refuerza la instalación de marines en Australia y redobla las presiones sobre Corea del Norte para que desactive su arsenal atómico. Pero estas acciones coexisten con la continuidad de inversiones conjuntas.

El desenlace de este conflicto permitirá esclarecer también la naturaleza del régimen chino. Algunas miradas elogiosas subrayan la autonomía política y ponderan el modelo de acumulación nacional-intervencionista, sin indagar la naturaleza social del sistema actual [9].

Este enfoque impide analizar como el ascenso económico chino se consumó mediante una asociación internacional con empresas transnacionales, que aceleró la formación de la nueva clase capitalista. La peculiaridad de este proceso ha sido el enlace directo que establecieron los grupos aburguesados del país con esas compañías. No siguieron la trayectoria clásica de acumulación nacional, barreras proteccionistas y rivalidad con otras potencias por la conquista de mercados externos. Se incorporaron sin mediaciones al nuevo contexto internacionalizado del capitalismo.

Con ese soporte introdujeron una restauración de la gran propiedad extendiendo las privatizaciones, reforzando la preeminencia del beneficio y asegurando la supremacía del mercado sobre el plan. Se puede debatir si esta mutación ha concluido y es irreversible, pero su profundidad y contenido social regresivo están a la vista. Los autores que subrayan esta involución presentan un cuadro más realista, que los intérpretes de ese proceso como una variedad del “socialismo de mercado” [10].

Confusión de emergentes

Un cierto número de países ha quedado clasificado junto a China dentro del mismo bloque de emergentes. Especialmente India, Brasil y Rusia son ubicados en ese casillero. Pero este agrupamiento olvida que la economía china es dos veces y media superior a la India y cuadruplica a Brasil o Rusia. Sus tasas de crecimiento han sido mucho mayores y acumula reservas por un monto que duplica la suma de los tres países [11].

Estas distancias han sido corroboradas por un tipo de inserción internacional muy diferente. Mientras que China incide directamente sobre la marcha del ciclo global, los otros países ejercen una influencia secundaria.

El decisivo auxilio que ofreció el Banco Central Chino a las monedas, presupuestos públicos y bancos de la Tríada durante la crisis, contrasta con la ausencia de gravitación de las otras tres naciones. Este grupo se ubicó más cerca del campo de los necesitados que del área de los socorristas. Los tres países tampoco han sido receptores del desplazamiento general de la industria que se orienta hacia el Extremo Oriente.

Las clasificaciones más recientes también incluyen dentro del bloque emergente a Turquía y Sudáfrica. Realzan su expansión durante la última década, el efecto limitado de las crisis reciente y el menor impacto del endeudamiento en comparación a las economías desarrolladas . Pero las tasas de crecimiento de estas economías han sido variables y muy inciertas. Obedecen a procesos relativamente recientes y no a movimientos acumulativos de varias décadas.

Otros países ubicados en el mismo sector ascendente han repuntado como consecuencia de la apreciación internacional de las materias primas. El carácter eventualmente estructural y no meramente financiero de esta valorización, no modifica la vulnerabilidad de economías tan dependientes del vaivén de las commoditites.

El agrupamiento de todos bajo un mismo mote de emergentes genera múltiples confusiones. La propia clasificación proviene de visiones financieras de corto plazo. La sigla BRICS, por ejemplo, fue introducida por un operador bursátil de Goldman Sachs para señalar las oportunidades de inversión.

Con este mismo parámetro otros financistas han tomado distancia de los BRICS y preparan su reemplazo por los MINT (México, Nigeria, Indonesia y Turquía), que son percibidos como candidatos a recibir capitales golondrinas. En realidad, los receptores potenciales de estos fondos son tan numerosos como efímeros.

Los más renombrados últimamente son: Vietnam, Australia, Bangladesh, Chile, Colombia, Corea del Sur, Egipto, Filipinas, Irán, Israel, Malasia, México, Nigeria, Pakistán, Perú, Polonia, República Checa, Singapur, Tailandia. Como no existen criterios para clasificar a esta variedad de países se multiplican las sopas de letras (CIVETS, EAGLES, AEM, VISTA, MAVINS).

Es evidente que estos malabarismos terminológicos no esclarecen ningún proceso económico. En función de algún parentesco financiero se mezcla en el mismo casillero a países medianos y periféricos o a economías industrializadas y rentistas.

Economías semiperiféricas

El probable incremento de las tasas de interés estadounidenses ha reducido actualmente la aureola de los BRICS. Algunos economistas consideran que los mayores riesgos de un próximo temblor financiero se han desplazado hacia las economías intermedias, con mayores déficits fiscales y tasas de crecimiento bajas [12].

Otros temen la repetición de las grandes crisis que durante los años 90 desencadenaron economías semejantes (México-1994 , el Sudeste Asiático-1997, Rusia -1998 o Argentina -2001).

Pero más allá del diagnóstico coyuntural es importante registrar que se ha profundizado la división en el viejo bloque de economías no industrializadas. Un segmento amplió su estructura fabril, participa de exportaciones manufactureras, incorporó empresas al círculo de compañías transnacionales o desarrolló servicios productivos. El otro sector mantiene, en cambio, su viejo perfil primarizado.

Esta clasificación de las economías en función de su estructura e inserción en la división internacional del trabajo es utilizada por autores críticos del vago concepto de “emergentes”. Con esta mirada centrada en el proceso productivo global han precisado el contenido de la noción semiperiferia [13].

Esta categoría se aplica a países como Corea, Taiwán, Turquía, México, Brasil o Sudáfrica, que se han distanciado del grueso de la periferia asiática, africana o latinoamericana. Este posicionamiento intermedio confirma el ordenamiento tripolar que postulan los teóricos de sistema-mundo y su caracterización de las semiperiferias, como un segmento que acolchona las brechas entre los dos polos del capitalismo global [14].

Este grupo protagoniza actualmente las bifurcaciones que tradicionalmente separaron a las económicas ascendentes de sus pares retrasados. Se repite así la trayectoria seguida por países que atravesaron por contradictorios períodos de proximidad con los centros o confluencia con la periferia.

Esta caracterización cuestiona la creciente expectativa actual en un ascenso general de los países emergentes. Destaca que estas economías compiten entre sí al interior de una arquitectura estable, dónde el éxito de un concurrente conspira contra las posibilidades de los rivales situados en la misma escala de desarrollo.

Las economías intermedias repiten la trayectoria de las semi-periferias precedentes, que ambicionaron subir al escalón del centro. Pero la segmentación mundial siempre impidió un éxito colectivo. Si la expansión actual de China se consolida, confirmará la excepcionalidad de ese salto. El arribo al status de país desarrollado no está al alcance de otros BRICS, MINTS o EAGLES.

Sub-potencias dispersas

El protagonismo geopolítico regional de cada economía semiperiférica es determinante de su éxito o fracaso, en ocupar los espacios vacantes del orden global. Algunos países de ese segmento cuentan con dimensiones continentales y estados de gran porte, pero arrastran también trayectorias imperiales frustradas. Fueron potencias que devinieron en semicolonias y volvieron a renacer con proyectos de dominación zonal.

Actualmente se desenvuelven en grandes territorios con importantes recursos demográficos o naturales y negocian directamente con la Tríada. Su acción geopolítica incide directamente sobre su ubicación finalen el ranking semiperiférico. Especialmente Rusia, India y Turquía comparten estas peculiaridades.

Muchos analistas estiman que estos países tienden a converger en bloques comunes, para disputar poder con las potencias centrales. Pero los indicios efectivos de este empalme son escasos, frente al trato dispar que les dispensa el imperialismo. Estados Unidos hostiliza a Rusia, está asociado con Turquía y se reacomoda con la India.

En lugar de conformar un bloque, cada sub-potencia busca su propio nicho dentro del orden neoliberal. Aceptan el libre comercio, la primacía de las empresas transnacionales y la continuidad de flujos financieros transfronterizos. A diferencia de lo ocurrido durante 1930-40 no apuestan a forjar redes proteccionistas, ni a construir coaliciones belicistas.

Todos trabajan dentro de los organismos internacionales para reforzar su influencia. Promueven reformas del sistema de votación dentro del FMI y propugnan la constitución de fondos de reservas globales, para reemplazar paulatinamente al dólar. Como no les interesa sustituir abruptamente a la divisa que nomina el grueso de sus reservas, apuestan a una larga negociación.

En las Naciones Unidos propician un reajuste del actual Consejo de Seguridad, conformado por cinco miembros permanentes con derecho a veto. Esa negociación es muy conflictiva porque el nuevo asiento en discusión tiene muchos candidatos, entre las viejas potencias (Alemania, Japón) y las que ascienden (India, Brasil). China y Rusia no están seguras de la conveniencia de este cambio.

Varias sub-potencias han mostrado disposición para aportar tropas a las misiones de la ONU convalidando la hipocresía del humanitarismo imperialista. Esta conducta no sólo ilustra la afinidad de las clases dominantes de estos países con el status quo global. También indica las dificultades que enfrentan para encarar acciones alternativas. Algunos integrantes de esta franja compiten entre en sí en varios terrenos económicos y otros mantienen viejas disputas fronterizas. Frecuentemente sus prioridades estratégicas no confluyen.

Los BRICS realizaron, por ejemplo, varias cumbres para acordar cierto incremento del intercambio, la constitución de un fondo de reserva y la eventual conformación de un Banco de Desarrollo. Pero han buscado confluencias frente a contingencias de corto plazo, sin avanzar en compromisos significativos.

Esa actitud obedece a la estrecha asociación que están gestando las clases dominantes de este grupo con las empresas transnacionales. Son burguesías que descartan los viejos coqueteos con los proyectos antiimperialistas de los años 60-70. Un bloque de “No Alineados” o un encuentro como Bandung están fuera de sus horizontes. Participan de la etapa neoliberal junto a elites de multimillonarios muy integradas al club mundial de los poderosos. Estas tendencias se verifican en cuatro casos.

Rusia e India

La recuperación de Rusia es muy visible. La era Putin ha contrarrestado la desintegración social, el derrumbe económico y la pérdida de posiciones internacionales que sucedieron a la implosión de la URSS. Pero se suelen resaltar los contrastes entre ambos períodos omitiendo las continuidades. El presidente ruso consolidó las nuevas clases capitalistas, que la vieja burocracia forjó saqueando los bienes del estado. Ese descarado vaciamiento desembocó durante el período de Yeltsin en la bancarrota del rublo [15].

Putin limitó esos excesos restaurando el orden que se requiere para el funcionamiento del capitalismo. Reconstruyó el poder del estado mediante un régimen autoritario, asentado en la fatiga con la caótica situación precedente. Introdujo reglas para la acumulación y consolidó la concentración del negocio energético y financiero en manos de un reducido de acaudalados. También afianzó cierto control estatal sobre los rentistas para recomponer el consumo y la inversión. Esta acción incluyó la detención de varios millonarios.

El nuevo poder político vertical se basa en el fraude y la persecución de opositores, pero logró varios triunfos electorales. Este caudal de votos es utilizado para reforzar el sometimiento político de una clase obrera huérfana de tradiciones y prácticas de auto-organización.

El legado de varias décadas de totalitarismo burocrático continúa obstruyendo la conformación de sindicatos y agrupaciones de izquierda, a pesar de la enorme desigualdad social y la creciente pérdida de ilusiones en el capitalismo [16].

Sobre este trasfondo de pasividad y desmoralización popular, Putin recrea una ideología nacionalista que enaltece los liderazgos providenciales y las antiguas tradiciones de supremacía eslava. Intenta reconstruir el papel sub-imperial de Rusia en el entorno geográfico del viejo zarismo.

Las masacres contra los chechenos fueron el punto de partida de esta acción. Contaron con la implícita colaboración de Occidente, que perpetra crímenes semejantes en la lucha contra “el enemigo terrorista”.

Pero esa complicidad no atenuó la creciente tensión de Rusia con el imperialismo norteamericano, que intentó aprovechar el colapso de la URSS para exterminar a su viejo rival. Estados Unidos rodeó el país con misiles de la OTAN para forzar la liquidación del gran arsenal soviético.

Putin comprendió que ese desarme imposibilitaría forjar un sistema capitalista medianamente sólido e inició una reacción defensiva de reconstrucción del poder bélico. Intervino en Georgia, desplegó efectivos en Asia Central, participa en las negociaciones de Siria y anexó Crimea frente al golpe de Ucrania.

Con estas acciones consolida la autonomía estatal que los grandes capitalistas necesitan para afianzar sus inversiones. Estos sectores dividen sus simpatías entre Estados Unidos y Europa, mientras derrochan fortunas en Berlín, Londres o Nueva York. Una fuerte tradición soviética de intervención en los problemas globales es utilizada por la elite actual. Aprovechan la diplomacia para apuntalar los negocios.

Rusia recupera espacio porque mantiene una enorme estructura bélica, que no supervisa el imperialismo colectivo. Esta gravitación militar y no el florecimiento económico explican su resurgimiento internacional. La crisis global afectó al país más que a otros emergentes. No ha reconstruido la estructura industrial del pasado y se afianza una enorme dependencia de las exportaciones de gas y petróleo.

También India participa del ascenso de los emergentes por el lugar geopolítico que ocupa en un convulsivo sub-continente asiático. Es la gran potencia de una región conmocionada por diferendos fronterizos, demandas separatistas y ambiciones localistas. La omnipresencia de su ejército contrapesa la convulsión de Sri Lanka, las tensiones de Bangla Desh, los conflictos con Nepal y la ola de terror talibán. Condiciona el irresuelto status de Cachemira, al cabo de cuatro guerras con Pakistán y las disputas fronterizas con China luego del choque militar de 1962. El status de Tíbet se mantiene irresuelto.

Las clases dominantes gestionan un conglomerado de más de 1000 millones de personas, en 28 estados, 7 territorios, 18 idiomas oficiales, varias religiones y comunidades que cohabitan en una estructura de castas. Las estructuras estatales formalmente seculares están corroídas por la multiplicidad de choques sectarios y por sangrientas explosiones de nacionalismo. Este tembladeral queda habitualmente encubierto por el discurso celebratorio que presenta a la India como una democracia estable y multicultural [17].

Pero el gran cambio geopolítico ha sido el giro pro-norteamericano de clases dirigentes que adoptaron el credo neoliberal. El desplome de la URSS y la posterior complicidad del ejército pakistaní con los talibanes favorecieron esa confluencia con Estados Unidos.

Las inversiones yanquis saltaron en menos de veinte años de 76 a 4000 millones de dólares. India ya formaba parte del selecto club atómico mundial, pero ahora cuenta con un aval del Pentágono, que anteriormente estaba focalizado en su rival pakistaní [18].

En la última década la economía india registró elevadas tasas de crecimiento y alumbró varias multinacionales de peso global. También logró cierta expansión en la informática, especialmente en los servicios de software. Pero sus actividades de sub-contratación se mantienen muy distantes de los epicentros de la revolución digital. Cualquier comparación de patentes o niveles de rendimiento con Estados Unidos confirma esa brecha [19].

Al igual que China, el resurgimiento de India está acompañado de un sentimiento de renacer milenario de civilizaciones, que ocupaban lugares preponderantes hasta el siglo XVIII. Pero el crecimiento actual del país no es comparable al desarrollo de su vecino. La industria continúa operando en eslabones intermedios no integrados, con alta dependencia de insumos externos y pagos de royalties. La productividad es baja y la infraestructura es muy obsoleta.

Las diferencias con China son más categóricas en el plano social. El país cuenta con el mayor número de multimillonarios recientes y una numerosa clase media. Mantiene al 77 % de la población en estado de pobreza y el 40% de niños con insuficiencia de peso. La lucha contra el hambre ha fracasado y 100.00 campesinos se suicidaron en 1996-2003 por angustias de subsistencia. La histórica exclusión social persiste a una escala gigantesca. Cuatro de cada diez persona no son saben leer, ni escribir y en el índice de desarrollo humano el país está ubicado en el lugar 126 [20].

El proceso actual de acumulación enfrenta dos límites ausentes en las centurias precedentes. India no puede descargar su población sobrante en corrientes de emigración (como hizo Europa hacia América) y sufre un desempleo agravado por la innovación tecnológica.

Estos obstáculos tienden a acentuarse por la actual presión neoliberal para flexibilizar el mercado laboral y privatizar empresas públicas. Pero esta agresión comienza a afrontar una resistencia que puede modificar todos los datos del país.

Sudáfrica y Turquía

Sudáfrica es otro caso de gravitación geopolítica creciente, luego de la heroica lucha popular que permitió sepultar el sistema político racista. Pero esa gesta -simbolizada en la figura de Mandela- dio lugar a una transición pactada que consolidó la supremacía de las minorías enriquecidas.

La cooptación de una elite negra al poder aportó a las clases dominantes una nueva proyección regional que facilitó cierto crecimiento económico. La desaparición del aislado régimen del Apartheid permitió consolidar un área de libre-comercio y afianzar una economía industrializada, que absorbe el 70% de toda la electricidad del África Subsahariana.

Esta reubicación estratégica explica la incorporación de Sudáfrica al núcleo de los BRICS. Rusia o India tienen un PBI cuatro veces superior y la diferencia se extiende a 16 veces con China. En este terreno el país es incluso superado por Corea, Turquía o Indonesia. Su extensión geográfica y población son inferiores a Argentina o Irán y tiene competidores de peso como Nigeria dentro del continente. Pero sólo el régimen post-Apartheid ofrece las estructuras requeridas para un liderazgo regional.

Durante el siglo XX las empresas sudafricanas combinaron la expansión regional con el belicismo y el racismo. Los colonos blancos convertidos en clase dominante afrikaneer se asociaron con las empresas mineras para asumir ese rol de gendarme. Utilizaron intensamente el poder militar gestado durante la sustitución de importaciones [21].

Con el fin de esa dominación se extinguieron las ambiciones de expansión externa, pero no la gravitación de la principal economía de la región. La nueva elite negra promueve el capitalismo neoliberal bajo el emblema de un “renacimiento africano”.

Un líder histórico de los trabajadores mineros (Cyril Ramaphosa) se ha convertido en director de grandes empresas, en un país que ya no es repudiado por sus vecinos. Sudáfrica es el niño mimado del FMI y del Banco Mundial. Sus dirigentes despliegan retóricas progresistas en la ONU, mientras actúan como socios confiables de Estados Unidos [22].

Pero este giro neoliberal ha desgarrado a Sudáfrica. Desde 1996 la combinación de privatizaciones y apertura comercial con la eliminación de las restricciones al desplazamiento de personas, generó una caótica urbanización que ha ensanchado la polarización social [23].

El desempleo se duplicó y afecta al 36% de la población. La desigualdad se ubica al tope de los índices mundiales (Gini 0,73). Los desastres en la provisión de agua, la precariedad de la vivienda y la degradación de la educación son mayúsculos. El salario se ha estancado con la generalización de agencias que intermedian en la contratación laboral . En el 87% de las tierras que monopolizan los granjeros blancos subsisten formas encubiertas de servidumbre.

Las modalidades extremas del desarrollo desigual y combinado que generó el Apartheid no han desaparecido. Ese sistema articulaba capitalismo y pre-capitalismo, mediante una excepcional subsistencia de formas de coerción extra-económica. El trabajo temporario y migrante que conectaba a los sectores modernos y atrasados de la economía se ha remodelado y recrea las viejas fracturas [24].

Sudáfrica también padece la erosión de su base energético-minera tradicional. Ese complejo se ha internacionalizado manteniendo su primacía (23% del PBI y 60% de las exportaciones). Pero el extractivismo está agotando los recursos del subsuelo al cabo de varios intentos fallidos de diversificación.

Por estas razones la crisis global ha impactado más en Sudáfrica que en otras economías equivalentes. Hay cierta fuga de capitales en un marco de tensiones sociales y masacres mineras que recuerdan las terribles represiones del pasado.

También el caso de Turquía ilustra como despunta una sub-potencia regional por su gravitación geopolítico-militar. Las clases dominantes han desarrollado en las últimas décadas una estrategia de expansión en el mundo árabe y el mediterráneo.

Esta política se asienta en un despliegue militar que desborda las fronteras (ocupación de Chipre) y se refuerza con la opresión interna de la minoría kurda. Los derechos nacionales de este sector son rechazados a punta de fusil, ignorando la opinión mayoritaria de la propia población turca. Al cabo de treinta años de resistencia el gobierno debió aceptar el inicio de negociaciones, ante el establecimiento de regiones autónomas kurdas en Irak y Siria [25].

En Turquía la coerción interna y las ambiciones expansivas son políticas de estado, actualmente retomadas por una administración islámica conservadora. Sus dirigentes asumieron hace once años con promesas que no cumplieron de renovar el nacionalismo autoritario del Kemalismo.

Recrean especialmente el proyecto sub-imperial de lograr la supremacía regional frente a Irán, Egipto y Arabia Saudita. Por eso preservan la tradición despótica de una gran burocracia sometida a la tutela militar. El fin de la dictadura no erradicó los vestigios del totalitarismo y los poderes efectivos del Parlamento son muy débiles [26].

El neo-otomanismo persiste como ideología histórica de sectores dominantes que atravesaron por toda la variedad de estadios imperiales y semicoloniales. Actualmente adaptan esa tradición a un proyecto de inserción en la mundialización neoliberal, asentado la supremacía regional.

Con esa estrategia Turquía forma parte de la OTAN, tolera en su territorio las actividades del Pentágono y participa en las incursiones de Afganistán, Somalia e Irak. Pretende actuar como socio y no como un vasallo de Estados Unidos. Con la misma intención brindó sostén a los islamistas que participaron en la guerra de Siria.

La burguesía turca abraza el neoliberalismo con ese horizonte geopolítico. Se ha beneficiado con un crecimiento del 8% anual del PBI que ubicó al país en un status mediano, con varias corporaciones de peso. Pero los nubarrones que actualmente afectan a todas las economías intermedias amenazan este ascenso.

Los nuevos sectores del islamismo librecambista han desplazado a las viejas fracciones proteccionistas laicas, pero todos dejaron atrás la etapa desarrollista para propiciar la apertura comercial. Buscan ingresar en la Unión Europea con el activo apoyo de los medios de comunicación y la Bolsa.

Estados Unidos avala esta incorporación por las mismas razones que alentó el ingreso de los países del Este europeo a esa comunidad. Pero resulta muy difícil lograr un consenso dentro del Viejo Continente para incluir a una potencia autónoma tan opresiva y poco secular [27].

El gobierno islámico esperaba usufructuar de las revueltas árabes para exportar su modelo de conservadurismo neoliberal. Pero la conmoción que vive la zona terminó contagiando al país y la Plaza Taksim de Estambul se convirtió en un espejo de la Plaza Tahir de El Cairo. Una marea de manifestantes ocupó ese lugar durante semanas para rechazar las restricciones religiosas y la brutalidad policial [28].

Esta reacción puso de relieve el descontento con la cirugía neoliberal, que existe en un país agobiado por las agresiones sociales y los retrocesos democráticos. Este desafío erosionó la capacidad del gobierno para proyectar su modelo de islamismo conservador y apuntalar la supremacía regional frente a los rivales de Irán, Egipto y Arabia Saudita. Turquía quedó incorporada a las revueltas que pretende desactivar.

La regresión de la periferia

La crisis global ha impactado en la periferia clásica. Afecta duramente a las economías que exportan bienes básicos, adquieren productos elaborados y sufren el saqueo de sus recursos naturales.

Estos países no cuentan con los amortiguadores que utilizan las economías intermedias para atemperar un contexto internacional desfavorable. Quedaron muy golpeados por las condiciones políticas adversas que impuso el neoliberalismo, al eliminar los contrapesos que limitaban la polarización mundial. El desmoronamiento del bloque socialista y la pérdida de conquistas obreras en el Primer Mundo facilitaron la ampliación de esa brecha.

La periferia está conformada por las economías que sufren un empobrecimiento mayúsculo. En los polos extremos del ingreso persisten diferencias abismales. El PBI per cápita de Congo (231 dólares) o Burundi (271 dólares) se ubica a años-luz de su equivalente en Mónaco (114.232 dólares) o Estados Unidos (48.112 dólares). Estas fracturas se ampliaron significativamente durante las últimas décadas, puesto que la brecha que separa el ingreso per cápita de las regiones más ricas y más pobres aumentó entre 1973 y 1998 de 13.1 a 19,1. Existen numerosos cálculos de esta expansión geométrica de la fractura de ingresos que separa a los primeros y últimos 40 países del ranking global [29].

La acumulación del capital a escala global siempre se desenvolvió en una división internacional del trabajo, que genera transferencias de recursos de la periferia hacia el centro. En la etapa neoliberal esta dinámica polarizadora se mantuvo modificando las localizaciones de este proceso. El despegue de ciertas zonas se consumó en desmedro de otras, a través de intercambios desiguales y procesos de recreación del subdesarrollo [30].

Esta polarización se verifica en forma dramática en el agravamiento del hambre. Esta tragedia social se acentuó desde el 2003 por el ciclo ascendente que registran los precios de los alimentos. Hasta el 2008 esa carestía se concentraba en los cereales y ciertas oleaginosas, pero en la actualidad abarca a todos los productos. En diciembre del 2010 el índice de precios de la FAO superó su máximo histórico.

Las expectativas en un descenso de esas cotizaciones por la desaceleración económica global no se han verificado. La cifra total de hambrientos ronda los 1200 millones de personas, pero la amenaza se extiende a 2.500 millones que subsisten en condiciones de pobreza. Basta recordar como esa carestía influyó en el debut de los levantamientos árabes (“una intifada del pan”), para notar el impacto social del problema.

Existen tres explicaciones de la continuada inflación de los alimentos. La primera atribuye el comportamiento alcista a la formación de burbujas, gestadas con la especulación de los precios a futuro de los cereales. Esta operación ha canalizado los excedentes de liquidez que genera la falta de oportunidades de inversión en los países desarrollados.

Las obscenas apuestas con bienes primordiales para la vida humana es un juego cotidiano en Estados Unidos. Antes del 2000 el mercado de futuro de estos productos estaba regulado y se desenvolvía con estrictas exigencias de información de las posiciones de los traders. Estas regulaciones fueron abolidas y la actividad fue abierta al ingreso de los fondos que operan en el corto plazo.

Las inversiones llegaron en masa y en el 2007 el monto de esas transacciones promedió 9 billones de dólares. Los financistas perfeccionaron posteriormente su acción y ya no suscriben contratos a futuro. Compran y venden siguiendo el vaivén diario de las commoditties, sin comprometerse nunca con la posesión física del producto. Simplemente manejan los contratos mediante derivados financieros, que multiplicaron seis veces su presencia en el sector entre el 2002 y el 2008 [31].

Los grandes bancos ( BNP Paribas, Deutsche Bank, JP Morgan, Morgan Stanley, Goldman Sachs) se especializaron en esta actividad para recuperar beneficios luego del crack del 2008 y estuvieron directamente involucrados en brusco aumento del precio de los tres alimentos que cubren el 75% del consumo básico mundial (maíz, arroz y trigo) [32].

Un segundo enfoque estima que la valorización de los alimentos es consecuencia de las actividades que aprecian indirectamente los productos básicos (como los biocombustibles). Estos desarrollos incrementan los costos de los insumos y acentúan el agotamiento del suelo. Los precios de los alimentos trepan, además, al compás del encarecimiento del petrolero, el transporte o la irrigación. El mismo impacto genera la expansión de los supermercados que inflan la demanda con nuevos hábitos de consumo.

Finalmente otra explicación estima que la apreciación de los alimentos es un problema estructural, derivado de la demanda ejercida por los nuevos compradores asiáticos. Aunque la oferta se ha expandido junto al incremento de la productividad agrícola, consideran que la nueva dieta de millones de consumidores impacta sobre los precios.

Es probable que estas tres visiones expliquen aspectos complementarios del mismo fenómeno. En los próximos años quedará esclarecido cual ha sido el principal determinante de la carestía alimenticia. Sean maniobras financieras, actividades competitivas o brechas estructurales entre producción y consumo el resultado es el mismo: agravamiento de la tragedia del hambre.

El trasfondo de este flagelo ha sido la mundialización neoliberal, que impuso una reconversión agrícola tan favorable a la exportación como nociva para los cultivos tradicionales. Esa transformación benefició al agro-bussines, socavó la seguridad alimentaria, destruyó al campesinado y acentuó el éxodo rural.

Las normas de libre-comercio que impuso la OMC forzaron la especialización exportadora de muchas economías periféricas, que se convirtieron en compradoras netas de productos básicos. Perdieron sus reservas nacionales de alimentos y quedaron desguarnecidas frente al ciclo actual de encarecimiento. Esta desprotección favoreció a varias economías desarrolladas que descargaron sus excedentes sobre comunidades arruinadas por la destrucción del auto-consumo.

La desnutrición constituye la manifestación más aguda de la regresión padecida por el Tercer Mundo. Estas economías soportan la depredación de los recursos codiciados por las grandes empresas transnacionales. El petróleo, los minerales, el agua y los bosques son blancos principales del atraco.

¿Despunta África?

África Sub-sahariana ha sido el mayor escenario de tragedias sociales. Allí se localizaron los terribles dramas de refugiados, m igraciones masivas y masacres étnicas.

El desangre generado por las guerras locales se cobró tres millones de muertos. En los años 80 y 90 la región sufrió un declive de la esperanza de vida (58 años en 1950 a 51 años en el 2000). Este cuadro dantesco fue consecuencia de incontables disputas por la apropiación de los recursos naturales.

Las batallas entre caciques para controlar los recursos exportables provocaron el colapso total de varias sociedades (Ruanda, Somalia, Liberia, Sierra Leona). Otras se desangraron por el coltán (Republica del Congo) o por la apetencia de diamantes, cobre y petrolero (Costa de Marfil, Sudán y Angola). La batalla por esos botines reavivó antiguas rivalidades étnicas, regionales y confesionales, promovidas por elites que frustraron el proceso de descolonización de los años 60-70 [33].

No es cierto que África sufrió estas desgracias por su “marginación del mundo”. Es la región más integrada y subordinada a la división internacional del trabajo. La tasa de comercio extra-regional en proporción al PBI (45,6%) es muy elevada en comparación a Europa (13,8%) o Estados Unidos (13,2%). El problema radica en la forma que históricamente adoptó esa integración.

Durante la esclavitud África sufrió una hecatombe demográfica que redujo dramáticamente su población. En el periodo colonial (1880-1960) se generalizó el pillaje y los pequeños campesinos fueron sometidos al cultivo de exportaciones tropicales. La breve experiencia de descolonización nacionalista (1960-75) quedó rápidamente sepultada por el neoliberalismo, que renovó el ciclo de inserción primarizada. Pero la etapa actual incluye varias novedades.

En primer lugar se está consolidando la formación de un capitalismo negro, integrado por socios locales de las empresas extranjeras que capturan una porción del recurso depredado. En muchos países se han reformado los códigos de minería y petróleo para acrecentar esa tajada, que nutre también un proceso de acumulación primitiva. Por eso ha ganado importancia la participación de las burguesías locales de ciertos países. Sudáfrica lidera este grupo, pero también Nigeria amplia su gravitación.

En segundo lugar la llegada de China ha modificado los equilibrios de las elites dominantes con Estados Unidos y las viejas potencias coloniales. Un nuevo jugador ha ingresado en el continente para comprar enormes volúmenes de materias primas y ofrecer créditos de infraestructura sin las condicionalidades del Banco Mundial. La nueva burguesía africana más vinculada a Occidente disputa con los partidarios de estrechar la asociación con un gigante asiático, que no carga con la rémora de ex potencia colonial.

En tercer lugar se ha producido un significativo cambio en la coyuntura económica de la última década. La tasa de crecimiento comenzó a repuntar y en el 2000-09 alcanzó un promedio del 5,1% anual, que supera la media mundial (3%) y se ubica muy lejos de la regresión de 1980-90. Este aumento acompaña el fuerte incremento en las inversiones extractivas, que saltaron de 7 a 62 billones, en un marco de generalizada transformación agrícola. Las importaciones aumentan 16% anual y los términos de intercambio mejoraron un 38% en comparación al 2000-12 [34].

Estas modificaciones han alterado el clima ideológico de “afro-pesimismo” que presentaba el desgarro del continente como un destino inexorable. Ahora prevalece una variante opuesta de “afro-optimismo” que difunden las elites neoliberales, para augurar un futuro venturoso. Si la primera teoría justificaba el saqueo recurriendo a la auto-flagelación y las reflexiones cínicas, la segunda lo aprueba como un precio de salida del subdesarrollo [35].

Esta última visión se difunde junto a todo tipo de fantasías sobre la inminente masificación de las clases medias. Olvidan recordar los abismos sociales vigentes en los países de mayor crecimiento. El 60 % de la población es pobre en Angola o Nigeria. Este mismo porcentual de habitantes vive en villas de emergencias en todo el continente, que en un 80% carecen de agua potable. Además, el desempleo entre los jóvenes promedia el 60%.

En el campo la situación es más dramática por la gran presión demografía sobre tierras cultivables, con reducidas reservas de agua renovables en un marco de gran deforestación [36].

Desempleo árabe, explotación en Oriente

Otro ejemplo de las desventuras de la periferia se localiza en el mundo árabe. El incendio político que conmocionó a esta región en los últimos tres años obedece a múltiples causas. Pero varias décadas de neoliberalismo furioso han sido determinantes de la pobreza, el estancamiento y la desigualdad que desencadenaron ese estallido.

La región ha padecido un récord de desempleo, disimulado con el asistencialismo que distribuyen los regímenes rentistas. Las privatizaciones y la flexibilidad laboral generaron fracturas sociales mayúsculas [37].

Las presiones para reducir el gasto social y eliminar subsidios a los alimentos empujaron en Medio Oriente a millones de jóvenes al desamparo. No pueden subsistir en sus países y tienen vedada la emigración a Europa. Estos desposeídos encendieron las revueltas, cuando un vendedor tunecino se inmoló para protestar contra las prohibiciones a la venta callejera [38].

Al igual que África esa región tuvo un corto período de florecimiento nacionalista en los años 60. Esa experiencia se agotó por la incapacidad que demostraron esos procesos para erradicar la dominación parasitaria de los grandes capitalistas. El neoliberalismo agravó posteriormente la explosiva combinación de subdesarrollo y rentismo [39].

Un tercer caso de regresión periférica se sitúa en los países de Asia, que no participan de la onda expansiva generada por China y las economías intermedias. Esas zonas sufren los terribles índices de pobreza multi-dimensional que mide el PNUD. El último reporte de ese organismo destaca que el 51% de la población mundial afectada por la miseria extrema, se encuentra en el Sur de Asia y el 15% en el Este de ese continente.

Pero semejante grado de pobreza se está convirtiendo en un imán para las empresas transnacionales, que buscan nuevos proveedores de fuerza trabajo barata. Un sector mano de obra intensiva como la industria textil es el gran barómetro de esta tendencia [40].

La primera oleada de deslocalización en la fabricación de confecciones se afincó en los años 70 en Corea, Taiwán, Singapur y Hong Kong. El segundo movimiento se ubicó en los 80 en Indonesia, Siri Lanka, Filipinas, Bangladesh y Tailandia. En las últimas décadas se verifica una tercera secuencia de inversiones en Camboya, Laos, Birmania y Bangla Desh.

El nivel de superexplotación obrera que imponen las grandes marcas y sus contratistas es aterrador. Una gran campaña de protesta bajo la sigla “Ropa Limpia Internacional” denuncia las atrocidades que predominan en esos talleres.

Un ejemplo de este drama se vive en Bangladesh. El PBI creció sostenidamente desde los años 90 hasta convertir al país en el tercer exportador mundial de ropa. Ya hay 4000 fábricas que contratan a 3 millones de obreros. Se trabaja entre 12 y 14 horas respirando polvo, en pequeñas habitaciones, mal iluminadas y sin ventilación. Los empresarios locales operan con márgenes estrechos y trasladan esa presión sobre los trabajadores, que sufren la represión y el asesinato de sindicalistas.

Esta situación se transformó en noticia internacional cuando 250 personas murieron por el derrumbe de una fábrica carente de protecciones laborales. Las crónicas periodísticas trazaron numerosas analogías con las condiciones de trabajo infrahumanas vigentes en Inglaterra, durante el debut de la revolución industrial [41].

Con pobreza, desempleo, salarios ínfimos y superexplotación, la periferia carga con las consecuencias más duras del período neoliberal. ¿Pero qué tipo transformaciones predominaron en esta etapa? ¿Y cuáles son las interpretaciones teóricas de esos cambios?

MUTACIONES DEL CAPITALISMO EN LA ETAPA NEOLIBERAL II. Ascendentes, intermedios y periferia

Claudio Katz

RESUMEN:

China asciende al status de economía central. El salto histórico en su industrialización le otorgó un impensable rol internacional en el rescate del sistema financiero. Pero no logra concretar el giro hacia el consumo interno. La sustitución de las reformas mercantiles por el capitalismo ha generado sobre-inversión, especulación bancaria y polarización social.

La expansión económica global comienza a obstruir la estrategia geopolítica defensiva de China, acentuando las disputas entre las elites de la Costa y del Interior. La restauración capitalista está muy avanzada pero no ha concluido, mientras persisten tendencias equivalentes a la asociación y al choque con Estados Unidos.

Las economías intermedias que ascienden se ubican en un escalón inferior. Varias sub-potencias regionales con ambiciones sub-imperiales recobran incidencia sin forjar bloques comunes. Actúan dentro del orden neoliberal y es erróneo caracterizarlas utilizando criterios financieros de corto plazo.

Rusia recompone el estado frente al despojo de los oligarcas para estabilizar la acumulación, forjando un dique de contención a la OTAN. El crecimiento de India no se aproxima al desarrollo chino en una zona desgarrada y saturada de conflictos bélicos. En un marco de gran desempleo y desigualdad, la cooptación de una elite negra al pos-Apartheid ha potenciado la proyección de Sudáfrica. El expansionismo neo-otomano es el soporte del crecimiento neoliberal de Turquía.

La brecha global de ingresos se ensancha empobreciendo a la periferia. La desnutrición se acentúa por el encarecimiento de los alimentos que generó la reconversión capitalista del agro.

Un capitalismo negro despunta en África luego de sangrientas guerras por el botín de los recursos naturales. Arriban nuevas potencias y se enriquecen las elites locales. El mundo árabe continúa sufriendo una gran expoliación que en Asia es sinónimo de superexplotación.

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Notas

[1] Economista, Investigador, Profesor. Miembro del EDI (Economistas de Izquierda). Su página web es: www.lahaine.org/katz.

[2] Salama, Pierre. “¿ Desaceleração econômica: a China na tormenta?”, 3/10/2013, www.cartamaior.com.br.

[3] Lo Dic, Zhang Yu, “Making sense of China´s economic transformation”, Review of Radical Political Economics, vol 43, n 1, 2011.

[4] Li Minqui, Piovani Chiara, “One hundred millón jobs for the chinese workers”, Review of Radical Political Economics, vol 43, n 1, 2011.

[5] Lin Chun, “The socialist market economy, Step forward or backward, Science and Society, vol 73, April 2009.

[6] Zhu Andong, Kotz David, “The dependence of China´s economic growth on exports and investment”, Review of Radical Political Economics, vol 43, n 1, 2011.

[7] Discutimos esta visión de Giovanni Arrighi en Katz Claudio, Bajo el imperio del capital, Luxemburg, Buenos Aires, diciembre de 2011, (cap 14).

[8] Nye, Joseph. “Dos décadas para barajar y dar de nuevo”, www.clarin.com 12/01/2013. Brezinsky, Zbigniew. “Adiós a las guerras por el poder global” www.clarin.com/o 24/02/2013.

[9] Sapir, Jacques. El nuevo siglo XXI, El Viejo Topo, 2008, Madrid, (pag 74, 116-120) .

[10] -Hart en el primer caso y Ding en el segundo. Hart-Landeberg Martin, “The Chinese Reform experience: A critical assessment”, Review of Radical Political Economics, vol 43, n 1, 2011. - Ding Xiaoqin, “The socialist market world economy, china and the world”, Science and Society, vol 73, April 2009.

[11] Turzi Mariano, Mundo BRICS Las potencias emergentes, Editorial Capital Intelectual, Buenos Aires, 2011(pag 43-44).

[12] Roubini Nouriel, El panorama cambiante del riesgo mundial, 6/4/2014, www.lanacion.com.ar. R oubini Nouriel, “El problema de la Argentina y de otros mercados emergentes”, 31/1/2014, www. pro ject-syndicate.org.

[13] Martínez Peinado Javier, Cairó i Céspedes Gemma, El desarrollo de una Semiperiferia como necesidad de la transición hacia el Sistema Capitalista Global, Sevilla febrero 2012, pendientedemigracion.ucm.es.

[14] Wallerstein, Immanuel. El capitalismo histórico, Siglo XXI, México, 1988. Arrighi, Giovanni. “The winding paths of capital”, New Left Review 56, Mars-April 2009, London.

[15] Kagarlistky, Boris. “El estado ruso en la era del imperio norteamericano”. El Imperio Recargado, CLACSO, Buenos Aires, 2005.

[16] Boudraitskis, Ilya. “Poutine ou le chaos”, Inprecor 581-582, fevrier-mars-avril 2012

[17] Anderson, Perry. “The Indian Ideology”, Counterpunch, december 2012, www.threeessays.com. Chakraverty, Clea. Búsqueda de una identidad para el siglo XXI, Le Monde Diplomatique, enero 2007.

[18] Varadarajan, Siddharth., “India ávida de reconocimiento”, Le Monde Diplo, noviembre 2008.

[19] Shie Vincent, Meer Craig, “The rise of knowledge in dependency theory: the experience of India and Taiwan”, Review of Radical Political Economics, vol 42, n 1, 2010.

[20] - Bulard, Martine. India recupera su jerarquía, Le Monde Diplomatique, enero 2007.

[21] Bond, Patrick. “South African subimperial accumulation”, The accumulation of capital in Souhtern Africa, Rosa Luxemburg Political Education Seminar 2006, Johnnesburg, 2007.

[22] Saul, John. “Globalización, imperialismo, desarrollo”. El nuevo desafío imperial, Socialist Register 2004, CLACSO, Buenos Aires 2005.

[23] Bond Patrick, Desai Aswin, “Explaning uneven and combined development in South”, Africa, in Permanent Revolution: Results and Prospects 100 Years, Pluto Press, 2006

[24] Skinner Caroline, Valodia Imraan, “Two economies?” , The accumulation of capital in Souhtern Africa, Rosa Luxemburg Political Education Seminar 2006, Johnnesburg, 2007.

[25] Mohamed Hasan, “Entrevista”, luchainternacionalista.org 08/05/2013

[26] Çağlı, Elif. “On Sub-imperialism: Regional Power Turkey”, Marksist Tutum marxist.cloudaccess.net, August 2009.

[27] Anderson Perry, The New Old World, Verso, London, 2009, (pag 392-472).

[28] Rodríguez Olga, “Turquía”, eldiario.es, 6-6-2013.

[29] Economía mundial: “un abismo de riqueza entre países ricos y pobres”, 1 0/11/2013 www.argenpress.info.

[30] El fundamento de este proceso en: Wallerstein, Immmanuel. “Marx y el subdesarrollo”, Zona Abierta, Madrid, n 38, 1986, Madrid.

[31] Ghosh, Jayati. “Precio”, www.pagina12.com 18/11/2012

[32] Toussaint, Eric. “La banca especula con materias primas y alimentos”, 20-3-2014, www.vientosur.info

[33] Hobsbawm, Eric. Naciones y nacionalismo desde 1780, Crítica, 2000, Barcelona, cap 5.

[34] Nanga, Jean. “Afrique subsaharienne et ses croissances”, Inprecor 592-593, mars-avril-mai 2013. Nanga, Jean. “Ogre Chinois en Afrique”, Les Autres voix du plante, octubre 2010

[35] Kabunda, Mbuji. “África y los africanos en el espejo”, 21/6/2013, alainet.org/active

[36] Batou, Jean. Redeploiment de l´imperialisme francais en Afrique 15/1/2014, www.contretemps.eu

[37] Achcar, Gilbert. “ Le Peuple veut”, 29/4/2013www.contretemps.eu

[38] Petras, James. “Las raíces de las revueltas árabes y lo prematuro de sus celebraciones” www.rebelion.org, 06/03/2011.

[39] Nuestra visión en: Katz, Claudio. “De la primavera al otoño árabe”, , Cuadernos de Marte, Revista Latinoamericana de Sociología de la Guerra, Facultad de Ciencias Sociales UBA, Buenos Aires, año 3, n 5, julio-diciembre 2013.

[40] - Amin Samir, Houtart François, Tandon Yash, Dierckxsens Wim, Founou-Tchuigoua Bernard , Tablada Carlos, Padilla Mariela, World Forum of Alternative, “Audacity to Build a New Paradigm In The Face Of the Contemporary Crisis of Capitalism”, Preparatory document for the South/South Forum 2012/2013, Quito, 5-5-12.

[41] Sales i Campos Albert, “Los trapos sucios de la moda global”, Brecha, 3-5.2013.