miércoles, 25 de marzo de 2015

Concepciones Social-desarrollistas - Claudio Katz


RESUMEN

La variante progresista del neo- desarrollismo prioriza la expansión de la demanda omitiendo las tensiones con la ganancia. También busca equilibrar las variables macroeconómicas desconociendo los desajustes que genera la acumulación. Su expectativa de sustraer al capitalismo de estado de las crisis que afronta el sector privado no se verifica. Tampoco es viable el reemplazo de empresarios por funcionarios.


Los proyectos políticos del desarrollismo democrático-popular chocan con los compromisos asumidos por la variante conservadora y el modelo regional cooperativo está afectado por la inserción global primarizada. Es erróneo observar a los gobiernos de centro-izquierda como antesala del socialismo y sustituir la evaluación de la lucha social por registros de proximidad o lejanía del industrialismo capitalista. Respetar las singularidades nacionales no impide discutir contrastando experiencias.
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 El neo-desarrollismo ha despertado la atención de numerosos analistas latinoamericanos. Las discusiones sobre este enfoque incluyen caracterizaciones de modelos económicos, estrategias geopolíticas y procesos sociales.
Pero se ha prestado poca atención a la variante progresista de esa concepción, que algunos autores denominan social-desarrollismo. Aunque esta segunda visión se encuentra en estado embrionario e incluye muchas indefiniciones, ya conformó un enfoque con influencia en varios países.
PLANTEOS ESPECÍFICOS
Pocos autores asumen la pertenencia al social-desarrollismo. Algunos se identifican con el amplio universo de teorías del desarrollo, otros destacan afinidades con la heterodoxia económica radical y casi todos se ubican en el campo político de la izquierda. Uno de sus promotores estima que este enfoque le asigna mayor relevancia a la dimensión social que a a las metas del desarrollo (Carneiro, 2012a).
América Latina es el principal objeto de análisis de esta corriente, pero sus miembros trabajan en propuestas específicas para Brasil, Argentina o México. Venezuela y Bolivia son campos de gran aplicación de este enfoque y la red Celso Furtado incluye a muchos simpatizantes de esa orientación (VVAA, 2007).
En el plano económico postulan iniciativas semejantes al programa neo-desarrollista, pero enfatizan la gravitación del consumo como mecanismo de redistribución del ingreso. Resaltan la centralidad del mercado interno para generar un círculo virtuoso de incrementos del poder adquisitivo y expansión de la producción. También subrayan el papel preponderante de la demanda para forjar un modelo de crecimiento con inclusión social .
La asociación Furtado adoptó justamente el nombre de un teórico que resaltaba la centralidad de la demanda, en contraposición al “mal desarrollo” generado por el deterioro del salario y la concentración de la renta (Furtado, 2007).
Al igual que el neo-desarrollismo la variante social promueve políticas monetarias activas, tipos de cambio competitivo y déficits presupuestarios financiables. Pero remarca la necesidad de mayor captación estatal de las rentas agrarias o mineras y también postula reducir la carga financiera que imponen los grandes bancos a las empresas y el estado.
El social-desarrollismo promueve una actitud de ruptura con el neoliberalismo que es rehuida (o explícitamente evitada) por el neo-desarrollismo. Su visión es más afín a las corrientes radicales del keynesianismo que a las concepciones heterodoxas en boga. También subraya la continuidad de brechas estructurales entre el centro y la periferia, que el enfoque convencional silencia o relativiza.
Algunos autores proponen una aproximación a las teorías de la dependencia. Registran la continuada subordinación de la economía latinoamericana a los centros metropolitanos y refutan los diagnósticos del subdesarrollo basados en la falta ahorro interno. También remarcan la transferencia de ese excedente al exterior (Guillen, 2007).
Los social-desarrollistas confían en gestar un modelo inclusivo de capitalismo que reduzca los niveles de inequidad. Pero reclaman una nítida primacía del sector público sobre el privado mediante la consolidación de modelos de capitalismo de estado .
A diferencia del neo-desarrollismo son muy críticos del comportamiento de la burguesía nacional. Promueven la sustitución de esa clase por el funcionariado estatal en la gestión del crecimiento y resaltan la solidez de la burocracia frente a la fragilidad del empresariado .
El terreno de mayor diferenciación con el neo-desarrollismo se ubica en la esfera política. Contraponen sus modelos democrático-populares con los proyectos conservadores del neo-desarrollismo convencional. En el caso brasileño presentan esta divergencia como una batalla entre dos perspectivas opuestas para el gobierno de Lula-Dilma (Pomar, 2013a: 23, 60-62, 79-92).
Esta visión se apoya en fundamentos ideológicos socialistas totalmente ajenos al neo-desarrollismo. Mientras que los herederos de la CEPAL siempre fueron hostiles al marxismo, muchos teóricos social-desarrollistas provienen de esa tradición, mantienen su identificación con la izquierda e interpretan sus modelos como un paso hacia el socialismo.
Para alcanzar ese objetivo consideran necesario transitar previamente por un prolongado período de capitalismo regulado. Estiman que esa etapa intermedia permitirá cambiar las relaciones de fuerzas y reintroducir la batalla por la sociedad igualitaria (Pomar, 2013a: 14-15). Otros vislumbran esa fase como un escenario de disputa entre procesos decrecientes de acumulación y dinámicas ascendentes de equidad (Guillén, 2007).
Todos consideran que el socialismo debe ser precedido por un modelo de integración latinoamericana. Estiman que el surgimiento de ese polo regional autónomo permitirá forjar posteriormente una economía pos-capitalista de gran porte (Dieterich, 2005: 135-143, 175-185).
¿Estas propuestas ofrecen un programa sólido para el desenvolvimiento latinoamericano? ¿Sugieren un curso favorable a los intereses populares? ¿Es compatible la construcción capitalista con la meta socialista?
PROBLEMAS DEL MODELO
Los promotores del social-desarrollismo destacan que el impulso de la demanda asegura un crecimiento auto-sostenido. Consideran que esos estímulos motorizarán la inversión. Reconocen el conflicto potencial que opone a la expansión de la demanda con el incremento de la rentabilidad. Pero afirman que esa tensión puede compatibilizarse si la redistribución del ingreso no desalienta las inversiones privadas (Carneiro, 2012a).
Sin embargo la experiencia indica que esa contradicción irrumpe en algún momento, en todas las economías regidas por el principio de la ganancia. Por esa razón los períodos de expansión del consumo son seguidos por fases inversas de ajuste. Las etapas de alto empuje de la demanda desembocan en períodos contractivos de reducción de costos. En esas circunstancias el estado de bienestar es reemplazado por la primacía de la austeridad.
La competencia por beneficios surgidos de la explotación que rige la evolución del capitalismo impone esa secuencia. El social-desarrollismo olvida este principio y sitúa a sus modelos en la fase expansiva, suponiendo que el período inverso puede ser eliminado mediante una acertada política económica. Esa posibilidad nunca se ha verificado.
Algunos teóricos estiman que países como Brasil cuentan con un amplio margen para implementar el modelo social-desarrollista (Carneiro, 2012b, 2012c). Pero lo ocurrido durante la última década es ilustrativo de las dificultades para concretar la conciliación de objetivos que postula ese esquema.
La economía brasileña creció (por debajo del promedio regional) con incrementos del consumo, endeudamiento de los sectores medios y un gran boom de las commodities. Pero el nivel de la inversión fue bajo, el estancamiento industrial persistió y el envejecimiento de la infraestructura alcanzó un punto crítico en energía, comunicaciones y transporte.
En este período la gravitación de las rentas agro-exportadoras continuó disuadiendo la reindustrialización y la expansión de la demanda volvió a enfrentar el techo de un sistema financiero que absorbe gran parte del excedente. La intervención estatal y las políticas económicas heterodoxas tampoco fueron suficientes para reducir la brecha tecnológica .
Estas mismas contradicciones se han observado con mayor nitidez en Argentina. Un modelo -que apostó al virtuosismo de la demanda- facilitó la recuperación inicial de una economía devastada por el derrumbe del 2001. Pero al cabo de un quinquenio de gran crecimiento afloraron los límites de un esquema que genera inflación, desajustes cambiarios y déficit fiscal.
Como la altísima renta sojera no financió la reindustrialización, la actividad productiva se estancó. Los grandes ingresos del fisco fueron canalizados hacia subsidios a los capitalistas, que volvieron a fugar capital sin aportar inversiones significativas.
Todos los efectos del impulso a la demanda quedaron neutralizados por la preservación de una vieja base agro-exportadora, un perfil industrial dependiente y un sistema financiero adverso a la inversión. El incentivo al consumo manteniendo esa estructura recreó las viejas tensiones macroeconómicas que afectan al país .
¿CAPITALISMO REDISTRIBUTIVO?
En los países con esquemas social-desarrollistas explícitos los resultados han sido limitados y contradictorios. Venezuela tuvo una etapa de crecimiento incentivado por la demanda que se frenó y desembocó en el estancamiento inflacionario actual. Bolivia ha logrado una expansión mas sostenida en un escenario muy peculiar .
Todos estos modelos afrontan desequilibrios semejantes que aparecen cuando la expansión de la demanda choca con las exigencias de rentabilidad. El neo-desarrollismo resuelve esa tensión promoviendo las medidas reclamadas por los capitalistas y el social-desarrollismo rehúye el problema.
Los promotores de ese enfoque consideran que la implantación de sistemas productivos diversificados, basados en la democracia participativa y la redistribución del ingreso, permitirá reducir la inequidad y transformar el crecimiento en desarrollo.
Pero pierden de vista la intensidad de las crisis periódicas que afronta el capitalismo. Esas convulsiones revierten las coyunturas de prosperidad, reavivan el desempleo y masifican la precarización laboral.
El social-desarrollismo olvida esas experiencias y formula cuestionamientos al neoliberalismo sin analizar las contradicciones y límites del capitalismo. Los desequilibrios de ese sistema no obedecen sólo a desaciertos de una u otra política económica. Este tipo de fallidos explica tensiones de corto plazo o errores en ciertos planos, que conviven con falencias estructurales en otros campos.
Muchas miradas social-desarrollistas tienden a centrarse en la coyuntura subrayando problemas derivados del tipo de cambio (elevado o reducido), las tasas de interés (gravosas o dispendiosas) o las políticas monetarias (expansivas o contractivas). Cuando fracasa una orientación se afirma que debió primar la acción inversa.
Con esta visión postulan a posteriori enmiendas contra-fácticas. Afirman que si en cierto momento se hubiera hecho tal cosa, jamás habría emergido el desequilibrio en cuestión. De esta forma olvidan las contradicciones que habrían aparecido en otros terrenos, si se aplicaba la receta propuesta .
Este tipo de encerronas surge de ignorar que todas las tensiones en juego expresan desequilibrios intrínsecos del capitalismo. Este sistema funciona regenerando contradicciones que ninguna política económica puede eliminar.
El keynesianismo radical soslaya estos problemas imaginando al capitalismo como un gran engranaje de variables monetarias, cambiarias o fiscales. Supone que un buen ministro puede equilibrar estos agregados, asegurando el perfil progresista del modelo. Pero la historia económica de América Latina desmiente esa expectativa.
¿EMPALME CON LA TEORÍA DE LA DEPENDENCIA?
Muchos autores social-desarrollistas remarcan la continuidad de los desequilibrios centro-periferia y promueven una convergencia de la CEPAL con el dependentismo. Estiman que Furtado y Marini aportan los pilares del modelo requerido para interpretar la evolución de América Latina .
Pero esta última combinación es conflictiva. Ambos teóricos compartían diagnósticos sobre el origen del subdesarrollo regional, pero postulaban explicaciones y soluciones muy distintas para el mismo fenómeno. Por eso encabezaron dos escuelas contrapuestas que no pueden amalgamarse.
Todos los desequilibrios subrayados por Furtado eran analizados por Marini como características del capitalismo periférico. Destacaba la perpetuación de esas contradicciones por la inserción regional subordinada en el mercado mundial, las exacciones del capital extranjero y la incidencia de la estructura rentista. El teórico marxista no sólo descartaba la posibilidad de modificar ese status con políticas económicas, sino que objetaba explícitamente la ilusión de emerger del subdesarrollo mediante el industrialismo de la CEPAL.
Su visión incorporaba los aportes analíticos de Prebisch (esquema centro-periferia, deterioro de los términos de intercambio, heterogeneidad estructural) y de Furtado (impacto de la oferta laboral sobre la estrechez salarial, efecto de la importación de insumos sobre el freno industrial). También avalaba las críticas a una vieja matriz agraria, que sofocaba el desarrollo manufacturero y restringía el poder de compra de la población (Marini, 1994).
Pero Marini nunca compartió la esperanza desarrollista de resolver estos desequilibrios con políticas de modernización monitoreadas por el estado. Cuestionó el optimismo en esa posibilidad durante los ciclos de crecimiento y objetó el pesimismo estancacionista en los períodos de agotamiento de ese auge. En ambas fases subrayó los límites sistémicos del capitalismo en la periferia.
Marini cuestionó a Furtado con un criterio semejante al utilizando por Marx para objetar a Ricardo. Ponderó la actitud científica de ese pensador y destacó sus hallazgos teóricos. Pero al mismo tiempo subrayó la imposibilidad de comprender el funcionamiento del capitalismo latinoamericano desde una óptica burguesa. Por esta razón nunca intentó fusionar el estructuralismo con la Teoría Marxista de la Dependencia.
CAPITALISMO DE ESTADO
El social-desarrollismo asigna una gran incidencia a la capacidad del estado para motorizar los componentes progresistas del capitalismo. Supone que la propia evolución de este sistema necesita regulaciones para contrapesar el predominio de las finanzas y la competencia descontrolada. El capitalismo de estado es visto como un mecanismo auto-corrector que permite la supervivencia de la acumulación. ¿Pero cuáles son sus peculiaridades?
El capitalismo de estado no puede ser definido por el simple acrecentamiento de la intervención económica del sector público. Esa expansión se verifica en todos los países. Está presente en la incidencia del Pentágono en Estados Unidos, en la cogestión alemana de las empresas o en el paternalismo de los funcionarios japoneses. Esa influencia ha sido dominante durante todo el siglo XX y no determina ninguna especificidad de los modelos capitalistas. Ha constituido un rasgo compartido por el liberalismo de los años 20, el keynesianismo de posguerra y el neoliberalismo actual.
Si el capitalismo de estado sólo implicara mayor incidencia del estado resultaría difícil distinguir las políticas económicas ortodoxas, heterodoxas, monetaristas o neo-keynesianas. Tampoco se podría entender los momentos de alta intervención (socorro de los bancos) y menor regulación (privatizaciones) que han registrado en las últimas décadas de neoliberalismo.
El capitalismo de estado no es siquiera sinónimo de gran acción estatal en circunstancias críticas. En esas coyunturas la injerencia estatal se impone como un dato, cualquiera sea el modelo predominante. El ejemplo más nítido de esta tendencia fue el auxilio de los bancos durante el colapso del 2008-09. En el cenit del neo-liberalismo la mano visible del estado fue reforzada para salvaguardar la continuidad del sistema financiero.
Frente a estas dificultades para definir con alguna precisión el significado del capitalismo de estado, el enfoque social-desarrollista tiende a subrayar el creciente peso de de las empresas públicas. Algunos autores estiman que esa tendencia se acentuó en los últimos años, con la incorporación de 120 entes públicos al ranking de las principales firmas del planeta (2004-2009). Recuerdan que un tercio de la inversión extranjera directa realizada en las economías emergentes fue ejecutada por ese tipo de compañías (2003-2010) (Crespo, 2013).
Pero esa visión omite la pérdida de supremacía estatal efectiva en las empresas con gran accionariado capitalista y alta preeminencia del gerenciamiento privado. También olvida el deterioro del perfil nacional en las firmas integradas a las redes transnacionales de la inversión y el financiamiento global. El papel predominante de los grandes grupos burgueses no disminuye en esta versión de capitalismo regulado.
Las empresas públicas actuales difieren significativamente de sus equivalentes de posguerra. Incluyen formas de sociedades mixtas con mayor participación de los inversores privados. Esta influencia determina un sometimiento mayor de las firmas a las exigencias de rentabilidad que el mercado bursátil.
El capitalismo de estado incluye, por lo tanto, una amplísima gama de definiciones o tendencias permiten amoldar sus caracterizaciones a lo que se pretende demostrar. Por esta razón son más esclarecedores los debates sobre la aprobación o la crítica de ese esquema.
Sus defensores sugieren que amortigua (o elimina) los problemas que acosan al capitalismo privado. Pero no explican cómo podría eludir las crisis que afectan a todo el sistema. Los estallidos financieros, la superproducción, la caída de la tasa de ganancia, la retracción del consumo no son patrimonio exclusivo del privatismo. El temblor del 2008 conmovió con la misma intensidad a Estados Unidos, Alemania o Francia.
Algunos autores social-desarrollistas fundamentan su reivindicación con otros argumentos. Estiman que el capitalismo de estado cumplirá un rol progresivo, si se extiende a escala internacional, frenan el predominio de las fuerzas conservadoras y abre caminos hacia el igualitarismo (Pomar 2013a: 6, 51-53, 65).
Con esa visión se retoman las viejas creencias de la social-democracia pero sin demostrar su factibilidad. Durante el siglo XX no se registró un solo caso de evolución hacia el capitalismo humanizado y se verificaron incontables evidencias de procesos regresivos. De la estabilización del capitalismo sólo emergieron fases ulteriores de mayor inequidad.
Una modalidad progresista del capitalismo es un contrasentido. Este sistema se desenvuelve perpetuando la desigualdad y los privilegios de los grupos dominantes. Por esta razón las visiones benévolas del capitalismo son utopías negativas. Suponen que este régimen podría mejorar su funcionamiento para favorecer a las mayorías populares, cuando en los hechos afecta a los trabajadores.
BUROCRACIAS Y BURGUESÍAS
A diferencia de sus pares convencionales, los autores social-desarrollistas estiman que en América Latina la burguesía es un grupo social reacio a comandar procesos sostenidos de acumulación. Consideran que ese sector ha sido hostil a todos los intentos industrialistas con mejoras sociales ensayados en el pasado.
Pero constatan esa deserción sin explicar las razones de esa conducta. Ese abandono fue una reacción frente a los desbordes de la lucha social y las amenazas de radicalización popular. En esos momentos se activaron los reflejos conservadores de la burguesía y se corroboró su fuerte entrelazamiento con la oligarquía y el capital extranjero.
Como ese comportamiento persistió en las últimas décadas, algunos teóricos proponen contrarrestar el previsible abandono burgués del proyecto industrialista, con una mayor presencia del estado. Otros prescinden de evaluaciones y simplemente sustituyen la calificación de los empresarios por juicios de la eficacia estatal. Suponen que en esa intervención radica el secreto del desarrollo cualquiera sea la conducta de los patrones.
Pero no es muy lógico suponer que un modelo capitalista podrá forjarse sin protagonismo hegemónico burgués. El sistema requiere una clase dominante que acumule dinero, extraiga ganancias y reinvierta capital. Por esta razón todas las sugerencias iniciales de sustitución estatal tienden a postular posteriormente medidas de fortalecimiento del empresariado.
El social-desarrollismo convoca a limitar la gravitación de la burguesía pero apoya políticas de sostenimiento de ese sector. Esta contradicción demuestra hasta qué punto resulta difícil promover un sistema para los capitalistas sin presencia de los principales involucrados.
Para superar este conflicto se suele promover un mayor reemplazo de protagonistas. El lugar ocupado por las clases burguesas es asignado a los funcionarios que gestionan el estado. Se supone que la burocracia se guía por intereses de elites que superan el mero lucro.
Pero la experiencia desmiente esa independencia social de las burocracias. Este segmento conforma capas autónomas muy conectadas con las clases dominantes. Siempre administran el estado en sintonía con los grandes grupos empresariales.
Es cierto que las elites configuran un segmento específico con objetivos propios, que afronta distintos conflictos con las fracciones financieras, industriales o comerciales del capital. Pero están asociadas con la burguesía y comparten los mismos principios de enriquecimiento, lucro y explotación. Por eso se oponen a cualquier proyecto que afecte la continuidad del sistema vigente (Miliband, 1997: cap 1).
La crema del funcionariado aspira a transformarse en capitalista para reforzar su poder con la propiedad de los medios de producción. El manejo del estado le permite ubicarse en un status privilegiado, pero sólo como dueños de las fábricas y los bancos pueden estabilizar esas ventajas y transmitirlas a sus herederos. La burocracia es imitadora y no rival de la burguesía.
¿DOS DESARROLLISMOS?
En el plano político los autores progresistas contraponen sus proyectos democrático-estatales con las variantes conservadoras del desarrollismo. Consideran que en el caso de Brasil esa disputa se ha procesado dentro de los gobiernos de Lula-Dilma y apuestan a ganar la partida al interior del Partido de los Trabajadores (Pomar, 2013b).
Pero el propio retrato que presentan de ese partido contradice esa expectativa. Describen una organización que surgió con proyectos socialistas y se convirtió en una maquinaria electoral entrampada en la preservación del status quo.
Partiendo de esa caracterización no explican cómo podría el PT retomar un rumbo de izquierda. Esa organización se ha incorporado al mundo de las grandes empresas, forjó alianzas con las oligarquías provinciales y utiliza el voto clientelar. Participa de la financiación oscura de la política, redujo la gravitación del sindicalismo obrero y potenció el peso de los hacendados y los multimillonarios (Rocha, 2014; Berterretche, 2014).
Los teóricos social-desarrollistas igualmente argumentan que las mejoras sociales obtenidas en la última década podrían proyectarse al plano de la justicia, el funcionamiento del estado y la democratización de los medios de comunicación. Consideran que esas asignaturas pendientes serán encaradas en la próxima etapa, si se logra revertir la hegemonía cultural que mantiene la derecha (Pomar, 2013a: 62-63, 94).
Pero esa extensión requeriría afectar los intereses capitalistas y el PT no muestra ninguna disposición a involucrarse en esa confrontación. Por esa razón está amenazada la propia continuidad (o profundización) de los logros sociales. Este peligro surge de la estrecha asociación que mantiene el gobierno con los grandes grupos empresarios.
Los defensores del giro democrático-desarrollista presentan la política exterior como un ejemplo de realizaciones posibles que podrían ampliarse a otras esferas. Describen la promoción de la multilateralidad, la autonomía frente a Estados Unidos y la diversificación de la diplomacia hacia los países del Sur. Consideran que en este plano se verificó la compatibilidad de las iniciativas empresariales y populares (Pomar, 2013a: 98-128).
Pero las misiones comerciales, las inversiones externas, los créditos del BNDES apuntaladas por Itamaraty no han sido innovaciones del PT. Esa cancillería acumula una larga trayectoria de intervenciones externas sin componentes populares.
La diplomacia de la última década ha seguido el modelo del PSOE español, que se convirtió en un lobista de las firmas ibéricas en el exterior. Lula ha emulado a Felipe González como intermediario de los negocios y transformó al PT en un organizador de empresas con proyecciones globales (especialmente en Latinoamérica y África).
Esta mutación es omitida con elogios a la recuperación de tradiciones nacionalistas favorables a la integración regional y a la democratización de las relaciones internacionales (Pomar, 2013a: 98-128).
Pero esta caracterización no condice con la ocupación militar de Haití. En esa intervención Brasil actúa en sintonía con Estados Unidos en el ordenamiento del hemisferio. Las tropas brasileñas han permanecido en la isla en medio de contundentes denuncias de complicidad con la represión y la tragedia social imperante. En los hechos Itamaraty ha buscado demostrar que puede asumir responsabilidades en la custodia del status quo regional (Chalmers, 2014).
El giro internacional conservador del PT se ha verificado también en su intento de limitar la presencia de las corrientes radicales en organismos de fuerzas progresistas (como el Foro de Sao Paulo). Por ejemplo, en el XVII encuentro de esa entidad suscitó una gran controversia su veto a dos organizaciones de este tipo (Marcha Patriótica de Colombia y Libre de Honduras).
EXPECTATIVAS REGIONALES
El modelo social-desarrollista está concebido a escala regional. Sus promotores estiman que el fortalecimiento del MERCOSUR y la conformación de un bloque geopolítico autónomo son condiciones básicas para el desarrollo con inclusión social.
¿Pero el enlace regional torna más realizables las metas que no se han alcanzado en cada nación? ¿Por qué razón el capitalismo regional corregiría esas carencias? La principal respuesta realza la mayor escala de los mercados y la creciente capacidad de negociación internacional de un bloque zonal.
Pero olvida que esa extensión no desactiva los intereses centrípetos de los distintos grupos empresarios. Las burguesías brasileña, argentina o colombiana continúan privilegiando los negocios internacionales que han forjado a lo largo de siglos, en desmedro de un mercado latinoamericano común.
La existencia del MERCOSUR (o UNASUR) demuestra que esos sectores también trabajan junto a las empresas transnacionales en el ámbito regional. Los intercambios comerciales y las inversiones en esta área son muy superiores al pasado. Pero hasta ahora, no existe el menor indicio de tendencias a la amalgama de los capitalistas latinoamericanos, en un conglomerado social convergente.
A diferencia de Europa ni siquiera despunta la aparición de un proto-estado regional unificado con monedas, cancilleres o parlamentos comunes. Tampoco hay esbozos de ejércitos, banderas o himnos compartidos. A diferencia del Viejo Mundo, América Latina siempre fue una región subordinada al capitalismo mundial y ese status no ha cambiado en el siglo XXI. La reinserción global de la zona como exportadora de materias primas ha recreado parcialmente ese sometimiento y socava los intentos de forjar asociaciones regionales autónomas.
Por esta razón, el MERCOSUR nunca despegó y actualmente enfrenta renovados obstáculos para su desenvolvimiento. También el equilibrio político consensuado dentro de UNASUR -entre gobiernos muy disímiles- empuja a este organismo a una periódica inacción .
Algunos pensadores estiman que América Latina igualmente puede alumbrar su propia variante de capitalismo regional progresista, si se incorpora al bloque contra-hegemónico que lideran China y Rusia, en el nuevo escenario de la multipolaridad. Los BRICS son vistos como el principal laboratorio de un nuevo polo coordinado de capitalismo de estado. Esperan que Brasil construya el puente de la región con las futuras potencias (Pomar 2013a: 14-15, 51-53, 65).
Pero basta observar la relación que ha establecido la principal economía en ascenso del mundo con América Latina para desmentir esas creencias. China incrementó en forma significativa su intercambio con la región y el volumen total del comercio pasó de 10 billones (2000) a 257 billones de dólares (2013). Pero casi todas las ventas al gigante asiático están compuestas por cereales, minerales y soja y el 91% de las compras son productos manufacturados. Este mismo patrón rige para la sub-potencia brasileña.
A pesar de la mejora en los términos de intercambio registrada en la última década, el patrón comercial de Latinoamérica con China tiende a repetir los viejos desbalances que afectan a la región. Ya son numerosas las comparaciones del esquema actual con el modelo impuesto por Gran Bretaña en el siglo XIX. Ese curso primarizó a la región y bloqueó su desarrollo industrial (Ventura, 2014).
La reaparición de las tradicionales disparidades entre el centro y la periferia impide la concreción de una variante cooperativa del capitalismo de estado. Muchos estudiosos de las relaciones de América Latina con China describen la asimetría estructural que se ha creado entre ambas regiones (Martins, 2011).
Esta misma desigualdad se verifica en torno a los BRICS, que impulsan emprendimientos financieros (como el reciente banco de desarrollo), sin alterar la brecha que separa a las potencias industriales (China) o militares (Rusia) de los proveedores de materias primas (Brasil).
¿UN PASO HACIA EL SOCIALISMO?
Algunos enfoques vislumbran el ambicionado capitalismo progresista como un anticipo del socialismo. Consideran que el MERCOSUR y la relación con China pavimentarán el camino hacia la sociedad igualitaria. Observan estas iniciativas como eslabones de un proceso global, que inclinará la balanza global a favor de los proyectos populares resistidos por las elites occidentales.
¿Pero cómo podría gestarse ese amortiguador con organismos interesados en mantener lazos privilegiados con las empresas transnacionales? Ese tipo de conexión predomina en la actualidad en todos los modelos de capitalismo vigentes.
En los años 80 se concebía otra transición a través de un Nuevo Orden Económico Internacional sostenido por la URSS. El propio concepto de capitalismo de estado (o capitalismo monopolista de estado) fue perfeccionado durante ese periodo con interpretaciones muy variadas. En algunas visiones era visto como un adversario del bloque soviético y en otros era interpretado como un nexo hacia la extensión internacional del socialismo (Inozémtsev, Mileikovski, 1980; Valier, 1978).
Las miradas actuales se alejan de ese enfoque, pero señalan que la preparación actual del socialismo transitará en América Latina por cursos neo (o social) desarrollistas de capitalismo. Con ese fundamento aprueban a los gobiernos de centroizquierda, estimando que esas administraciones consolidan la autonomía diplomática requerida para apuntalar la etapa pre-socialista. También destacan cómo esas administraciones limitan la preeminencia de gobiernos pro-estadounidenses y contribuyen a frenar las conspiraciones derechistas contra Bolivia y Venezuela (Pomar 2013a: 39, 47, 54, 56).
Pero esa contención incluye un componente de tutela conservadora para neutralizar los procesos más avanzados de la región, que es omitida por los social-desarrollistas. Evitan considerar las consecuencias de las medidas exigidas para forjar el capitalismo regional.
Esta construcción aporta ciertos blindajes externos a los procesos políticos antiimperialistas, pero exige limitar sus niveles de radicalización. Este acordonamiento no es novedoso. Todas las revoluciones afrontaron ese cerrojo y las victorias se lograron sorteando esas presiones.
Una forma de obstruir la radicalización es relegar al ALBA a un rol testimonial, estimando que sólo la UNASUR está disponible para ejercitar alguna acción efectiva en la región. Los autores que aceptan esa política reconocen la simpatía de toda la izquierda con el primer proyecto, pero subrayan la imposibilidad de extenderlo (Pomar 2013a: 41-43, 58, 194).
Esa mirada omite que dentro de UNASUR hay varios gobiernos explícitamente reaccionarios. Por esa razón ese organismo sólo puede aportar un paraguas defensivo frente al acoso imperial, pero nunca apuntalará la dinámica antiimperialista que necesita América Latina, para abrir un cauce hacia el socialismo.
PROPUESTAS INCOMPATIBLES
La expectativa de arribar paulatinamente al socialismo una vez concluida la fase previa de capitalismo estatal retoma la vieja estrategia de las etapas, que desde los años 40 postularon muchos Partidos Comunistas. Esta teoría jerarquizaba la batalla contra los latifundistas y esperaba actitudes progresistas del empresariado nacional.
Los social-desarrollistas conocen esa frustrada experiencia pero evitan juzgarla. Se limitan a proponer su repetición, con la esperanza que el tiempo transcurrido impida una nueva decepción. No aclaran cómo se eludiría ese resultado transitando por el mismo camino (Pomar 2013a: 27-29, 35).
Es evidente que el socialismo nunca llegará si se afianza el capitalismo. Un sistema es incompatible con el otro. El principio básico del primer régimen es la igualdad y el cimiento del segundo es la explotación. Cualquier proyecto de transición al socialismo requiere el declive y no la extensión del capitalismo.
Para forjar variedades de este último sistema hay que desenvolver prósperos negocios que apuntalen las fortunas de las clases dominantes. Ese proceso consolida privilegios que alejan la esperanza de socialismo.
En el pasado la alianza con las burguesías no condujo al reemplazo del modelo agro-exportador por procesos exitosos de industrialización. Por esta razón tampoco se verificó el siguiente paso de maduración económica previa del pos-capitalismo. La supervivencia del sistema actual recreó distintas modalidades de acumulación.
Muchos autores progresistas también supusieron que la burguesía se resignaría a suscribir alianzas desfavorables a su propio futuro, ante la imposibilidad de detener un curso socialista inevitable de la historia. Pero en los hechos muy pocos patrones se sometieron a ese mandato teleológico y continuaron preservando el sistema que los beneficiaba.
En esos años también se imaginaba que el patriotismo de los capitalistas favorecería desenlaces socialistas. Esta expectativa era particularmente intensa en las coyunturas bélicas o en los momentos de agresión neo-colonial. Pero siempre se corroboró una predilección opuesta de las clases opresoras a aceptar la dominación extranjera para preservar sus privilegios.
En todas esas variantes el socialismo era concebido como un norte visible, al cabo de ciertos años o décadas de prosperidad capitalista nacional. Este enfoque ha perdido actualmente esa vieja temporalidad. Los social-desarrollistas no sugieren en qué momento comenzaría el pasaje del capitalismo de estado a la sociedad igualitaria.
Como presuponen que ese estadio requiere la consolidación previa de un modelo capitalista regional la fecha en juego resulta inimaginable. Si el capitalismo latinoamericano aún no fue parido, tampoco es posible concebir cuándo emergerá su sucesor.
LA CORRELACIÓN DE FUERZAS
Otro argumento para preceder la batalla por el socialismo con modelos de capitalismo resalta la necesidad de cambiar las relaciones de fuerza actualmente adversas (Pomar 2013a: 14-15).
Al cabo de dos décadas de neoliberalismo, el escenario mundial de repliegue que describe ese diagnóstico es indiscutible. Pero un cambio de ese contexto dependerá de luchas sociales victoriosas que permitan frenar los atropellos de las clases dominantes.
La correlación de fuerzas sólo mejoraría con ese resultado y no con la aparición de otro modelo capitalista. Un esquema desarrollista no es sinónimo de avances sociales. Basta recordar que en los años 60 varias dictaduras sudamericanas adoptaron ese perfil económico, para constatar la inexistencia de esa identidad.
Las miradas social-desarrollistas de la correlación de fuerzas no retratan el estado de la confrontación entre trabajadores y patrones, sino la presencia de modelos más o menos favorables al capitalismo de estado. En estas interpretaciones no se evalúa cuántas conquistas obtienen o pierden los asalariados, sino qué sector de la burguesía predomina. Si los industriales monitorean el sistema, el veredicto es auspicioso y si predominan los financistas, el juicio es sombrío.
Este abordaje postula una simplificada contraposición entre neoliberales y neo-desarrollistas. Si la economía se estanca, aumenta la pobreza y se expande la desigualdad es por la primacía del primer grupo. Cuando prevalecen tendencias opuestas todos los méritos son asignados a la segunda corriente. El escenario objetivo del capitalismo y el desenlace de las luchas populares que explican ambas coyunturas quedan relegados, frente a esa forzada contraposición binaria.
Con ese criterio cualquier consideración de la correlación de fuerzas se torna arbitraria. Además, se suelen potenciar la adversidad de los escenarios para realzar la necesidad de alianzas con los capitalistas, que atemperen la debilidad de los oprimidos. El análisis real de las derrotas o victorias de los movimientos populares queda sometido a un filtro, que dirime cuánto apuntalan u obstruyen esas acciones la gestación del capitalismo progresista.
Con este enfoque las discusiones de la izquierda pierden la brújula. Los elogios al capitalismo social-desarrollista permiten establecer diálogos con los economistas del sistema que ignoran, rechazan u omiten referencias al socialismo. Pero el intercambio se torna más complejo con los marxistas que cuestionan al capitalismo y apuestan a su erradicación.
La sustitución del programa socialista por convocatorias a una etapa común con la burguesía induce a la adopción de las preocupaciones de las clases dominantes. El cuestionamiento de la explotación es sustituido por impugnaciones del libre-comercio y las objeciones al capitalismo como sistema son reemplazadas por críticas a sus modalidades financieras, a las ganancias excesivas o a la escasa regulación. La competitividad es aceptada como principio e incluso convertida en la prioridad de toda la sociedad.
La trayectoria de las corrientes social-demócratas ilustra esta involución. Luego de asumir la necesidad del capitalismo comenzaron a participar en la administración de los lucros que genera este sistema. En la actualidad su mimetización con los representantes de la burguesía es total.
DISCUTIR SIN PREVENCIONES
Algunos autores social-desarrollistas consideran que los debates sobre estrategias socialistas no deben traspasar los límites nacionales. Suponen que cada pueblo construye su propio camino sin contrastarlo con otras experiencias. Por eso objetan cualquier contraposición “dicotómica” entre izquierdas socialdemócratas y radicales. Estiman que cada variante se corresponde con las peculiaridades de su país y convocan a un desarrollo convergente de ambas vertientes (Pomar 2013a: 15, 24-25, 56, 59, 49).
Pero la historia de los procesos revolucionarios ilustra todo lo contrario. Estos cursos prosperaron a través de controversias entre fuerzas adversas. Esa diferenciación permitió a los bolcheviques superar a los mencheviques, a Mao romper con Chang Kai Shek y a Fidel Castro desembarazarse de los gusanos.
Ciertamente el momento actual no se equipara con esos períodos, pero rigen los mismos contrapuntos y la misma necesidad de clarificarlos, si se aspira a promover algún rumbo socialista. Este esclarecimiento transita por una diferenciación entre proyectos estratégicos pro y anticapitalistas.
Nadie discute que la transición al socialismo será un proceso prolongado que incluirá complejas disputas entre el plan y el mercado. Pero esa contraposición sólo puede desenvolverse en una sociedad que comenzó la erradicación del capitalismo y no al interior de este sistema.
13-11-2014
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Neoliberales en América Latina III. Globalistas y cosmopolitas - Claudio Katz

RESUMEN
El social-liberalismo elogia al capitalismo globalizado desconociendo la envergadura de las crisis recientes. Pondera sus logros educativos o democráticos omitiendo la fractura social y los atropellos a los derechos populares. También desconoce el incremento de la desigualdad. Confunde el diagnóstico de la mundialización con su aprobación y la existencia de un mayor entrelazamiento internacional de las clases dominantes con el progreso cosmopolita.
Los globalistas que abandonan el socialismo manteniendo la hostilidad al nacionalismo ignoran la diferencia entre el chauvinismo reaccionario y el antiimperialismo progresista. Repiten una indiscriminada identificación del nacionalismo con dictadores corruptos. Suponen que la globalización desembocará en socialismos universales recreando ingenuas utopías de emancipación repentina.
El social-liberalismo sustituye la vieja crítica al tercermundismo por un desconocimiento de la opresión que exculpa al colonialismo, desvaloriza la descolonización y denigra el indigenismo. Observa comportamientos individuales autónomos donde impera la manipulación mercantil.
Es falso presentar a las guerras como rivalidades estatales ajenas a la competencia entre capitalistas. El belicismo no decae con la gobernanza política mundial. Se acrecienta para asegurar mercados y abastecimientos. Los argumentos humanitarios para justificar las intervenciones imperialistas utilizan una doble vara, que penaliza a los adversarios de las potencias y disculpa a sus aliados.
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El social-liberalismo está deslumbrado con la globalización. Considera que el incremento registrado en la internacionalización de la economía constituye el dato más auspicioso de la realidad actual. Cardoso, Castañeda y Sebreli sólo difieren en los argumentos de esa reivindicación.
Justificaciones más sorprendentes aportan otros dos autores del mismo perfil. Por un lado, el argentino Fernando Iglesias intenta combinar ciertas tesis de la izquierda liberal con posturas definidamente derechistas. Por otra parte, el inglés Nigel Harris ha sustituido viejos planteos de la izquierda radical por sofisticadas defensas del cosmopolitismo burgués.
FANTASÍAS GLOBALISTAS
Cardoso considera que la globalización abre las compuertas del progreso. Estima que este cambio permite gestar una sociedad representativa de la vitalidad histórica del capitalismo .
Pero esta evaluación no condice con la envergadura de la crisis reciente. La convulsión del 2008 no sólo puso en entredicho la supervivencia de los bancos. También reveló un grado de inestabilidad sistémica incompatible con las ilusiones de solidez que transmite Cardoso. Su apología también ignora los aterradores desequilibrios ecológicos actuales. Este deterioro del medio ambiente ha dado lugar a numerosos estudios que advierten contra una potencial regresión a la era de los glaciares.
Cardoso repite todos los lugares comunes sobre la globalización para justificar la apertura neoliberal que implementó en Brasil. Estos cambios debían generar mejoras sociales que nunca se verificaron. Sus dos mandatos de ortodoxia monetarista amplificaron la polarización social y el estancamiento económico en un marco de gran conservadurismo político.
También Castañeda expone una visión idílica de la globalización. Considera que permitirá gestar proyectos supranacionales de bienestar y expansión de la democracia. Supone que contribuirá a mejorar los sistemas escolares y la expansión de la “meritocracia”, requerida para apuntalar el crecimiento y la igualdad de oportunidades .
Con este tipo de fantasías los neoliberales han multiplicado las privatizaciones de la enseñanza. Deterioran la educación pública y excluyen a las mayorías del acceso al conocimiento. Castañeda ha participado personalmente en esta oleada de atropellos desde su función ministerial en el gobierno derechista del PAN.
Sebreli ofrece otro fundamento para los mismos elogios de la globalización. Considera que el auge de empresas transnacionales y coordinaciones económicas supra-nacionales retrata la marcha de un proceso progresivo e inexorable. Postula que no tiene sentido defender a la pequeña empresa frente a una evolución ineluctable del capitalismo y descarga una andanada de críticas contra la “utopía reaccionaria” de oponerse a ese destino .
Pero este inconsistente fatalismo oculta las terribles consecuencias sociales de la expansión mundial del capital. Este curso intensifica la destrucción de empleos, masifica la precarización laboral y potencia formas de competencia que corroen la continuidad de la acumulación. Sebreli olvida que ningún desenvolvimiento social es inevitable. En el marco de ciertas condiciones históricas se consuman transformaciones económicas sujetas al curso imprevisible de los antagonismos sociales.
Iglesias enaltece la globalización destacando su aporte a la consolidación de proyectos universales contrapuestos al particularismo. Considera que este proceso impulsa el desarrollo de la sociedad civil y reduce las pretensiones aislacionistas del viejo populismo. Pondera el nuevo espíritu globalista y rechaza a los nostálgicos que exaltan a la nación o proponen estatizaciones de la economía .
Pero la identidad que establece entre mundialización capitalista y consolidación de los derechos democráticos sólo se verifica en su imaginación. Las transformaciones de las últimas décadas han incentivado el apetito de lucro de las grandes empresas provocando despojos de pobladores, pauperización de trabajadores y depredación de los recursos naturales. La euforia privatizadora ha sido la principal causa de esta regresión social.
La ceguera frente a estas consecuencias se percibe en la insólita conexión entre globalización y reducción de la desigualdad, que establece el teórico socio-liberal Harris. Postula ese vínculo a contramano de incontables verificaciones opuestas .
Los cálculos que ha difundido recientemente el equipo de investigación dirigido por el economista Thomas Piketty desmienten en forma contundente cualquier ilusión en la mejora de la equidad. La mundialización neoliberal amplificó las brechas sociales en todos los países a un ritmo desconocido desde el siglo XIX .
Harris también afirma que las tendencias globalizantes contribuyen a reducir la pobreza . Pero este supuesto no sólo contradice el estado de indigencia que soportan los millones de hambrientos de la periferia. También contrasta con la nueva pobreza que genera la destrucción neoliberal de las conquistas sociales en Europa y Estados Unidos.
COSMOPOLITISMO BURGUÉS
La apología de la globalización difiere del reconocimiento de la mundialización como una nueva etapa del capitalismo. El social-liberalismo no se limita a diagnosticar la presencia de este novedoso estadio, sino que reivindica su aparición como un gran momento de progreso. En lugar de formular un análisis objetivo del salto registrado en la internacionalización del capital expone aprobaciones de esa transformación.
Esta diferencia entre el diagnóstico y la alabanza separa al social-liberalismo de numerosos estudios que retratan y al mismo tiempo cuestionan, la mundialización del capital. Estas miradas registran las contradicciones y los límites de ese proceso .
Harris combina evaluaciones con elogios. Subraya la diferencia entre la economía mundial (como entidad que enlaza a sus componentes nacionales) con la globalización, (como nueva subordinación de esas estructuras a fuerzas externas). Describe la forma en que las empresas transnacionales y la banca global modifican las fronteras y desbordan las regulaciones estatales. También ilustra la adaptación de las decisiones de inversión a las necesidades de un mercado internacionalizado. Evalúa estos cambios con gran optimismo .
Pero su entusiasta visión ignora los desequilibrios que introduce el período en curso. Harris omite la envergadura de la sobreproducción global y la magnitud del descontrol financiero que genera la mundialización. Desconoce que la competencia entre empresas, la saturación de productos y la plétora de capitales presentan una dimensión inédita.
El teórico inglés supone que la globalización recrea el virtuosismo cosmopolita del capitalismo naciente. Estima que la “revolución burguesa” actual tiende a superar la dominación estatal y facilita la constitución de sistemas genuinamente mercantiles. Considera que la actividad del empresario quedará liberada de las trabas que todavía impone la burocracia estatal .
Con esa mirada presenta un cambio en la reconfiguración de los estados como un debilitamiento de esos organismos. No percibe que la globalización sólo remodela instituciones nacionales esenciales para la continuidad del capitalismo. Los estados cumplen un rol central en la gestión de la fuerza de trabajo y persisten como estructuras insustituibles para garantizar la explotación del trabajo asalariado .
Harris desconoce este dato y se entusiasma con la expansión del mercado como pilar de la social civil global. No aclara cómo podría cumplir ese papel reforzando al mismo tiempo todos los desequilibrios del capitalismo. Simplemente sugiere que el mercado contribuirá al renacimiento de los mercaderes y banqueros sin patria que forjaron a la sociedad moderna. Asigna a estos grupos un rol primordial en la historia humana por su capacidad para gestar sistemas de intercambio y desarrollo .
Pero este mítico relato parece calcado de un manual neoclásico. Describe al capitalismo como un sistema sin origen conocido y tan sólo guiado por la fuerza supra-humana del mercado. Este mismo elogio expuso Adam Smith hace más de dos siglos, desconociendo las enormes crisis que genera este sistema .
Harris supone que el viejo cosmopolitismo comercial será reencarnado por una nueva clase de prósperos capitalistas transnacionales. Considera que este grupo ya se ha constituido como una formación objetiva (clase en sí) y evoluciona hacia su constitución subjetiva (clase para sí) .
Pero omite la función explotadora de este sector. Tampoco registra cuán lejos se encuentra el capitalismo de forjar el estado mundial que se requeriría para estabilizar a esa clase social transnacionalizada. El grado de madurez alcanzado por este nuevo segmento es un tema controvertido, pero su carácter opresivo está fuera de duda.
La marcha ascendente del capitalismo mundializado es imaginada por Harris como un proceso timoneado por las economías más abiertas. Elogia este perfil librecambista y se lamenta por la subsistencia de sistemas cerrados. Objeta ese tipo de protección estimando que provoca todo tipo de obstrucciones al desarrollo global .
Ese mismo razonamiento exponen los neoliberales cada vez que falla alguno de sus experimentos. En esas circunstancias suelen afirmar que las “reformas fueron insuficientes”. Pero la explicación real de estos fracasos es totalmente opuesta. El propio modelo de apertura y privatización genera los desajustes que socavan su continuidad.
Toda la mirada de Harris ilustra el pasaje de un enfoque socialista-internacionalista a una visión liberal-cosmopolita. Esta involución incluye la hostilidad explícita hacia los movimientos sociales que impugnan la globalización capitalista. Identifica estas acciones con el “populismo” .
Con esa postura se ubica en la vereda opuesta de la protesta social. Harris ha perdido la brújula para definir donde se sitúan el progreso y la reacción. No sabe que el primer terreno es abonado por los manifestantes que construyen foros sociales y el segundo por los millonarios que se reúnen en Davos .
CEGUERA FRENTE AL NACIONALISMO
El globalismo confronta duramente con el nacionalismo. Considera que esa ideología sintetiza todos los defectos de un encierro reactivo frente al progresismo cosmopolita. Identifica al patriotismo con el totalitarismo y cuestiona su resistencia a incorporar las ventajas de la mundialización. Esta crítica ha logrado cierta influencia, en un período signado por el deslumbramiento con Occidente y por el encubrimiento de la dominación imperial.
El cosmopolitismo burgués observa las distintas vertientes nacionalistas como reductos de líderes corruptos. Supone que estos dirigentes recurren a la demagogia para favorecer los intereses de casta y los manejos de las prebendas estatales. Advierte que esas manipulaciones están reñidas con la convivencia internacional.
Estos relatos son repetidos por los medios de comunicación y ya forman parte de un sentido común asimilado por la opinión pública de numerosos países. Incluyen la presentación del nacionalismo como una simple retórica utilizada por los tiranos del Tercer Mundo para perpetuarse en el poder.
En esas descripciones se coloca en una misma bolsa a los viejos socios del imperio caídos en desgracia y a los líderes antiimperialistas. Los dictadores en retirada (Galtieri, Noriega) son asemejados a los dirigentes populares (Torrijos, Chávez). Con esta confusión de intenta sepultar las tradiciones de lucha anticolonialista que construyen los países periféricos .
El anti-nacionalismo globalizante nunca distinguen las vertientes progresivas y regresivas del nacionalismo. Ubica en un mismo casillero al antiimperialismo y al chauvinismo. Desconoce que la primera variante constituye un componente esencial de las resistencias populares y que el segundo incentiva disputas artificiales entre pueblos vecinos.
Esta diferencia es justamente omitida por los autores socio-liberales, que contraponen los méritos de la “izquierda mundializante” con los defectos de la “derecha territorialista” . Con esa clasificación recrean el tradicional contraste entre civilización occidental y sociedades primitivas, que todos los colonialistas han utilizado para justificar sus atropellos.
En la versión actual de ese contrapunto, Clinton, Blair y Obama son situados en la “izquierda mundializante”. Pero esta caracterización es muy difícil de sostener, dada la similitud de estos mandatarios con Thatcher, Reagan o Bush, a la hora desplegar marines o bombardear países.
Las agresiones imperiales son presentadas por este enfoque como actos de justicia frente a las perversiones del nacionalismo. Este relato incluye el ensalzamiento de Estados Unidos como el mejor resguardo democrático del orden internacional. Se supone que las virtudes de la primera potencia derivan de su capacidad para auto-regular el uso de la fuerza .
Este panegírico habla por sí mismo. El principal responsable de los crímenes, las ocupaciones y los golpes de estado sufridos por los pueblos de la periferia durante la segunda mitad del siglo XX es visto como un gran protector de la humanidad.
Castañeda es más cauto en estas alabanzas. Reconoce que en América Latina el nacionalismo persiste como una bandera popular contra Estados Unidos y distingue esta utilización del manejo xenófobo de esa ideología .
Con esta caracterización acepta que el nacionalismo no es una desgracia uniforme e incluye vertientes opuestas de antiimperialismo y chauvinismo. Sin embargo el socio-liberal mexicano termina impugnando a ambas variantes, al afirmar que cualquier retórica nacionalista ha quedado desactualizada con la globalización. Estima que sólo subsiste como instrumento de algunos gobiernos para generar respaldo .
Pero si esas administraciones recurren a ese estandarte es porque el nacionalismo preserva alguna vitalidad estructural. Por un lado Castañeda repite el libreto neoliberal, que retrata al nacionalismo como un simple artificio para engañar a los pueblos. Al mismo tiempo desmiente ese diagnóstico, al reconocer la sintonía de este movimiento con las aspiraciones populares. No logra comprender que el secreto de esa adhesión estriba en la subsistencia de formas de opresión imperial, que son rechazadas por la mayoría de la población.
DEL SOCIALISMO AL GLOBALISMO
La crítica socio-liberal al nacionalismo frecuentemente proviene de autores que en los años 70 criticaban al antiimperialismo desde la izquierda, cuestionando su omisión de perspectivas socialistas.
Sebreli defendía esta línea de objeciones ultra-internacionalistas. Se inspiraba en la posición asumida por Rosa Luxemburg, que a diferencia de Lenin confrontó con los movimientos de liberación nacional remarcando su omisión de los antagonismos de clase. El intelectual argentino retomó esa visión y atribuyó a todos los nacionalismos un contenido reaccionario. Con esa fundamentación postuló que el pensamiento progresista debía ser anti-nacionalista .
Pero Sebreli olvidó que esos debates fueron anteriores a la revolución rusa y se saldaron con un alineamiento mayoritario a favor de la tesis leninista. Este último enfoque aportó una distinción entre nacionalismos avanzados y regresivos, que demostró enorme vigencia en todos los procesos anticapitalistas del siglo XX.
Basta recordar la trayectoria de las revoluciones china, vietnamita o cubana para notar como la resistencia antiimperialista desembocó en transformaciones socialistas. Lejos de oponerse, estos dos cimientos de la lucha popular tendieron a converger en un mismo proceso de emancipación. Los principales procesos socialistas de la centuria pasada se consumaron combinando la radicalización conjunta de las demandas nacionales y sociales de los pueblos oprimidos.
En su giro derechista Sebreli archivó el marxismo, pero recreó su hostilidad hacia el nacionalismo. La selección de concepciones que decidió abandonar y preservar es muy ilustrativa de su viraje socio-liberal. En su actual etapa conservadora el pensador argentino ha estado más atento a lo que dice Vargas Llosa que a los escritos de Lenin. Sus críticas al nacionalismo ya no destacan áreas de conflicto con el socialismo sino con el liberalismo.
El apologista de la globalización polemiza especialmente con el origen romántico de las teorías nacionalistas, que indagan la identificación originaria de cada nación con cierta lengua, cultura o radio geográfico. Cuestiona la falta de rigor de estas conexiones, recordando la enorme variedad de desemboques nacionales que ha registrado la historia. También señala el carácter contingente de estas formaciones y la inexistencia de cualquier tipo de predestinación en la gestación de las naciones .
Pero esta acertada crítica a la idealización romántica del surgimiento nacional omite una segunda parte del problema: el devenir posterior del nacionalismo. Cualquiera sea el origen de cada entidad nacional, lo más importante ha sido el uso de esta tradición para causas progresistas o chauvinistas.
La forma en que Hitler o Mussolini utilizaban las mitologías de los pueblos germánicos o las civilizaciones latinas fue totalmente contrapuesta a la modalidad con que Sandino, Ben Bella o Arafat exaltaron la historia de Nicaragua, Argelia o Palestina. Esta diferencia cualitativa es imperceptible para el razonamiento socio-liberal, que coloca en una misma bolsa de deshechos a todas las modalidades del nacionalismo.
Esta ceguera no es casual. Una vez abandonada la meta socialista ya no interesa distinguir cuáles son los procesos nacionalistas afines o contrapuestos al objetivo igualitarista. Ahora sólo se busca detectar qué tipo de ideologías son favorables al liberalismo y en esta nueva clasificación todas las variantes del nacionalismo son impugnadas.
EMANCIPACIÓN REPENTINA
Niguel Harris ha transitado por un carril muy semejante a Sebreli. También objetó durante cierto tiempo la estrategia de empalmar el proyecto socialista con las banderas de la liberación nacional. Posteriormente trazó un balance demoledor de todas las experiencias nacionalistas de posguerra. Remarcó su fracaso en desenvolver el capitalismo local a través de procesos de sustitución de importaciones y destacó las falencias de las economías cerradas en los nuevos escenarios de la globalización .
Esos límites efectivamente determinaron el declive del antiguo desarrollismo y generalizaron el viraje de las viejas burguesías nacionales hacia el neoliberalismo. Pero este balance omite la existencia de otros procesos nacionalistas que siguieron trayectorias radicales, demostrando como la lucha consecuente por la liberación nacional puede empalmar con proyectos socialistas.
Al igual que sus pares latinoamericanos, Harris saltó del anti-dependentismo socialista al socio-liberalismo. Por eso desconoce todos los ejemplos de evolución positiva del nacionalismo. En sintonía con el globalismo de los años 90 transformó su crítica socialista inicial al tercermundismo en una justificación del neoliberalismo actual.
Esta afinidad con la ideología dominante se verifica en sus cuestionamientos a la tradición económica proteccionista o a la política exterior autónoma, que mantuvieron algunos países de la periferia. Objeta esta actitud señalando que obstruyen el pleno despliegue de la globalización. Critica la resistencia de México a la desnacionalización del petróleo y considera que la persistencia de algunas empresas nacionalizadas en África Sub-Sahariana contraría la nueva agenda global .
Esta argumentación parece calcada de los mensajes difundidos por el neoliberalismo para exaltar la apertura comercial y las privatizaciones. No se limita a retratar los límites o contradicciones de las políticas proteccionistas, sino que pondera la aplicación del paquete liberal en las economías subdesarrolladas. Estima inexorable la evolución hacia el capitalismo mundializado, en los mismos términos que el fatalismo thatcherista resaltaba la ausencia de alternativas a sus propuestas.
Pero con esa visión se oculta que las desventuras padecidas por los países subdesarrollados en las últimas décadas provienen de su resignación frente al libre-comercio. Las depredaciones que sufrieron estas naciones fueron consecuencia de su inserción en la globalización y no de la resistencia a participar en ese proceso.
Harris repite el argumento predilecto de los neoliberales, al afirmar que las dificultades afrontadas por las economías periféricas obedecen a su incorporación incompleta a la oleada globalizadora. Este razonamiento atribuye cualquier falla en este proceso a la inconsecuente introducción de las medidas reclamadas por los globalizadores. Pero como nadie conoce cuál sería ese patrón íntegro de reformas neoliberales, siempre hay espacio para argumentar que falta algo.
Lo más extraño de esa reflexión es su pretensión de preservar algún fundamento socialista. Harris encuentra esa conexión en el desemboque final de la revolución burguesa mundial en curso. Supone que al concluir este proceso quedará facilitada una transición hacia el igualitarismo .
Este insólito pronóstico presagia el socialismo a partir de la extensión de su opuesto. Presupone que la sociedad sin clases emergerá de la expansión del capitalismo. Como ya se ha descartado cualquier mediación nacional hacia la transición socialista, ahora apuesta a un devenir global instantáneo del pos-capitalismo. En lugar de procesos diversos -resultantes de trayectorias nacionales diferenciadas- imagina algún corolario socialista simultáneo. Este resultado irrumpiría cuando el mundo declare su fatiga con el capitalismo.
Esa creencia en utopías globales repentinas es tan inconsistente que el propio autor evita aclarar cuál sería la modalidad, forma o contenido de ese proceso. La fascinación con el globalismo neoliberal conduce a esos contrasentidos.
LA INFERIORIDAD AFRICANA
El rechazo socio-liberal del nacionalismo antiimperialista profundiza una tradición conservadora de hostilidad hacia las mayorías. Retoma el desconocimiento de la opresión racial, la denigración del indigenismo y la descalificación de los movimientos populares. En el caso de Sebreli esa actitud empalma con su vieja confrontación con el tercermundismo.
En el pasado objetaba este último alineamiento por su desconsideración del papel protagónico del proletariado, como único sujeto capacitado para liderar el cambio revolucionario. Estimaba que sólo la clase obrera podría comandar esa transformación, tanto por su exclusión de los beneficios del capitalismo, como por su portación de fines universales de emancipación. Subrayaba que el proletariado no ambiciona convertirse en una nueva clase dominante .
Esta defensa del exclusivismo obrero era contrapuesta a otras visiones del marxismo (próximas al maoísmo o al castrismo), que resaltaban las potencialidades revolucionarias de distintos sectores oprimidos (como el campesinado o las minorías raciales). La crítica arremetía contra el intento de equiparar a esos segmentos subyugados con el proletariado. Resaltaba la primacía de la clase obrera por la homogeneidad social, conciencia política o gravitación económica de este sector.
Pero estos argumentos perdieron todo significado con la conversión del marxista puro en liberal. En ese giro Sebreli olvidó al proletariado pero mantuvo su desconsideración hacia otros grupos oprimidos. Esta desvalorización incluye el cuestionamiento de la lucha secular de los pueblos de origen africano contra la esclavitud. Estima que esa modalidad brutal de explotación constituyó un mal necesario, que fue erradicado por meritorias acciones del liberalismo británico.
Sebreli afirma que África se encontraba en decadencia, cuando llegaron los europeos para participar en un tráfico de esclavos, manejado por árabes y reyezuelos del continente. Considera que esa cruel actividad respondió a estrictos motivos económicos y fue suprimida al chocar con los valores humanistas del imperio inglés .
En esta ridícula fábula se invierten los datos básicos de la historia para exculpar a los esclavizadores y responsabilizar a los esclavos por sus desgracias. Se enaltece directamente a las potencias coloniales, que en el debut del capitalismo recrearon una modalidad brutal de opresión laboral.
Sólo un razonamiento fatalista puede imaginar que la esclavitud generó más beneficios que sufrimientos. La combinación de esta visión mecánica con la idealización del liberalismo conduce a presentar la eliminación de la trata como un acto iluminista de modernización.
Esta mirada observa a los oprimidos como objetos inanimados, totalmente ajenos al curso de los acontecimientos. Por eso Sebreli omite la extraordinaria revolución social y anticolonial de Haití, que condicionó todo el proceso de la Independencia de América. Su presentación endulzada de la esclavitud exige ocultar esa gesta.
Sebreli también reivindica el colonialismo inglés por su difusión internacional de conocimientos, saberes y mejoras económicas . Repite las viejas leyendas escolares del hombre blanco que emancipa a los nativos de su ignorancia y penurias. Pero evita comparar esa filantropía con las destrucciones que consumaron los colonizadores para multiplicar sus ganancias. No considera, por ejemplo, la hemorragia demográfica que sufrió África por la sustracción masiva de pobladores convertidos en esclavos. Esa depredación humana derivó en siglos de estancamiento del continente negro.
El escritor argentino reproduce el positivismo deshumanizado que la social-democracia asimiló del liberalismo a principio del siglo XX. Esa absorción incluyó la reivindicación del colonialismo como un proceso de civilización de los pueblos bárbaros. Qué esa obra de progreso fuera realizada por cazadores de esclavos, depredadores de caucho o saqueadores de marfil nunca inquietó mucho a esa tradición. Ni siquiera registró que los conquistadores de África estaban ubicados en las antípodas del capitalista productivo.
La social-democracia pro-imperial siempre encontró alguna justificación del “costoso precio” que impone el “avance de la historia”. Con ese criterio eludía distinguir a las víctimas de los victimarios y omitía denunciar el enriquecimiento de las minorías a costa de las mayorías.
En el relato que ofrece Sebreli, los elogios del colonialismo inglés son sucedidos por críticas a los regímenes políticos radicales surgidos de la descolonización. Los breves y frustrados ensayos de “socialismo africano” a mitad del siglo XX en Angola, Mozambique, Etiopía o Yemen del Sur son incluso equiparados con el fascismo .
Esta denigración es coherente con la presentación del colonialismo como un acto de instrucción. La descolonización es asemejada al desorden que generan los pueblos inmaduros y el análisis de las adversidades (o desaciertos) de las experiencias radicales es reemplazado por la impugnación de estos procesos. Esta descalificación incluye una explícita desvalorización de la cultura negra, que Sebreli considera inferior a sus equivalentes latinas, islámicas o judías.
EL INDIGENISMO Y EL POPULACHO
El teórico argentino identifica al indigenismo con el irracionalismo. Afirma que en ese plano la tradición pre-colombina tiene muchos puntos de contacto con el despotismo oriental .
Esta evaluación naturalmente se basa la presentación de Occidente como la realización de la civilización. Sebreli considera que esa superioridad deriva de la primacía asignada a la razón, a la convivencia social y a las conductas humanistas. Estima que la herencia de las sociedades que chocaron con Europa merece ser desechada por obsoleta y regresiva.
El pensador socio-liberal presenta, por ejemplo, la cosmovisión incaica de unidad indivisible del hombre con la naturaleza como una manifestación de oscurantismo. Enaltece en cambio los mitos del progreso tecnológico irrestricto, a pesar de sus terribles efectos sobre el medio ambiente. No registra los peligros que esta demolición entraña para la supervivencia humana, mientras impugna las tradiciones de equilibrio ecológico de custodia de la “madre tierra”. Al endiosar el legado de Occidente en desmedro de otras culturas oculta los particularismos de una cosmovisión, que disfraza con prédicas universalistas su desvalorización de otras formas de pensamiento .
Sebreli no analiza el significado de cada tradición cultural. Se limita a contrastarlas con el valorizado parámetro occidental. Tampoco sitúa los acervos ideológicos en el lugar que ocuparon en las batallas sociales de cada época. Por eso el liberalismo es ubicado siempre en el primer escalón y el indigenismo en el último, sin observar quiénes fueron los voceros de estos pensamientos en cada circunstancia.
Con este enfoque no puede distinguir la enorme diferenciación interna que registraron ambas corrientes a lo largo de la historia. Son evaluadas como dos bloques opuestos omitiendo sus fracturas internas. Desconoce que el liberalismo de Mariano Moreno y Roca eran completamente distintos y que las alabanzas melancólico-folklóricas del indigenismo chocan con la tradición combativa de Tupac Katari.
La ceguera socio-liberal impide notar como el iluminismo ha sido deformado por los opresores y en qué medida el indigenismo actual retoma demandas de igualdad política y cultural de los pueblos andinos. La visión conservadora obstruye esta percepción básica. Sólo registra el costado totalitario de la tradición indigenista, sin notar sus componentes de colectivismo igualitarista. Por eso cuestiona los legados de regimentación jerárquica y desconoce la tradición de trabajo comunitario .
En el imaginario liberal las sociedades pre-colombinas eran más totalitarias que las estratificadas estructuras socio-políticas que introdujo la colonia. Esa creencia es congruente con la presentación que hace Sebreli del descubrimiento de América, como una obra de emprendedores imbuidos del espíritu renacentista.
Esa leyenda ha sido atemperada en los últimos años por el establishment educativo, que reemplazó la insultante conmemoración del “día de la raza” por un edulcorado festejo del “encuentro entre dos culturas”. Sebreli preserva la versión más descarnada de ese acontecimiento y continúa suponiendo que América ingresó en la historia, gracias a la demolición de las civilizaciones pre-hispánicas.
Esta denigración de los oprimidos empalma con su defensa del individualismo frente a la acción colectiva. En sintonía con el ultra-liberalismo que asumió en los últimos años, Sebreli supone que todo individuo pierde sus cualidades cuando participa en un colectivo popular. En ese ámbito se torna pasivo y queda sujeto a la manipulación que ejercen los dictadores sobre la multitud .
Partiendo de esa caracterización, Sebreli repite todos los prejuicios del liberalismo oligárquico contra las masas sometidas a la protección del caudillo. Reitera un tipo de zoncera que forjó el imaginario urbano de las clases medias latinoamericanas, como individuos liberados del manoseo totalitario. Ese mito siempre ocultó la dependencia política e ideológica de este sector respecto de minorías acaudaladas. El temido caudillo fue sustituido por encadenamientos más efectivos.
El social-liberalismo no registra esa subordinación a las elites oligárquicas porque ha incorporado todas las supersticiones neoclásicas de independencia individual. Imagina a las personas como agentes racionales que actúan siguiendo las señales de los mercados. Sebreli combina esa ilusión con una actitud reactiva frente a cualquier acción popular.
¿FIN DE LAS GUERRAS?
El social-liberalismo justifica su entusiasmo con la época actual destacando que la globalización disipará el peligro de guerras. Afirma que se están conformando nuevos mecanismos de gobernanza mundial que pavimentarán la pacificación, mediante la adaptación de los estados nacionales a la internacionalización de la economía. Estima que con ese amoldamiento se reducirán todas las amenazas bélicas.
Harris interpreta que las guerras constituyen simples consecuencias de la competencia entre los estados. Recuerda que esa rivalidad se remonta al siglo XVIII (68 guerras con 4 millones de muertos), se acentuó en el siglo XIX (205 guerras con 8 millones de muertos) y culminó en el siglo XX (234 guerra con 115 millones de muertos). Señala que mediante esas conflagraciones las clases dominantes quedaron subordinadas a la agenda auto-destructiva de los estados.
También supone que la compulsión a los conflictos armados potenció las tendencias estatal-nacionalistas, sofocando la inclinación pacifista del capitalismo comercial. Las batallas sanguinarias se impusieron a la dinámica negociadora de los burgueses cosmopolitas .
Esta visión es un calco de la presentación liberal de la guerra, como un producto de ambiciones territoriales contrapuestas a la convivencia de los mercados. Los generales son vistos como responsables de las desgracias que rechazan los empresarios. Con este razonamiento se festeja la primacía lograda por los mercados en desmedro de los estados. Se supone que la globalización reducirá los enfrentamientos militares permitiendo una sana concurrencia por el beneficio.
Pero con esta fábula se oculta la estrecha relación de los capitalistas con el belicismo estatal y la enorme fuente de lucro que representan las guerras para las grandes empresas. Lejos de ser ajena o contrapuesta a las conflagraciones, la competencia capitalista siempre ha sido determinante de esas sangrías.
Existen abrumadoras evidencias del papel jugado por esas rivalidades en el desencadenamiento de la Primera y la Segunda Guerra Mundial. La pugna por dominar los mercados desembocó en inéditos enfrentamientos entre potencias. Los social-liberales no sólo ignoran este origen, sino que omiten la gravitación posterior de la economía de guerra en el crecimiento de los años 50 y 60. La carrera armamentista motorizó el nivel de actividad con el mismo ímpetu que había incentivado las reactivaciones precedentes.
El social-liberalismo también desconoce hasta qué punto el complejo industrial-militar del Pentágono continúa apuntalando a la economía estadounidense. Las guerras inter-imperialistas del pasado han sido sustituidas por una gestión imperial más colectiva, que exige intervenciones bélicas constantes para asegurar el control de la energía y los recursos naturales de África o Medio Oriente .
Harris supone que la pacificación del planeta sobrevendrá al cabo de una paulatina maduración de la globalización. Estima que esa meta será alcanzada cuando la solidez de la gobernanza mundial neutralice las resistencias del viejo autoritarismo. Con esa visión pondera el afianzamiento de una economía internacionalizada que consolidará un planeta pacificado .
Pero estas fantasías ignoran la escalada de genocidios y destrucciones materiales en curso. La expectativa de un gran consenso cosmopolita de convivencia no condice con la realidad de la dominación imperial.
Iglesias desconoce estos datos en su presentación de los conflictos actuales. Atribuye esos choques a la supervivencia de dictadores diabólicos que fanatizan a la población. Considera que las guerras son actos de suicidio colectivo, implementados por estados que arrastran resabios de tribalismo feudal .
Con esa simplificación se exculpa a las clases dominantes por las tragedias bélicas, ocultando que no son víctimas sino artífices de esas mortíferas situaciones. La lógica competitiva del capitalismo continúa determinando esas sangrías.
Iglesias estima que esas pesadillas tenderán a disiparse con el afianzamiento en las Naciones Unidas. Considera que la pacificación acompañará la gestación de nuevos poderes democráticos. Apuesta al surgimiento de parlamentos globales al cabo de complejos procesos de maduración cosmopolita. Postula un detallado modelo de formas regionales de esa transición hacia estructuras políticas mundiales .
Pero no registra la manifiesta incompatibilidad del capitalismo con esa utopía. Un sistema de competencia por beneficios surgidos de la explotación no puede desembocar en una sociedad civil global de armonía y consenso. El imaginario de una República Universal basada en el derecho internacional y regulado por una constitución planetaria requiere la erradicación previa de la primacía del lucro.
INTERVENCIÓN HUMANITARIA
La principal consecuencia del cosmopolitismo social-liberal es la convalidación de la intervención imperialista. Esta acción es aprobada mediante curiosas aplicaciones de las teorías globalistas. Las mismas justificaciones de “protección humanitaria” que enarbolan las potencias occidentales son presentadas como grandes pasos hacia el orden democrático.
Harris afirma que esas incursiones ya no son realizadas por un estado contra otro, sino por organismos colectivos para asegurar la convivencia mundial. Considera que por primera vez en la historia se ha creado la posibilidad de eliminar las guerras. Supone que las operaciones militares consensuadas a nivel internacional permitirán sustituir la vieja concurrencia bélica por una promisoria rivalidad en torno a la educación, el deporte o la cultura .
Si esta ingenuidad no tuviera consecuencias prácticas pasaría desapercibida como otra banalidad liberal. Pero con ese tipo de reflexiones se avala el derecho de intervención imperial en Kosovo, Irak o cualquier otra región señalada por el Pentágono. Harris elude la denuncia de este tipo de expediciones, estimando que sólo transparentan el uso de armas o relaciones de poder ya existentes .
Pero el social-liberalismo no se limita a convalidar el status quo. Se ha especializado en perfeccionar un piadoso disfraz para recubrir las operaciones imperialistas. Iglesias afirma que soslayar el sostén de esas acciones conduciría a un resultado peor. Las matanzas entre grupos nacionales, religiosos o raciales embarcados en operaciones de limpieza étnica quedarían impunes. Por esta razón postula reemplazar el principio de no intervención por formas humanitarias de injerencia .
Con un lenguaje más descarnado Sebreli desenvuelve las mismas propuestas. Convoca a relativizar el concepto de soberanía territorial y resalta la meritoria labor cumplida por Estados Unidos en el derrocamiento de Noriega (Panamá) y Sadam (Irak). Con el mismo cinismo que exhiben CNN o FOX afirma que habría sido inadmisible abandonar a su suerte al pequeño Kuwait invadido.
Con esas falacias se acepta la doble vara que impone la diplomacia norteamericana. Cuando un adversario de Estados Unidos perturba el orden global merece castigos inmediatos y cuando lo hace un aliado del imperio debe ser comprendido en silencio. En esta duplicidad se basa el tramposo criterio neoliberal de custodia de los derechos humanos.
Basta registrar la devastadora secuela de destrucción que dejan todas las agresiones imperialistas, para notar cuánto cinismo subyace en los llamados liberales a “empoderar a la sociedad civil” contra el belicismo estatal. La misma hipocresía presentan las convocatorias a forjar valores cosmopolitas, promoviendo desarmes o cortes internacionales de justicia .
La social-democracia globalizada se ha transformado en una usina de propaganda imperial. Revalida el derecho de intervención colonial con viejos argumentos de los opresores. Se imagina a sí misma como la encarnación suprema de la civilización y actúa como vocera de las causas más retrógradas del capitalismo contemporáneo.
11-9-2014