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miércoles, 25 de marzo de 2015

Miradas Pos- Desarrollistas - Claudio Katz

 Resumen
El pos-desarrollismo expone acertadas críticas y participa en intensas resistencias contra el extractivismo. Pero algunas variantes objetan el propio concepto de desarrollo, olvidando que el retraso económico no es un relato sino una dura realidad, que distingue a Latinoamérica de los países centrales.
Las propuestas localistas permiten iniciativas comunitarias, pero no enmiendan las falencias del capitalismo. Tampoco doblegan la agenda extractivista que comparten gobiernos muy disimiles. Con criterios puramente ambientalista no se puede distinguir a los modelos neoliberales, neo-desarrollista y redistributivos.
Los proyectos eco-socialistas concilian protección ambiental con crecimiento e igualitarismo, evitando el endiosamiento de la naturaleza. El rechazo pos-moderno del desarrollo obstruye, en cambio, esos objetivos y contradice su aceptación de otras metas generales. Tampoco clarifica los intereses sociales subyacentes en los distintos esquemas en disputa. Las rebeliones populares necesitan sustentos teóricos comprometidos con juicios para comprender la realidad.
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 Diversos exponentes del pensamiento radical han formulado en los últimos años críticas contundentes al desarrollismo. Estos cuestionamientos objetan el extractivismo y los modelos de crecimiento a cualquier precio. Destacan especialmente los efectos devastadores de la agro-exportación y la minería a cielo abierto que impera en América Latina. Ambas actividades constituyen el pilar de un curso económico regresivo implantado a mitad de los 80 .
Ese patrón de acumulación refuerza la condición dependiente de la región y su inserción periférica (o semiperiférica) en la división internacional del trabajo. Consolida la desposesión de las mayorías populares, refuerza el desempleo y favorece a las empresas que lucran con la precarización del empleo.
La depredación del medio ambiente suscita incontables conflictos sociales. Los adversarios del desarrollismo participan activamente en la resistencia popular contra el saqueo del subsuelo, la desertificación, la extinción de las selvas y la desaparición de los bosques. Aportan detalladas denuncias de las consecuencias de esa demolición.
Las movilizaciones para preservar los recursos naturales originaron gran parte de las movilizaciones populares del último quinquenio. Un tercio de estas acciones estuvieron relacionadas con esa problemática y sólo en el 2012 se computaron 184 confrontaciones de ese tipo en la región. Cinco protestas alcanzaron dimensiones transfronterizas (Svampa 2013; Bruckmann, 2012).
Las críticas al extractivismo han sido planteadas desde enfoques ideológicos muy variados. Algunos teóricos cuestionan ese atropello con miradas reformistas promoviendo mayores regulaciones del estado. Otros observan el deterioro del medio ambiente desde perspectivas marxistas, como un efecto de la competencia por beneficios surgidos de la explotación. Un tercer conglomerado de autores postula ideas pos-desarrollistas .
OBJECIONES AL DESARROLLO
El genérico término de pos-desarrollo es utilizado por muchos participantes de la batalla contra el extractivismo. Identifican ese concepto con un proyecto alternativo al modelo actual de acumulación a costa de la naturaleza.
Pero desde principios de los años 90 esa noción también presenta otra acepción, como cuestionamiento a todas las nociones de desarrollo. Arturo Escobar sintetiza esta visión, postulando una influyente caracterización del escenario latinoamericano.
En sus escritos polemiza con los fundamentos “euro-céntricos” del desarrollo y remarca la atadura de ese concepto al restrictivo universo de las teorías modernas. Estima que los desarrollistas no registran la existencia de otras trayectorias de convivencia humana y propone una “de-construcción del desarrollo”.
Esa labor permitiría sustituir los razonamientos dependientes del pensamiento occidental por enfoques centrados en la revalorización de las culturas vernáculas. Resalta la inutilidad de las viejas preguntas sobre el subdesarrollo de la periferia y promueve indagar las distintas formas en que Asia, África y América Latina fueron representadas como regiones atrasadas.
Escobar alienta ese viraje analítico mediante un rechazo de las preocupaciones tradicionales por el progreso y el avance de las fuerzas productivas. Considera más provechoso evaluar los discursos y las representaciones que emergen de las resistencias sociales. Convoca a estudiar esas protestas como prácticas del saber y como actos de subversión de los conocimientos.
La mirada de Escobar no retoma los cuestionamientos tradicionales a cierto tipo de desarrollo. Objeta la propia idea de desenvolvimiento económico y social, a partir de una impugnación de las cosmovisiones totalizadoras. Estima que obstruyen la percepción de las diferencias y la clarificación de los problemas.
Para superar estas adversidades considera necesario abandonar el viejo apego a una sola perspectiva analítica. Aboga por la multiplicidad de enfoques y polemiza con el desconocimiento marxista de esa variedad. Estima que la simbiosis de esa teoría con la modernidad le ha quitado capacidad interpretativa y atribuye ese empobrecimiento a la preeminencia asignada a la búsqueda de cierta verdad (Escobar, 2005: 17-30).
Otros autores aplican un enfoque semejante a la problemática de la dependencia. Afirman que esa noción padece ataduras al proyecto modernista y genera funcionalismo y mecanicismo. Critican el deslumbramiento con las creencias modernizadoras y con las expectativas de progreso ancladas en el devenir de ciertas leyes sociales (Munck 1999).
LA REALIDAD DEL SUBDESARROLLO
Escobar constata el retraso estructural de América Latina pero cuestiona la necesidad de su desarrollo. Esta contradicción deriva de su peculiar caracterización de las carencias socio-económicas de la región.
Reconoce la diferencia cualitativa que separa a toda la zona de las economías avanzadas, pero sustituye la mirada habitual de esa brecha -como una fractura entre el centro y la periferia- por un contraste entre dos tipos de modernidades. Contrapone la variante plena y dominante de ese modelo en los países centrales, con la forma colonial y subordinada que imperó en la región (Escobar, 2013).
Con ese enfoque enfatiza más las desventuras culturales, políticas e ideológicas de América Latina, que su inserción dependiente en el capitalismo mundial. Relativiza el impacto del subdesarrollo económico y pierde de vista las consecuencias de la exacción de recursos, el vaciamiento de riquezas, las transferencias de valor y la especialización productiva en exportaciones primarias. Esta desposesión determinó una escala de atraso semejante al padecido por otras zonas periféricas del planeta.
Escobar rechaza las convocatorias usuales al desarrollo de América Latina. Considera que esos llamados recrean la “invención del subdesarrollo” que construyeron los colonialistas y repiten los colonizados (Escobar, 2010a).
Pero esa visión conduce a presentar el status objetivo del atraso latinoamericano como un simple imaginario, difundido por los poderosos y convalidado por los subordinados. Olvida que el subdesarrollo no es una creencia, un mito o un discurso, sino una terrible realidad de hambre, baja escolaridad y pobreza.
Este desconocimiento conduce a evadir el grave problema que afronta una región relegada. Durante siglos los principales intelectuales latinoamericanos constataron ese atraso. No priorizaron la temática del desarrollo por atadura a un relato emanado de Occidente, sino por las duras vivencias experimentadas en todos los países.
Escobar elude este dato. Se limita a evaluar discursos, sin conectar esos enunciados con el drama rector del subdesarrollo. Por eso divorcia la exposición verbal del problema de sus manifestaciones materiales directas, omitiendo las falencias específicas de América Latina.
La región no sólo necesita -como todas las sociedades del planeta- encontrar un camino de desenvolvimiento que preserve el medio ambiente. También debe incrementar la satisfacción general de las necesidades básicas y reducir -con desarrollo- la distancia que la separa de las economías avanzadas. Frenar el desastre ecológico es una meta de primer orden tanto para Haití como para Suiza, pero erradicar el atraso no es tarea común a ambos países.
Escobar denuncia acertadamente las consecuencias destructivas del capitalismo contemporáneo. Pero esa constatación no alcanza para evaluar el impacto diferenciado de ese deterioro en el centro y la periferia del sistema. Tampoco permite deducir los cursos de acción necesarios para remediar esa demolición.
Al igual que el resto de la periferia, América Latina debe combinar las protecciones ambientales con la aceleración del crecimiento. Si el subdesarrollo es visto como un mero relato de la modernidad, no hay forma de encontrar propuestas que sinteticen las salvaguardas ecológicas con la superación del retraso económico.
INSUFICIENCIAS DEL LOCALISMO
Escobar prioriza las iniciativas locales y comunitarias. Descree de los proyectos totalizadores y se inclina por trabajos en ámbitos más restringidos. Su rechazo del desarrollo coincide con el disgusto por las propuestas de gran porte que formulan los estados nacionales y los organismos regionales.
Su enfoque pondera las experiencias ensayadas en el terreno local por los movimientos sociales y las ONGs. Remarca las ventajas que genera ese plano de intervención, en contraposición a los grandes proyectos que demandan las distintas clases sociales (Escobar, 2005: 17-30).
Su rescate de la acción comunitaria contribuye a rehabilitar los principios de la solidaridad y la cooperación. Pero los emprendimientos que se encaran con esos valores, sólo conquistan mayor relevancia cuando logran desbordar el ámbito inmediato. Si estas iniciativas no se inscriben en proyectos estratégicos de transformación social, pierden fuerza y consistencia.
La acotada perspectiva localista no permite gestar las iniciativas requeridas para resolver los grandes problemas de la región. Estos temas involucran acciones en vastos terrenos como la energía, las finanzas o la industrialización, que no pueden implementarse sólo a escala local.
La visión comunitaria es afín al viejo utopismo cooperativista. En su formato clásico esa visión promueve la progresiva disolución de las relaciones de explotación, al cabo de una prolongada expansión de empresas auto-gestionadas.
Ese tipo de emprendimientos permite efectivamente prefigurar un futuro igualitario, pero sólo aporta algunas semillas dispersas de ese porvenir. Un florecimiento significativo de la economía solidaria exige superar las reglas de la rivalidad y del lucro que rigen bajo el capitalismo. La experiencia ha demostrado que una sociedad equitativa no puede construirse en torno a islotes cerrados en los poros del sistema actual. Escobar se distancia explícitamente de los planteos neo-ludistas y cuestiona las actitudes que romantizan la esfera local. Pero su concepción tiene grandes parentescos con esas utopías. Confirma esa proximidad cuando defiende la centralidad de las experiencias comunitarias, como principal camino de transformación social. Destaca que sólo allí se forjan los universos culturales que permitirían avanzar hacia el empoderamiento político (Escobar, 2005: 17-30).
Pero omite trazar un balance histórico de esos emprendimientos. Varios siglos de experiencias ilustran la imposibilidad de erradicar el capitalismo a través de una acumulación de ensayos locales. Ninguna de esas modalidades desafió la continuidad actual del sistema de competencia, beneficio y explotación.
En numerosos países se registraron momentos de gran expansión de las comunas agrarias, los kibutzim, las cooperativas industriales y las fábricas auto-gestionadas. Pero en ningún caso se verificó la esperada trayectoria hacia el cambio de sociedad. Este giro puede ser preparado, forjando universos culturales alternativos y ampliando la fuerza política de los oprimidos. Pero requiere una conquista del poder político, que es habitualmente objetada o rehuida por los teóricos del localismo.
La formulación más conocida de esa concepción –postulada por Holloway- convoca explícitamente a soslayar el manejo de la estructura estatal, para “cambiar el mundo sin tomar el poder”. Considera que esa captura recrearía las desventuras actuales, sustituyendo a un gobernante por otro en la administración del mismo estado (Holloway, 2002: 122-143).
Pero la continuidad que denuncia obedece a la preservación de los intereses capitalistas por parte de las elites, que se suceden en el manejo del estado. Si esas clases y capas privilegiadas son desalojadas del poder y sustituidas por representantes de los oprimidos es posible construir otro estado y comenzar la construcción de otra sociedad.
Restringir la acción político-social al plano local eludiendo la conquista del gobierno y el manejo del estado conduce a perpetuar el capitalismo. Un camino opuesto de emancipación exige iniciar una larga transición hacia formas de gestión igualitaristas, que permitirían la paulatina extinción de las estructuras estatales actuales.
En horizontes temporales previsibles el localismo no puede reemplazar al estado, como referente de las demandas populares y como centro de la acción política. Cualquiera sea la multiplicación de contrapoderes alternativos resulta imposible desenvolver una lucha social efectiva ignorando a esa institución. El localismo desconoce ese dato y no formula estrategias pos-capitalistas adaptadas a las singularidades de América Latina .
EL BARÓMETRO EXTRACTIVO
La existencia de un amplio abanico de gobiernos progresistas puso a prueba en la última década la consistencia de las tesis localistas. Se crearon escenarios transformadores que desbordaron el radio comunitario. Pero la mayor dificultad se registró con el extractivismo como criterio de evaluación de esas administraciones.
Este último rasgo es compartido por distintos gobiernos latinoamericanos. Es una característica común de administraciones derechistas, centro-izquierdistas y radicales. Todos se han amoldado a la reinserción internacional de la región como abastecedora de insumos básicos. ¿Corresponde por lo tanto situarlos en un casillero compartido de extractivismo?
Algunos partidarios del pos-desarrollismo tienden a resaltar esa uniformidad, en sus cuestionamientos frontales a los presidentes que avalan el proyecto primarizador (Dávalos, 2013).
Escobar se inclina por una postura intermedia. Rechaza la opción desarrollista de todas las administraciones, pero declara su simpatía con la propuesta del Buen Vivir que promueve Correa y con las políticas generales que implementan Maduro, Mujica y Kirchner (Escobar, 2013, 2010a).
Esta ambivalencia confirma la dificultad para elaborar respuestas políticas, a partir de razonamientos exclusivamente centrados en la problemática del medio ambiente.
Esa dimensión constituye un importante elemento del contexto regional, pero no determina el perfil adoptado por cada gobierno. Para caracterizar esa fisonomía hay que considerar el sustento social, los intereses de clase y las alianzas geopolíticas privilegiadas por cada administración. Esos factores son más influyentes que la orientación seguida en el manejo de las materias primas.
La simple caracterización de los gobiernos en función de sus afinidades con la agenda extractivista genera múltiples inconsistencias. La centralidad común que tienen las exportaciones básicas no torna equivalentes a los presidentes neoliberales de Perú o México, neo-desarrollistas de Argentina, radicales de Bolivia o Venezuela y revolucionarios de Cuba.
Los sistemas político-económicos que impusieron los derechistas Uribe y Santos se ubican en las antípodas del reformismo radical que han liderado Chávez y Maduro, a pesar de la incidencia semejante que tiene la extracción de combustible en Colombia y Venezuela. El contrapunto es mucho más drástico entre Alan García y Ollanta Humala con Fidel y Raúl Castro, a pesar de la relevancia común de ciertas actividades mineras en Perú (oro) y Cuba (níquel).
Las categorías de neo-liberalismo o neo-desarrollismo se refieren a orientaciones económico-políticas mucho más abarcadoras que la gravitación alcanzada por el petróleo o los distintos metales en cada país.
En nuestras caracterizaciones de los gobiernos derechistas, centro-izquierdistas y radicales hemos asignando primacía analítica a las relaciones con las clases dominantes, el imperialismo y las masas populares. Este criterio permite entender por qué razón Chávez y Evo han sido mandatarios contrapuestos a Piñera y Uribe, a pesar de ejecutar orientaciones parcialmente semejantes en el manejo del petróleo o la minería (Katz, 2008: 39-64).
El barómetro extractivo dificulta ese esclarecimiento. No brinda elementos para distinguir las posturas de derecha, centro e izquierda o las conductas de elitismo, populismo y movilización antiimperialista.
Nuestro enfoque se apoya en fundamentos marxistas para interpretar las tendencias de cada gobierno. Con esa mirada evaluamos no sólo la preeminencia de métodos extractivistas para la explotación de los recursos naturales, sino también el destino asignado al excedente obtenido en esas actividades.
VARIEDAD DE GOBIERNOS
El generalizado extractivismo que impera en América Latina apunta en cada país propósitos específicos. Las administraciones neoliberales convalidan la tajada obtenida por los bancos, las empresas transnacionales y los capitalistas locales de la agro-minería. Los mandatarios neo-desarrollistas equilibran ese destino con subvenciones a la burguesía industrial e inversiones en el mercado interno. Los gobiernos nacionalistas radicales restringen esos beneficios, para intentar mejoras sociales con políticas de redistribución del ingreso.
Entre los neoliberales la explotación de los recursos naturales está plenamente amoldada al libre-comercio, la desregulación financiera y las privatizaciones. Cualquier resistencia popular a la depredación del medio ambiente es respondida con brutalidad policíaco-militar.
Perú ofrece el retrato más contundente de esa reacción. El mega-proyecto minero de Conga en Cajamarca genera desde 1993 una gran destrucción de la naturaleza, que enriquece a los concesionarios del emprendimiento aurífero más grande de Sudamérica. Los campesinos se han movilizado contra una explotación a cielo abierto que destruye la provisión de agua. Libran una encarnizada batalla contra el proyecto de ampliar la mina. Esa extensión aniquilaría cuatro lagunas y dejaría un pálido reservorio artificial, manejado por empresas que obtendrían 15 mil millones de dólares de utilidades.
Al cabo de veinte años de saqueo del subsuelo la explotación de Conga no ha generado ningún beneficio social. El 53 % de los habitantes de la región subsiste en condiciones de pobreza. La lucha contra ese atropello ya dejó varios muertos. El líder de la resistencia se encuentra actualmente apresado, a pesar del enorme caudal de votos que recibió en su presentación para cargos electivos (Noriega, 2014; Gudynas, 2012a).
En el modelo neo-desarrollista ensayado en Argentina, el extractivismo se concentra en la soja. La expansión de ese cultivo se consuma podando bosques, fumigando superficies, desplazando la ganadería y destruyendo la agricultura diversificada.
El intento oficial de incrementar la apropiación estatal de la renta sojera -mediante mayores impuestos- provocó un gran conflicto con el agro-negocio en el 2008. El gobierno perdió esa batalla y también la fuente de recursos para su intento de reindustrialización. Por esta razón, una vez agotada la recuperación pos-2001, se apagaron los motores del desarrollo.
Ese fracaso coincidió, además, con el afianzamiento de políticas destructivas del medio ambiente en el terreno de la minería y el petróleo. Pero es importante registrar la fallida pretensión industrial-neo-desarrollista del modelo argentino, para comprender sus significativas diferencias con el esquema neoliberal peruano (Katz, 2014).
Esta misma distinción podría extenderse a Ecuador, que implementa un curso más parecido a la Argentina que a Perú. Su versión neo-desarrollista no apunta a recrear el peso de la industria, pero sí a estabilizar un proceso de acumulación capitalista.
A diferencia de Argentina la problemática del medio ambiente ha sido central bajo el gobierno de Correa. Un gran conflicto persiste con los movimientos sociales en torno al manejo de los recursos naturales. Esa confrontación se ha dirimido a partir de la decisión oficial de extraer el petróleo del Parque Nacional de Yasuní, que concentra un ambiente de extraordinaria biodiversidad.
La intención inicial de preservar esa riqueza bajo tierra con proyectos internacionales de protección ambiental quedó atrás. El gobierno confronta con todos los opositores a la extracción del crudo, combinando lenguaje autoritario con argumentos conservadores .
La severidad de estos mensajes retrata la decisión oficial de utilizar los recursos petroleros para reforzar la estabilización del modelo capitalista. Intenta consolidar ese esquema con mayor eficiencia estatal y asistencia social. La reducción de la pobreza, las mejoras en la infraestructura, el perfeccionamiento del sistema impositivo pretenden cimentar un modelo, que incluye acuerdos de libre-comercio con la Unión Europea y financiamiento internacional con monitoreo del FMI (Borja, 2014).
Frente al esquema neoliberal y su contraparte neo-desarrollista, existe una tercera orientación más redistributiva. Venezuela implementa ese esquema utilizando el petróleo para financiar las misiones, incrementar el consumo y reducir la desigualdad social.
El contraste de estas políticas con los gobiernos precedentes (copeyanos y adecos) es mayúsculo, a pesar de la continuidad que se verifica en la preeminencia de la petroeconomía. El chavismo también ha realizado un intento diversificación productiva que no prosperó por la respuesta desinversora de los capitalistas y por los límites del gobierno para confrontar con ese rechazo.
Un modelo semejante de recuperación estatal prioritaria de la renta de los hidrocarburos para solventar mejoras sociales se ha implementado en Bolivia. En este caso el esquema se estabilizó, sin remover la estructura improductiva y el elevado subdesarrollo del país.
El predominio de inversiones en sectores primarios en el Altiplano es tan visible como los compromisos suscriptos con grandes empresas transnacionales. Pero el criterio de evaluación puramente extractivista no esclarece por qué razón el esquema político, económico y social de Bolivia y Venezuela difiere del curso imperante en otros países.
INDUSTRIALIZACIÓN Y ECO-SOCIALISMO
La evaluación del escenario regional con parámetros exclusivamente centrados en el medio ambiente impide registrar las prioridades de industrialización. Este objetivo exige ante todo descartar las estrategias de protección de la naturaleza basadas en la reducción del crecimiento. Todos los países necesitan con urgencia intensificar el ritmo de su expansión productiva.
Esa aceleración requiere utilizar parte de los recursos naturales en proyectos de exportación que permitan financiar ese desenvolvimiento. La discusión con el neo-desarrollismo debe girar en torno a los protagonistas y sistemas sociales que permitirían alcanzar ese objetivo.
Muchos autores pos-desarrollistas olvidan esa prioridad en sus críticas a la “ideología productivista de la izquierda”. Esos cuestionamientos deberían ser planteados con mayor cuidado.
Ciertamente existió una tradición soviética de industrialismo taylorista que desconocía los efectos contaminantes del crecimiento intensivo. Pero ese modelo fue anterior al actual reconocimiento del deterioro ambiental y no estuvo motivado por el apetito de la ganancia o la presión competitiva. Esta diferencia cualitativa con el modelo capitalista no es un dato menor. Tampoco es secundario el antecedente que ofrece esa experiencia para los procesos acelerados de industrialización que podrían implementar los países periféricos.
América Latina necesita gestar un modelo productivo para superar sus carencias económico-sociales. Reconoce esta urgencia industrial no implica avalar el extractivismo. Sólo induce a conciliar las políticas de sustentabilidad ambiental con las estrategias de desarrollo. Se debe compatibilizar la protección de la naturaleza con la creación de empleo y con la generación de las divisas requeridas para sostener un modelo de crecimiento.
Para implementar ese esquema hay que establecer distinciones en las formas de procesar los recursos naturales. En este terreno son esclarecedoras las investigaciones de varios autores que han establecido diferencias entre la minería y el extractivismo. Demuestran que dinamitar montañas a cielo abierto o contaminar las napas con cianuro, no es la única forma de obtener minerales (Gudynas, 2013).
Las principales controversias aparecen frente a las concepciones más extremas que ignoran la imperiosa necesidad de la industrialización. Partiendo de ese desconocimiento se limitan a promover iniciativas de economía comunitaria y cuestionan las políticas de desarrollo centralizado y protagonismo de empresas estatizadas.
Estas visiones suelen recaer en imaginarios “Eldoradistas” de endiosamiento de la naturaleza y mistificación del mundo rural. Exaltan la agricultura tradicional y olvidan que cualquier práctica económica necesariamente afecta al medio ambiente.
Estos enfoques ignoran, además, la existencia de alternativas progresistas de crecimiento selectivo, basadas en jerarquizar la producción de los bienes sociales en desmedro de las mercancías prescindibles. Una discriminación de ese tipo permitiría, por ejemplo, sustituir paulatinamente los combustibles no renovables por la energía solar.
Ese viraje podría comenzar reduciendo la fabricación de los productos dañinos y acotando el dispendioso consumismo privado. El puntapié de ese giro podría ser el progresivo reemplazo del automóvil individual por formas de transporte colectivo.
Estas propuestas se inscriben en los enfoques que ha elaborado el eco-socialismo. Varios autores marxistas promueven esa visión, en contraposición a la destrucción capitalista de la naturaleza y a las ingenuas respuestas localistas a esa demolición.
El eco-socialismo ha demostrado cómo podría conciliarse la protección ambiental con el desarrollo, redefiniendo el significado de los bienes, diferenciando los productos necesarios de los superfluos y creando sistemas de información que reemplacen a la publicidad.
Esas iniciativas se enmarcan en una perspectiva de control social de los recursos y selección popular de alternativas de producción y consumo. Suponen avanzar en el establecimiento de formas de planificación democrática a escala global, a medida que madura un horizonte socialista (Lowy, 2009a, 2009b; Tanuro 2014).
Con esta visión anticapitalista resulta posible superar la estéril oposición entre extractivismo y pachamamismo. El eco-socialismo permite resolver esa tensión, combinando propuestas pos-capitalistas de expansión productiva, igualdad social y Buen Vivir (Boron, 2013: 9-14).
EL PARENTESCO POSMODERNO
Las tesis localistas y naturalistas que cuestionan la idea de desarrollo, no postulan el reemplazo de esa noción por algún principio equivalente. Como descreen de las totalidades, las comparaciones y los propósitos históricos rechazan la utilidad de los conceptos rectores.
Pero prescindiendo de nociones orientadoras resulta imposible esclarecer los problemas en debate. Esos fundamentos permiten ordenar el análisis y superar la espontánea percepción de la realidad circundante como un caos incomprensible. Para definir los significados, implicancias y consecuencias del extractivismo hay que adoptar algún patrón analítico y explicitar algún objetivo general.
Lo mismo ocurre con la objetada comparación. Si se declara la inutilidad de ese instrumento para clarificar las controversias, no se entiende cómo podría avanzar la comprensión de los problemas. Su explicación está muy ligada al contraste con procesos semejantes o contrapuestos.
En todas las discusiones del pensamiento social latinoamericano siempre se ha reconocido la gravitación de ciertas metas (como el desarrollo) y la existencia de ciertos impedimentos para alcanzarlas (como la dependencia). Al desconocer estos parámetros, no hay forma de saber cuáles son los obstáculos para alcanzar los objetivos en debate.
Escobar cuestiona estos principios pero curiosamente los utiliza en sus propias reflexiones, cuando incluye nítidas metas de protección del medio ambiente y lucha contra el extractivismo. ¿Estos objetivos no constituyen propósitos, insertos en totalidades con pretensiones históricas? ¿El equilibrio ecológico no implica cierta finalidad? Es evidente que en la defensa de esos proyectos se esgrimen argumentos en base a comparaciones. Escobar no puede sustraerse al uso de los instrumentos que objeta y en los hechos rechaza ciertas metas (como el desarrollo), pero acepta otras (como el equilibrio ambiental).
Por esa razón su crítica conjunta al liberalismo y al marxismo es inconsistente. Señala que ambas corrientes propugnan ciertos propósitos de largo plazo, cuando todas las escuelas de pensamiento (incluyendo la suya) aceptan esas finalidades. Lo importante no es el reconocimiento común de ciertos proyectos generales, sino la visión que cada escuela tiene de esos programas. Liberales y marxistas hablan del desarrollo, pero desde ópticas y propuestas diametralmente opuestas.
Tampoco es cierta la objetada coincidencia de ambas escuelas en torno al mismo ideal moderno de progreso. Polemizan entre sí porque reconocen la existencia del objeto en disputa, pero una teoría postula la defensa acérrima del capitalismo y la otra cuestiona con la misma intensidad a ese sistema.
Escobar intenta colocarse por encima de esas controversias y resalta la inutilidad de ese debate, suponiendo que ofrece otros parámetros para abordarla. Pero no logra sostener esa prescindencia y en los hechos reflexiona en torno al mismo problema.
En sus trabajos cuestiona el apego de liberales y marxistas a nociones totalizadoras y centrales. Pero ignora que el uso de ciertos criterios no está determinado por ataduras a un pensamiento esencialista, sino por la simple definición de prioridades.
Ese tipo de orden es establecido por todos los analistas para definir la importancia de los temas que abordan. Todos recurren a ciertas propiedades, principios o puntos de vista para indagar algún fenómeno, puesto que el desconocimiento de esos pilares impide esa comprensión.
Nadie le atribuye a esos fundamentos un don mágico de clarificación, ni supone que todos los interrogantes pueden ser respondidos con referencias al desarrollo, el progreso o la modernidad. Solamente se acepta la necesidad de puntos de partida, metas y categorías centrales para dilucidar el contenido de los temas en discusión.
Resaltar la importancia del desarrollo no implica adoptar posturas teleológicas, imaginar objetivos inexorables, promover metas extemporáneas o soñar con faros que guíen el desenvolvimiento histórico. El problema es más sencillo y se reduce a dirimir si existen ciertos propósitos (como el desarrollo) que tienen validez y merecen ser alcanzados. Si la respuesta es positiva también debe clarificarse cuáles son las condiciones históricas que favorecen u obstruyen la obtención de esas metas .
Sin este abordaje resulta muy difícil entender cuál es la lógica de los acontecimientos. Los escenarios sujetos a explicaciones quedan sustituidos por algún universo de fuerzas inmanejables y derivaciones azarosas.
En ese contexto no se sabe cómo podrían los individuos y las clases sociales imprimir cierta dirección al devenir de la vida humana. No habría forma de actuar, ni posibilidades de alcanzar las metas de preservación del medio ambiente que ambiciona el pos-desarrollismo.
Estas deficiencias son muy corrientes en todas las visiones posmodernas. Escobar recae en una modalidad de esa perspectiva. Con su enfoque se pueden ensayar descripciones, pero no valoraciones del controvertido problema del desarrollo. Abre un campo para detallados retratos de esos procesos, pero no brinda pistas para desentrañar la dinámica de esos cursos. Su mirada impide evaluar si los modelos en discusión son mejores, peores, viables, imposibles, igualitarios o elitistas.
Ese enfoque elude, además, una caracterización precisa del capitalismo, que es la principal noción en juego para comprender los problemas del desarrollo. Cuando este concepto es situado en un plano semejante a la modernidad, las críticas al neo-desarrollismo y las defensas del medio ambiente pierden consistencia.
LA EXORBITANCIA DEL DISCURSO
Escobar fundamenta su visión en una crítica metodológica al sustento materialista de los abordajes marxistas. Cuestiona la pretensión de indagar el subdesarrollo latinoamericano, cuando sólo correspondería estudiar cómo fueron concebidos los discursos del desenvolvimiento de esa región.
En sus escritos subraya la importancia de analizar esas retóricas, en contraposición a los estudios centrados en modos de producción y estructuras sociales. Considera que esta última mirada afronta las mismas adversidades epistemológicas que el paradigma liberal-positivista, focalizado en evaluar mercados y comportamientos individuales (Escobar, 2005: 17-30).
Pero el enfoque que propone conduce a una restrictiva evaluación de discursos afines a las distintas teorías en disputa. No permite indagar los procesos que subyacen en esas contraposiciones. Como supone que ese análisis es imposible o inútil se limita a investigar las formas que presentan las distintas exposiciones sobre el desarrollo.
Con esa mirada todos los cuestionamientos al neoliberalismo o al neo-desarrollismo se reducen a objetar la formulación que adopta una u otra ideología. Se registran divergencias retóricas sin evaluar el contenido social de los programas en conflicto.
Escobar ignora que los problemas del desarrollo involucran algo más que relatos. Esas presentaciones constituyen sólo una dimensión de procesos objetivos impulsados, cuestionados o resistidos por distintas clases sociales, en función de intereses materiales divergentes.
Los sujetos que intervienen colectivamente en estos procesos no adoptan puntos de vista comunes por simple afinidad de discursos. Se agrupan para defender intereses compartidos. Estas coincidencias determinan visiones conservadoras, progresistas o revolucionarias del desarrollo.
El marxismo busca clarificar de qué forma esos enfoques benefician o perjudican a las distintas clases sociales. Evalúa las teorías en debate observando esas ventajas e inconveniencias. Indaga, por ejemplo, cuáles son los nexos de cada visión neoliberal o neo-desarrollista con el agro-negocio, los financistas o los industriales.
También extiende ese enfoque a caracterizaciones de la dependencia, observando la primacía de intereses exportadores, bancarios o fabriles. Con ese criterio el análisis de los textos no se limita al relato en sí mismo, sino que estudia las relaciones sociales predominantes en cada contexto. De esa forma evita oscurecer la comprensión de los fenómenos con simples juegos de lenguaje.
En oposición a este abordaje Escobar postula una visión pos-estructuralista, centrada en el análisis de los sentidos y la significación. Considera conveniente situar todo el estudio del desarrollo en este plano de representaciones y discursos (Escobar, 2005: 17-30).
Pero con esa mirada le asigna al lenguaje funciones que desbordan su esfera de acción. Extiende los principios de esa disciplina a todos los campos del saber, colocando a esos parámetros en un lugar ordenador del análisis social.
Por ese camino recae en la exorbitancia del lenguaje y en la extrapolación de conceptos de la lingüística a esferas ajenas a su ámbito. Olvida que el lenguaje no es un modelo apropiado para estudiar otras variedades de prácticas humanas. Presenta un bajo coeficiente de movilidad histórica, no está sujeto a restricciones materiales y se desenvuelve con ilimitadas posibilidades de inventiva .
El enfoque de Escobar recrea las dificultades del textualismo que evalúa los relatos por sí mismos, sin registrar las pautas que ofrece para comprender la realidad. Al suponer que el discurso pavimenta su propio terreno de interpretación en función de otros significados, trasforma a múltiples disciplinas (economía, política, sociología, historia) en sub-géneros de la literatura.
Las concepciones que instalan el imperio del discurso suponiendo que nada existe fuera del texto, adoptan una modalidad contemporánea de idealismo. Imaginan al mundo como una construcción retórica. Las estructuras económicas o políticas que condicionan el devenir de la sociedad son ignoradas y desaparece la posibilidad de interpretar los procesos sociales. Las explicaciones se diluyen en una concatenación de significantes surgidos de la absolutización del lenguaje (Callinicos, 1999: cap 11; Cinatti, 2003).
REBELDÍAS Y CONOCIMIENTOS
Las miradas que observan todo el desarrollo como una lectura tienden a eludir los juicios sobre esos procesos. La evaluación de los aciertos y los desaciertos queda suspendida y ya no interesa dilucidar cuales son los comportamientos apropiados y las decisiones correctas para los intereses en disputa. Esta postura es coherente con el rechazo a la búsqueda de la verdad.
Escobar cuestiona ese objetivo remarcando la inutilidad de proveer una caracterización más precisa de lo real. Resalta la ingenuidad de ese propósito y su dependencia de miradas euro-céntricas, empeñadas en descubrir verdades lógicas como único árbitro del conocimiento. Propone, en cambio, trabajar en las preguntas y las hipótesis, para evitar los conceptos únicos y la subjetividad jerarquizante de la izquierda (Escobar, 2005: 17-30, 2010b).
Pero con ese enfoque atenúa la centralidad de la verdad y la gravitación de la racionalidad para comprender los fenómenos. Desconoce las premisas requeridas para entender la dinámica del desarrollo. Omitiendo la distinción entre lo falso y lo verdadero no hay forma de encarar esa indagación.
La objetada búsqueda de la verdad es un impulso insustituible, para clarificar los procesos históricos que conducen al desarrollo (o su opuesto de subdesarrollo) y a la dependencia (o su contraparte de autonomía).
Al desechar ese objetivo se abandona el estudio de las causas, los determinantes y los resultados de los procesos sociales. La secuencia de acontecimientos que condujo al atraso latinoamericano queda convertida una sucesión de accidentes fortuitos. El análisis de los hechos se diluye en el reino de la contingencia y el azar sustituye al registro de las condiciones, límites y posibilidades del desenvolvimiento histórico (Wood, 1986: cap 4, 5).
Este abandono pos-estructuralista de la clarificación histórica explica la gravitación asignada a la clasificación en desmedro de la interpretación. La aversión a la indagación racional también suscita una creciente tentación a equiparar la comprensión provista por la ciencia con las intuiciones aportadas por cualquier modalidad del saber.
El enfoque de Escobar incurre en estos problemas conceptuales. Estos desaciertos no anulan el aporte de su trabajo. Es un crítico del capitalismo que actúa junto a los movimientos sociales y las comunidades. Sus escritos incluyen acertadas denuncias de la exclusión, la represión y la crueldad que impone la opresión imperial del Tercer Mundo.
Ese posicionamiento lo ubica en el campo de los rebeldes que bregan por la igualdad social. Para alcanzar ese objetivo es necesario afinar las caracterizaciones, las teorías y las propuestas.
17-11-2014
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Concepciones Social-desarrollistas - Claudio Katz


RESUMEN

La variante progresista del neo- desarrollismo prioriza la expansión de la demanda omitiendo las tensiones con la ganancia. También busca equilibrar las variables macroeconómicas desconociendo los desajustes que genera la acumulación. Su expectativa de sustraer al capitalismo de estado de las crisis que afronta el sector privado no se verifica. Tampoco es viable el reemplazo de empresarios por funcionarios.


Los proyectos políticos del desarrollismo democrático-popular chocan con los compromisos asumidos por la variante conservadora y el modelo regional cooperativo está afectado por la inserción global primarizada. Es erróneo observar a los gobiernos de centro-izquierda como antesala del socialismo y sustituir la evaluación de la lucha social por registros de proximidad o lejanía del industrialismo capitalista. Respetar las singularidades nacionales no impide discutir contrastando experiencias.
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 El neo-desarrollismo ha despertado la atención de numerosos analistas latinoamericanos. Las discusiones sobre este enfoque incluyen caracterizaciones de modelos económicos, estrategias geopolíticas y procesos sociales.
Pero se ha prestado poca atención a la variante progresista de esa concepción, que algunos autores denominan social-desarrollismo. Aunque esta segunda visión se encuentra en estado embrionario e incluye muchas indefiniciones, ya conformó un enfoque con influencia en varios países.
PLANTEOS ESPECÍFICOS
Pocos autores asumen la pertenencia al social-desarrollismo. Algunos se identifican con el amplio universo de teorías del desarrollo, otros destacan afinidades con la heterodoxia económica radical y casi todos se ubican en el campo político de la izquierda. Uno de sus promotores estima que este enfoque le asigna mayor relevancia a la dimensión social que a a las metas del desarrollo (Carneiro, 2012a).
América Latina es el principal objeto de análisis de esta corriente, pero sus miembros trabajan en propuestas específicas para Brasil, Argentina o México. Venezuela y Bolivia son campos de gran aplicación de este enfoque y la red Celso Furtado incluye a muchos simpatizantes de esa orientación (VVAA, 2007).
En el plano económico postulan iniciativas semejantes al programa neo-desarrollista, pero enfatizan la gravitación del consumo como mecanismo de redistribución del ingreso. Resaltan la centralidad del mercado interno para generar un círculo virtuoso de incrementos del poder adquisitivo y expansión de la producción. También subrayan el papel preponderante de la demanda para forjar un modelo de crecimiento con inclusión social .
La asociación Furtado adoptó justamente el nombre de un teórico que resaltaba la centralidad de la demanda, en contraposición al “mal desarrollo” generado por el deterioro del salario y la concentración de la renta (Furtado, 2007).
Al igual que el neo-desarrollismo la variante social promueve políticas monetarias activas, tipos de cambio competitivo y déficits presupuestarios financiables. Pero remarca la necesidad de mayor captación estatal de las rentas agrarias o mineras y también postula reducir la carga financiera que imponen los grandes bancos a las empresas y el estado.
El social-desarrollismo promueve una actitud de ruptura con el neoliberalismo que es rehuida (o explícitamente evitada) por el neo-desarrollismo. Su visión es más afín a las corrientes radicales del keynesianismo que a las concepciones heterodoxas en boga. También subraya la continuidad de brechas estructurales entre el centro y la periferia, que el enfoque convencional silencia o relativiza.
Algunos autores proponen una aproximación a las teorías de la dependencia. Registran la continuada subordinación de la economía latinoamericana a los centros metropolitanos y refutan los diagnósticos del subdesarrollo basados en la falta ahorro interno. También remarcan la transferencia de ese excedente al exterior (Guillen, 2007).
Los social-desarrollistas confían en gestar un modelo inclusivo de capitalismo que reduzca los niveles de inequidad. Pero reclaman una nítida primacía del sector público sobre el privado mediante la consolidación de modelos de capitalismo de estado .
A diferencia del neo-desarrollismo son muy críticos del comportamiento de la burguesía nacional. Promueven la sustitución de esa clase por el funcionariado estatal en la gestión del crecimiento y resaltan la solidez de la burocracia frente a la fragilidad del empresariado .
El terreno de mayor diferenciación con el neo-desarrollismo se ubica en la esfera política. Contraponen sus modelos democrático-populares con los proyectos conservadores del neo-desarrollismo convencional. En el caso brasileño presentan esta divergencia como una batalla entre dos perspectivas opuestas para el gobierno de Lula-Dilma (Pomar, 2013a: 23, 60-62, 79-92).
Esta visión se apoya en fundamentos ideológicos socialistas totalmente ajenos al neo-desarrollismo. Mientras que los herederos de la CEPAL siempre fueron hostiles al marxismo, muchos teóricos social-desarrollistas provienen de esa tradición, mantienen su identificación con la izquierda e interpretan sus modelos como un paso hacia el socialismo.
Para alcanzar ese objetivo consideran necesario transitar previamente por un prolongado período de capitalismo regulado. Estiman que esa etapa intermedia permitirá cambiar las relaciones de fuerzas y reintroducir la batalla por la sociedad igualitaria (Pomar, 2013a: 14-15). Otros vislumbran esa fase como un escenario de disputa entre procesos decrecientes de acumulación y dinámicas ascendentes de equidad (Guillén, 2007).
Todos consideran que el socialismo debe ser precedido por un modelo de integración latinoamericana. Estiman que el surgimiento de ese polo regional autónomo permitirá forjar posteriormente una economía pos-capitalista de gran porte (Dieterich, 2005: 135-143, 175-185).
¿Estas propuestas ofrecen un programa sólido para el desenvolvimiento latinoamericano? ¿Sugieren un curso favorable a los intereses populares? ¿Es compatible la construcción capitalista con la meta socialista?
PROBLEMAS DEL MODELO
Los promotores del social-desarrollismo destacan que el impulso de la demanda asegura un crecimiento auto-sostenido. Consideran que esos estímulos motorizarán la inversión. Reconocen el conflicto potencial que opone a la expansión de la demanda con el incremento de la rentabilidad. Pero afirman que esa tensión puede compatibilizarse si la redistribución del ingreso no desalienta las inversiones privadas (Carneiro, 2012a).
Sin embargo la experiencia indica que esa contradicción irrumpe en algún momento, en todas las economías regidas por el principio de la ganancia. Por esa razón los períodos de expansión del consumo son seguidos por fases inversas de ajuste. Las etapas de alto empuje de la demanda desembocan en períodos contractivos de reducción de costos. En esas circunstancias el estado de bienestar es reemplazado por la primacía de la austeridad.
La competencia por beneficios surgidos de la explotación que rige la evolución del capitalismo impone esa secuencia. El social-desarrollismo olvida este principio y sitúa a sus modelos en la fase expansiva, suponiendo que el período inverso puede ser eliminado mediante una acertada política económica. Esa posibilidad nunca se ha verificado.
Algunos teóricos estiman que países como Brasil cuentan con un amplio margen para implementar el modelo social-desarrollista (Carneiro, 2012b, 2012c). Pero lo ocurrido durante la última década es ilustrativo de las dificultades para concretar la conciliación de objetivos que postula ese esquema.
La economía brasileña creció (por debajo del promedio regional) con incrementos del consumo, endeudamiento de los sectores medios y un gran boom de las commodities. Pero el nivel de la inversión fue bajo, el estancamiento industrial persistió y el envejecimiento de la infraestructura alcanzó un punto crítico en energía, comunicaciones y transporte.
En este período la gravitación de las rentas agro-exportadoras continuó disuadiendo la reindustrialización y la expansión de la demanda volvió a enfrentar el techo de un sistema financiero que absorbe gran parte del excedente. La intervención estatal y las políticas económicas heterodoxas tampoco fueron suficientes para reducir la brecha tecnológica .
Estas mismas contradicciones se han observado con mayor nitidez en Argentina. Un modelo -que apostó al virtuosismo de la demanda- facilitó la recuperación inicial de una economía devastada por el derrumbe del 2001. Pero al cabo de un quinquenio de gran crecimiento afloraron los límites de un esquema que genera inflación, desajustes cambiarios y déficit fiscal.
Como la altísima renta sojera no financió la reindustrialización, la actividad productiva se estancó. Los grandes ingresos del fisco fueron canalizados hacia subsidios a los capitalistas, que volvieron a fugar capital sin aportar inversiones significativas.
Todos los efectos del impulso a la demanda quedaron neutralizados por la preservación de una vieja base agro-exportadora, un perfil industrial dependiente y un sistema financiero adverso a la inversión. El incentivo al consumo manteniendo esa estructura recreó las viejas tensiones macroeconómicas que afectan al país .
¿CAPITALISMO REDISTRIBUTIVO?
En los países con esquemas social-desarrollistas explícitos los resultados han sido limitados y contradictorios. Venezuela tuvo una etapa de crecimiento incentivado por la demanda que se frenó y desembocó en el estancamiento inflacionario actual. Bolivia ha logrado una expansión mas sostenida en un escenario muy peculiar .
Todos estos modelos afrontan desequilibrios semejantes que aparecen cuando la expansión de la demanda choca con las exigencias de rentabilidad. El neo-desarrollismo resuelve esa tensión promoviendo las medidas reclamadas por los capitalistas y el social-desarrollismo rehúye el problema.
Los promotores de ese enfoque consideran que la implantación de sistemas productivos diversificados, basados en la democracia participativa y la redistribución del ingreso, permitirá reducir la inequidad y transformar el crecimiento en desarrollo.
Pero pierden de vista la intensidad de las crisis periódicas que afronta el capitalismo. Esas convulsiones revierten las coyunturas de prosperidad, reavivan el desempleo y masifican la precarización laboral.
El social-desarrollismo olvida esas experiencias y formula cuestionamientos al neoliberalismo sin analizar las contradicciones y límites del capitalismo. Los desequilibrios de ese sistema no obedecen sólo a desaciertos de una u otra política económica. Este tipo de fallidos explica tensiones de corto plazo o errores en ciertos planos, que conviven con falencias estructurales en otros campos.
Muchas miradas social-desarrollistas tienden a centrarse en la coyuntura subrayando problemas derivados del tipo de cambio (elevado o reducido), las tasas de interés (gravosas o dispendiosas) o las políticas monetarias (expansivas o contractivas). Cuando fracasa una orientación se afirma que debió primar la acción inversa.
Con esta visión postulan a posteriori enmiendas contra-fácticas. Afirman que si en cierto momento se hubiera hecho tal cosa, jamás habría emergido el desequilibrio en cuestión. De esta forma olvidan las contradicciones que habrían aparecido en otros terrenos, si se aplicaba la receta propuesta .
Este tipo de encerronas surge de ignorar que todas las tensiones en juego expresan desequilibrios intrínsecos del capitalismo. Este sistema funciona regenerando contradicciones que ninguna política económica puede eliminar.
El keynesianismo radical soslaya estos problemas imaginando al capitalismo como un gran engranaje de variables monetarias, cambiarias o fiscales. Supone que un buen ministro puede equilibrar estos agregados, asegurando el perfil progresista del modelo. Pero la historia económica de América Latina desmiente esa expectativa.
¿EMPALME CON LA TEORÍA DE LA DEPENDENCIA?
Muchos autores social-desarrollistas remarcan la continuidad de los desequilibrios centro-periferia y promueven una convergencia de la CEPAL con el dependentismo. Estiman que Furtado y Marini aportan los pilares del modelo requerido para interpretar la evolución de América Latina .
Pero esta última combinación es conflictiva. Ambos teóricos compartían diagnósticos sobre el origen del subdesarrollo regional, pero postulaban explicaciones y soluciones muy distintas para el mismo fenómeno. Por eso encabezaron dos escuelas contrapuestas que no pueden amalgamarse.
Todos los desequilibrios subrayados por Furtado eran analizados por Marini como características del capitalismo periférico. Destacaba la perpetuación de esas contradicciones por la inserción regional subordinada en el mercado mundial, las exacciones del capital extranjero y la incidencia de la estructura rentista. El teórico marxista no sólo descartaba la posibilidad de modificar ese status con políticas económicas, sino que objetaba explícitamente la ilusión de emerger del subdesarrollo mediante el industrialismo de la CEPAL.
Su visión incorporaba los aportes analíticos de Prebisch (esquema centro-periferia, deterioro de los términos de intercambio, heterogeneidad estructural) y de Furtado (impacto de la oferta laboral sobre la estrechez salarial, efecto de la importación de insumos sobre el freno industrial). También avalaba las críticas a una vieja matriz agraria, que sofocaba el desarrollo manufacturero y restringía el poder de compra de la población (Marini, 1994).
Pero Marini nunca compartió la esperanza desarrollista de resolver estos desequilibrios con políticas de modernización monitoreadas por el estado. Cuestionó el optimismo en esa posibilidad durante los ciclos de crecimiento y objetó el pesimismo estancacionista en los períodos de agotamiento de ese auge. En ambas fases subrayó los límites sistémicos del capitalismo en la periferia.
Marini cuestionó a Furtado con un criterio semejante al utilizando por Marx para objetar a Ricardo. Ponderó la actitud científica de ese pensador y destacó sus hallazgos teóricos. Pero al mismo tiempo subrayó la imposibilidad de comprender el funcionamiento del capitalismo latinoamericano desde una óptica burguesa. Por esta razón nunca intentó fusionar el estructuralismo con la Teoría Marxista de la Dependencia.
CAPITALISMO DE ESTADO
El social-desarrollismo asigna una gran incidencia a la capacidad del estado para motorizar los componentes progresistas del capitalismo. Supone que la propia evolución de este sistema necesita regulaciones para contrapesar el predominio de las finanzas y la competencia descontrolada. El capitalismo de estado es visto como un mecanismo auto-corrector que permite la supervivencia de la acumulación. ¿Pero cuáles son sus peculiaridades?
El capitalismo de estado no puede ser definido por el simple acrecentamiento de la intervención económica del sector público. Esa expansión se verifica en todos los países. Está presente en la incidencia del Pentágono en Estados Unidos, en la cogestión alemana de las empresas o en el paternalismo de los funcionarios japoneses. Esa influencia ha sido dominante durante todo el siglo XX y no determina ninguna especificidad de los modelos capitalistas. Ha constituido un rasgo compartido por el liberalismo de los años 20, el keynesianismo de posguerra y el neoliberalismo actual.
Si el capitalismo de estado sólo implicara mayor incidencia del estado resultaría difícil distinguir las políticas económicas ortodoxas, heterodoxas, monetaristas o neo-keynesianas. Tampoco se podría entender los momentos de alta intervención (socorro de los bancos) y menor regulación (privatizaciones) que han registrado en las últimas décadas de neoliberalismo.
El capitalismo de estado no es siquiera sinónimo de gran acción estatal en circunstancias críticas. En esas coyunturas la injerencia estatal se impone como un dato, cualquiera sea el modelo predominante. El ejemplo más nítido de esta tendencia fue el auxilio de los bancos durante el colapso del 2008-09. En el cenit del neo-liberalismo la mano visible del estado fue reforzada para salvaguardar la continuidad del sistema financiero.
Frente a estas dificultades para definir con alguna precisión el significado del capitalismo de estado, el enfoque social-desarrollista tiende a subrayar el creciente peso de de las empresas públicas. Algunos autores estiman que esa tendencia se acentuó en los últimos años, con la incorporación de 120 entes públicos al ranking de las principales firmas del planeta (2004-2009). Recuerdan que un tercio de la inversión extranjera directa realizada en las economías emergentes fue ejecutada por ese tipo de compañías (2003-2010) (Crespo, 2013).
Pero esa visión omite la pérdida de supremacía estatal efectiva en las empresas con gran accionariado capitalista y alta preeminencia del gerenciamiento privado. También olvida el deterioro del perfil nacional en las firmas integradas a las redes transnacionales de la inversión y el financiamiento global. El papel predominante de los grandes grupos burgueses no disminuye en esta versión de capitalismo regulado.
Las empresas públicas actuales difieren significativamente de sus equivalentes de posguerra. Incluyen formas de sociedades mixtas con mayor participación de los inversores privados. Esta influencia determina un sometimiento mayor de las firmas a las exigencias de rentabilidad que el mercado bursátil.
El capitalismo de estado incluye, por lo tanto, una amplísima gama de definiciones o tendencias permiten amoldar sus caracterizaciones a lo que se pretende demostrar. Por esta razón son más esclarecedores los debates sobre la aprobación o la crítica de ese esquema.
Sus defensores sugieren que amortigua (o elimina) los problemas que acosan al capitalismo privado. Pero no explican cómo podría eludir las crisis que afectan a todo el sistema. Los estallidos financieros, la superproducción, la caída de la tasa de ganancia, la retracción del consumo no son patrimonio exclusivo del privatismo. El temblor del 2008 conmovió con la misma intensidad a Estados Unidos, Alemania o Francia.
Algunos autores social-desarrollistas fundamentan su reivindicación con otros argumentos. Estiman que el capitalismo de estado cumplirá un rol progresivo, si se extiende a escala internacional, frenan el predominio de las fuerzas conservadoras y abre caminos hacia el igualitarismo (Pomar 2013a: 6, 51-53, 65).
Con esa visión se retoman las viejas creencias de la social-democracia pero sin demostrar su factibilidad. Durante el siglo XX no se registró un solo caso de evolución hacia el capitalismo humanizado y se verificaron incontables evidencias de procesos regresivos. De la estabilización del capitalismo sólo emergieron fases ulteriores de mayor inequidad.
Una modalidad progresista del capitalismo es un contrasentido. Este sistema se desenvuelve perpetuando la desigualdad y los privilegios de los grupos dominantes. Por esta razón las visiones benévolas del capitalismo son utopías negativas. Suponen que este régimen podría mejorar su funcionamiento para favorecer a las mayorías populares, cuando en los hechos afecta a los trabajadores.
BUROCRACIAS Y BURGUESÍAS
A diferencia de sus pares convencionales, los autores social-desarrollistas estiman que en América Latina la burguesía es un grupo social reacio a comandar procesos sostenidos de acumulación. Consideran que ese sector ha sido hostil a todos los intentos industrialistas con mejoras sociales ensayados en el pasado.
Pero constatan esa deserción sin explicar las razones de esa conducta. Ese abandono fue una reacción frente a los desbordes de la lucha social y las amenazas de radicalización popular. En esos momentos se activaron los reflejos conservadores de la burguesía y se corroboró su fuerte entrelazamiento con la oligarquía y el capital extranjero.
Como ese comportamiento persistió en las últimas décadas, algunos teóricos proponen contrarrestar el previsible abandono burgués del proyecto industrialista, con una mayor presencia del estado. Otros prescinden de evaluaciones y simplemente sustituyen la calificación de los empresarios por juicios de la eficacia estatal. Suponen que en esa intervención radica el secreto del desarrollo cualquiera sea la conducta de los patrones.
Pero no es muy lógico suponer que un modelo capitalista podrá forjarse sin protagonismo hegemónico burgués. El sistema requiere una clase dominante que acumule dinero, extraiga ganancias y reinvierta capital. Por esta razón todas las sugerencias iniciales de sustitución estatal tienden a postular posteriormente medidas de fortalecimiento del empresariado.
El social-desarrollismo convoca a limitar la gravitación de la burguesía pero apoya políticas de sostenimiento de ese sector. Esta contradicción demuestra hasta qué punto resulta difícil promover un sistema para los capitalistas sin presencia de los principales involucrados.
Para superar este conflicto se suele promover un mayor reemplazo de protagonistas. El lugar ocupado por las clases burguesas es asignado a los funcionarios que gestionan el estado. Se supone que la burocracia se guía por intereses de elites que superan el mero lucro.
Pero la experiencia desmiente esa independencia social de las burocracias. Este segmento conforma capas autónomas muy conectadas con las clases dominantes. Siempre administran el estado en sintonía con los grandes grupos empresariales.
Es cierto que las elites configuran un segmento específico con objetivos propios, que afronta distintos conflictos con las fracciones financieras, industriales o comerciales del capital. Pero están asociadas con la burguesía y comparten los mismos principios de enriquecimiento, lucro y explotación. Por eso se oponen a cualquier proyecto que afecte la continuidad del sistema vigente (Miliband, 1997: cap 1).
La crema del funcionariado aspira a transformarse en capitalista para reforzar su poder con la propiedad de los medios de producción. El manejo del estado le permite ubicarse en un status privilegiado, pero sólo como dueños de las fábricas y los bancos pueden estabilizar esas ventajas y transmitirlas a sus herederos. La burocracia es imitadora y no rival de la burguesía.
¿DOS DESARROLLISMOS?
En el plano político los autores progresistas contraponen sus proyectos democrático-estatales con las variantes conservadoras del desarrollismo. Consideran que en el caso de Brasil esa disputa se ha procesado dentro de los gobiernos de Lula-Dilma y apuestan a ganar la partida al interior del Partido de los Trabajadores (Pomar, 2013b).
Pero el propio retrato que presentan de ese partido contradice esa expectativa. Describen una organización que surgió con proyectos socialistas y se convirtió en una maquinaria electoral entrampada en la preservación del status quo.
Partiendo de esa caracterización no explican cómo podría el PT retomar un rumbo de izquierda. Esa organización se ha incorporado al mundo de las grandes empresas, forjó alianzas con las oligarquías provinciales y utiliza el voto clientelar. Participa de la financiación oscura de la política, redujo la gravitación del sindicalismo obrero y potenció el peso de los hacendados y los multimillonarios (Rocha, 2014; Berterretche, 2014).
Los teóricos social-desarrollistas igualmente argumentan que las mejoras sociales obtenidas en la última década podrían proyectarse al plano de la justicia, el funcionamiento del estado y la democratización de los medios de comunicación. Consideran que esas asignaturas pendientes serán encaradas en la próxima etapa, si se logra revertir la hegemonía cultural que mantiene la derecha (Pomar, 2013a: 62-63, 94).
Pero esa extensión requeriría afectar los intereses capitalistas y el PT no muestra ninguna disposición a involucrarse en esa confrontación. Por esa razón está amenazada la propia continuidad (o profundización) de los logros sociales. Este peligro surge de la estrecha asociación que mantiene el gobierno con los grandes grupos empresarios.
Los defensores del giro democrático-desarrollista presentan la política exterior como un ejemplo de realizaciones posibles que podrían ampliarse a otras esferas. Describen la promoción de la multilateralidad, la autonomía frente a Estados Unidos y la diversificación de la diplomacia hacia los países del Sur. Consideran que en este plano se verificó la compatibilidad de las iniciativas empresariales y populares (Pomar, 2013a: 98-128).
Pero las misiones comerciales, las inversiones externas, los créditos del BNDES apuntaladas por Itamaraty no han sido innovaciones del PT. Esa cancillería acumula una larga trayectoria de intervenciones externas sin componentes populares.
La diplomacia de la última década ha seguido el modelo del PSOE español, que se convirtió en un lobista de las firmas ibéricas en el exterior. Lula ha emulado a Felipe González como intermediario de los negocios y transformó al PT en un organizador de empresas con proyecciones globales (especialmente en Latinoamérica y África).
Esta mutación es omitida con elogios a la recuperación de tradiciones nacionalistas favorables a la integración regional y a la democratización de las relaciones internacionales (Pomar, 2013a: 98-128).
Pero esta caracterización no condice con la ocupación militar de Haití. En esa intervención Brasil actúa en sintonía con Estados Unidos en el ordenamiento del hemisferio. Las tropas brasileñas han permanecido en la isla en medio de contundentes denuncias de complicidad con la represión y la tragedia social imperante. En los hechos Itamaraty ha buscado demostrar que puede asumir responsabilidades en la custodia del status quo regional (Chalmers, 2014).
El giro internacional conservador del PT se ha verificado también en su intento de limitar la presencia de las corrientes radicales en organismos de fuerzas progresistas (como el Foro de Sao Paulo). Por ejemplo, en el XVII encuentro de esa entidad suscitó una gran controversia su veto a dos organizaciones de este tipo (Marcha Patriótica de Colombia y Libre de Honduras).
EXPECTATIVAS REGIONALES
El modelo social-desarrollista está concebido a escala regional. Sus promotores estiman que el fortalecimiento del MERCOSUR y la conformación de un bloque geopolítico autónomo son condiciones básicas para el desarrollo con inclusión social.
¿Pero el enlace regional torna más realizables las metas que no se han alcanzado en cada nación? ¿Por qué razón el capitalismo regional corregiría esas carencias? La principal respuesta realza la mayor escala de los mercados y la creciente capacidad de negociación internacional de un bloque zonal.
Pero olvida que esa extensión no desactiva los intereses centrípetos de los distintos grupos empresarios. Las burguesías brasileña, argentina o colombiana continúan privilegiando los negocios internacionales que han forjado a lo largo de siglos, en desmedro de un mercado latinoamericano común.
La existencia del MERCOSUR (o UNASUR) demuestra que esos sectores también trabajan junto a las empresas transnacionales en el ámbito regional. Los intercambios comerciales y las inversiones en esta área son muy superiores al pasado. Pero hasta ahora, no existe el menor indicio de tendencias a la amalgama de los capitalistas latinoamericanos, en un conglomerado social convergente.
A diferencia de Europa ni siquiera despunta la aparición de un proto-estado regional unificado con monedas, cancilleres o parlamentos comunes. Tampoco hay esbozos de ejércitos, banderas o himnos compartidos. A diferencia del Viejo Mundo, América Latina siempre fue una región subordinada al capitalismo mundial y ese status no ha cambiado en el siglo XXI. La reinserción global de la zona como exportadora de materias primas ha recreado parcialmente ese sometimiento y socava los intentos de forjar asociaciones regionales autónomas.
Por esta razón, el MERCOSUR nunca despegó y actualmente enfrenta renovados obstáculos para su desenvolvimiento. También el equilibrio político consensuado dentro de UNASUR -entre gobiernos muy disímiles- empuja a este organismo a una periódica inacción .
Algunos pensadores estiman que América Latina igualmente puede alumbrar su propia variante de capitalismo regional progresista, si se incorpora al bloque contra-hegemónico que lideran China y Rusia, en el nuevo escenario de la multipolaridad. Los BRICS son vistos como el principal laboratorio de un nuevo polo coordinado de capitalismo de estado. Esperan que Brasil construya el puente de la región con las futuras potencias (Pomar 2013a: 14-15, 51-53, 65).
Pero basta observar la relación que ha establecido la principal economía en ascenso del mundo con América Latina para desmentir esas creencias. China incrementó en forma significativa su intercambio con la región y el volumen total del comercio pasó de 10 billones (2000) a 257 billones de dólares (2013). Pero casi todas las ventas al gigante asiático están compuestas por cereales, minerales y soja y el 91% de las compras son productos manufacturados. Este mismo patrón rige para la sub-potencia brasileña.
A pesar de la mejora en los términos de intercambio registrada en la última década, el patrón comercial de Latinoamérica con China tiende a repetir los viejos desbalances que afectan a la región. Ya son numerosas las comparaciones del esquema actual con el modelo impuesto por Gran Bretaña en el siglo XIX. Ese curso primarizó a la región y bloqueó su desarrollo industrial (Ventura, 2014).
La reaparición de las tradicionales disparidades entre el centro y la periferia impide la concreción de una variante cooperativa del capitalismo de estado. Muchos estudiosos de las relaciones de América Latina con China describen la asimetría estructural que se ha creado entre ambas regiones (Martins, 2011).
Esta misma desigualdad se verifica en torno a los BRICS, que impulsan emprendimientos financieros (como el reciente banco de desarrollo), sin alterar la brecha que separa a las potencias industriales (China) o militares (Rusia) de los proveedores de materias primas (Brasil).
¿UN PASO HACIA EL SOCIALISMO?
Algunos enfoques vislumbran el ambicionado capitalismo progresista como un anticipo del socialismo. Consideran que el MERCOSUR y la relación con China pavimentarán el camino hacia la sociedad igualitaria. Observan estas iniciativas como eslabones de un proceso global, que inclinará la balanza global a favor de los proyectos populares resistidos por las elites occidentales.
¿Pero cómo podría gestarse ese amortiguador con organismos interesados en mantener lazos privilegiados con las empresas transnacionales? Ese tipo de conexión predomina en la actualidad en todos los modelos de capitalismo vigentes.
En los años 80 se concebía otra transición a través de un Nuevo Orden Económico Internacional sostenido por la URSS. El propio concepto de capitalismo de estado (o capitalismo monopolista de estado) fue perfeccionado durante ese periodo con interpretaciones muy variadas. En algunas visiones era visto como un adversario del bloque soviético y en otros era interpretado como un nexo hacia la extensión internacional del socialismo (Inozémtsev, Mileikovski, 1980; Valier, 1978).
Las miradas actuales se alejan de ese enfoque, pero señalan que la preparación actual del socialismo transitará en América Latina por cursos neo (o social) desarrollistas de capitalismo. Con ese fundamento aprueban a los gobiernos de centroizquierda, estimando que esas administraciones consolidan la autonomía diplomática requerida para apuntalar la etapa pre-socialista. También destacan cómo esas administraciones limitan la preeminencia de gobiernos pro-estadounidenses y contribuyen a frenar las conspiraciones derechistas contra Bolivia y Venezuela (Pomar 2013a: 39, 47, 54, 56).
Pero esa contención incluye un componente de tutela conservadora para neutralizar los procesos más avanzados de la región, que es omitida por los social-desarrollistas. Evitan considerar las consecuencias de las medidas exigidas para forjar el capitalismo regional.
Esta construcción aporta ciertos blindajes externos a los procesos políticos antiimperialistas, pero exige limitar sus niveles de radicalización. Este acordonamiento no es novedoso. Todas las revoluciones afrontaron ese cerrojo y las victorias se lograron sorteando esas presiones.
Una forma de obstruir la radicalización es relegar al ALBA a un rol testimonial, estimando que sólo la UNASUR está disponible para ejercitar alguna acción efectiva en la región. Los autores que aceptan esa política reconocen la simpatía de toda la izquierda con el primer proyecto, pero subrayan la imposibilidad de extenderlo (Pomar 2013a: 41-43, 58, 194).
Esa mirada omite que dentro de UNASUR hay varios gobiernos explícitamente reaccionarios. Por esa razón ese organismo sólo puede aportar un paraguas defensivo frente al acoso imperial, pero nunca apuntalará la dinámica antiimperialista que necesita América Latina, para abrir un cauce hacia el socialismo.
PROPUESTAS INCOMPATIBLES
La expectativa de arribar paulatinamente al socialismo una vez concluida la fase previa de capitalismo estatal retoma la vieja estrategia de las etapas, que desde los años 40 postularon muchos Partidos Comunistas. Esta teoría jerarquizaba la batalla contra los latifundistas y esperaba actitudes progresistas del empresariado nacional.
Los social-desarrollistas conocen esa frustrada experiencia pero evitan juzgarla. Se limitan a proponer su repetición, con la esperanza que el tiempo transcurrido impida una nueva decepción. No aclaran cómo se eludiría ese resultado transitando por el mismo camino (Pomar 2013a: 27-29, 35).
Es evidente que el socialismo nunca llegará si se afianza el capitalismo. Un sistema es incompatible con el otro. El principio básico del primer régimen es la igualdad y el cimiento del segundo es la explotación. Cualquier proyecto de transición al socialismo requiere el declive y no la extensión del capitalismo.
Para forjar variedades de este último sistema hay que desenvolver prósperos negocios que apuntalen las fortunas de las clases dominantes. Ese proceso consolida privilegios que alejan la esperanza de socialismo.
En el pasado la alianza con las burguesías no condujo al reemplazo del modelo agro-exportador por procesos exitosos de industrialización. Por esta razón tampoco se verificó el siguiente paso de maduración económica previa del pos-capitalismo. La supervivencia del sistema actual recreó distintas modalidades de acumulación.
Muchos autores progresistas también supusieron que la burguesía se resignaría a suscribir alianzas desfavorables a su propio futuro, ante la imposibilidad de detener un curso socialista inevitable de la historia. Pero en los hechos muy pocos patrones se sometieron a ese mandato teleológico y continuaron preservando el sistema que los beneficiaba.
En esos años también se imaginaba que el patriotismo de los capitalistas favorecería desenlaces socialistas. Esta expectativa era particularmente intensa en las coyunturas bélicas o en los momentos de agresión neo-colonial. Pero siempre se corroboró una predilección opuesta de las clases opresoras a aceptar la dominación extranjera para preservar sus privilegios.
En todas esas variantes el socialismo era concebido como un norte visible, al cabo de ciertos años o décadas de prosperidad capitalista nacional. Este enfoque ha perdido actualmente esa vieja temporalidad. Los social-desarrollistas no sugieren en qué momento comenzaría el pasaje del capitalismo de estado a la sociedad igualitaria.
Como presuponen que ese estadio requiere la consolidación previa de un modelo capitalista regional la fecha en juego resulta inimaginable. Si el capitalismo latinoamericano aún no fue parido, tampoco es posible concebir cuándo emergerá su sucesor.
LA CORRELACIÓN DE FUERZAS
Otro argumento para preceder la batalla por el socialismo con modelos de capitalismo resalta la necesidad de cambiar las relaciones de fuerza actualmente adversas (Pomar 2013a: 14-15).
Al cabo de dos décadas de neoliberalismo, el escenario mundial de repliegue que describe ese diagnóstico es indiscutible. Pero un cambio de ese contexto dependerá de luchas sociales victoriosas que permitan frenar los atropellos de las clases dominantes.
La correlación de fuerzas sólo mejoraría con ese resultado y no con la aparición de otro modelo capitalista. Un esquema desarrollista no es sinónimo de avances sociales. Basta recordar que en los años 60 varias dictaduras sudamericanas adoptaron ese perfil económico, para constatar la inexistencia de esa identidad.
Las miradas social-desarrollistas de la correlación de fuerzas no retratan el estado de la confrontación entre trabajadores y patrones, sino la presencia de modelos más o menos favorables al capitalismo de estado. En estas interpretaciones no se evalúa cuántas conquistas obtienen o pierden los asalariados, sino qué sector de la burguesía predomina. Si los industriales monitorean el sistema, el veredicto es auspicioso y si predominan los financistas, el juicio es sombrío.
Este abordaje postula una simplificada contraposición entre neoliberales y neo-desarrollistas. Si la economía se estanca, aumenta la pobreza y se expande la desigualdad es por la primacía del primer grupo. Cuando prevalecen tendencias opuestas todos los méritos son asignados a la segunda corriente. El escenario objetivo del capitalismo y el desenlace de las luchas populares que explican ambas coyunturas quedan relegados, frente a esa forzada contraposición binaria.
Con ese criterio cualquier consideración de la correlación de fuerzas se torna arbitraria. Además, se suelen potenciar la adversidad de los escenarios para realzar la necesidad de alianzas con los capitalistas, que atemperen la debilidad de los oprimidos. El análisis real de las derrotas o victorias de los movimientos populares queda sometido a un filtro, que dirime cuánto apuntalan u obstruyen esas acciones la gestación del capitalismo progresista.
Con este enfoque las discusiones de la izquierda pierden la brújula. Los elogios al capitalismo social-desarrollista permiten establecer diálogos con los economistas del sistema que ignoran, rechazan u omiten referencias al socialismo. Pero el intercambio se torna más complejo con los marxistas que cuestionan al capitalismo y apuestan a su erradicación.
La sustitución del programa socialista por convocatorias a una etapa común con la burguesía induce a la adopción de las preocupaciones de las clases dominantes. El cuestionamiento de la explotación es sustituido por impugnaciones del libre-comercio y las objeciones al capitalismo como sistema son reemplazadas por críticas a sus modalidades financieras, a las ganancias excesivas o a la escasa regulación. La competitividad es aceptada como principio e incluso convertida en la prioridad de toda la sociedad.
La trayectoria de las corrientes social-demócratas ilustra esta involución. Luego de asumir la necesidad del capitalismo comenzaron a participar en la administración de los lucros que genera este sistema. En la actualidad su mimetización con los representantes de la burguesía es total.
DISCUTIR SIN PREVENCIONES
Algunos autores social-desarrollistas consideran que los debates sobre estrategias socialistas no deben traspasar los límites nacionales. Suponen que cada pueblo construye su propio camino sin contrastarlo con otras experiencias. Por eso objetan cualquier contraposición “dicotómica” entre izquierdas socialdemócratas y radicales. Estiman que cada variante se corresponde con las peculiaridades de su país y convocan a un desarrollo convergente de ambas vertientes (Pomar 2013a: 15, 24-25, 56, 59, 49).
Pero la historia de los procesos revolucionarios ilustra todo lo contrario. Estos cursos prosperaron a través de controversias entre fuerzas adversas. Esa diferenciación permitió a los bolcheviques superar a los mencheviques, a Mao romper con Chang Kai Shek y a Fidel Castro desembarazarse de los gusanos.
Ciertamente el momento actual no se equipara con esos períodos, pero rigen los mismos contrapuntos y la misma necesidad de clarificarlos, si se aspira a promover algún rumbo socialista. Este esclarecimiento transita por una diferenciación entre proyectos estratégicos pro y anticapitalistas.
Nadie discute que la transición al socialismo será un proceso prolongado que incluirá complejas disputas entre el plan y el mercado. Pero esa contraposición sólo puede desenvolverse en una sociedad que comenzó la erradicación del capitalismo y no al interior de este sistema.
13-11-2014
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