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domingo, 19 de abril de 2015

“La región desperdició condiciones que se dan una vez por generación” Entrevista a José Gabriel Palma

El reconocido economista chileno José Gabriel Palma, senior lecturer de la Facultad de Economía de la Universidad de Cambridge del Reino Unido y docente de la Universidad de Santiago y la Universidad de Valparaíso, dialogó con El Economista sobre la coyuntura latinoamericana y la falta de transformación productiva en el contexto global más benévolo de las últimas décadas.
Hace dos años me comentaba que, desde el punto de vista económico, “había un triunfalismo injustificado en la región”. ¿Hoy se está viendo que ese sentimiento triunfalista no tenía bases sólidas?
Desgraciadamente así fue. Si uno mira a Latinoamérica en el ciclo que comenzó con la política expansiva de la Fed después del 9/11, hay poco o nada que mostrar más allá de una expansión primarioexportadora y de servicios de baja tecnología. Como se sabe, este ciclo se caracterizó por una combinación de factores externos muy positiva: altos precios de las commodities y fácil acceso al financiamiento externo. Junto a ello, el crecimiento de China aportaba el componente fundamental de demanda efectiva. De haberse aprovechado bien estas condiciones externas, la región podría haber sustentado un proceso de transformación económica basado en un fuerte impulso a la inversión, mayor diversificación productiva y gran absorción tecnológica. En cambio, ahora que este ciclo se evapora, queda en evidencia lo mal que se aprovechó esta oportunidad que, con surte, ocurre una vez por generación. El crecimiento promedio de América Latina entre el 2002 y el 2014 fue apenas de 3,5%, y cinco sextos de eso tenían su origen en la expansión del consumo. La inversión promedio de America Latina durante este período no llegó siquiera al 20% del PIB. Qué manera de desperdiciar una situación tan favorable, y quizás única por muchos años.
¿Qué faltó?
Primero faltó aquello que sobra en Asia: ambición. Después, faltó una ideología que sustente dicha ambición, pues como nos decía Gramsci este tipo de batallas se ganan o pierden en dicha dimensión. En América Latina la autocomplacencia neoliberal contagió a más sectores políticos de lo que uno se imaginaría. Miren a Brasil y Chile. Si uno observa a Latinoamérica desde las reformas de los ’90 nota un boom primario-exportador, un desarrollo de servicios (retail, finanzas, turismo, etcétera) y una gran desindustrialización. Nunca se hizo un esfuerzo de verdad por diversificar el aparato productivo, industrializar las exportaciones o dar un nuevo estímulo a las manufacturas. No hubo tendencias endógenas para diversificarse y, por lo tanto, la inversión, tanto privada como pública, fue muy baja. Esta última década dio la gran oportunidad para hacer algo diferente, pero se desperdició. Es nuestra gran década perdida. Chile, mi país, pudo haber industrializado el cobre, la madera y los salmones, al estilo nórdico, pero poco se hizo en dicha dirección. No hubo política comercial ni industrial, ni una macro keynesiana procrecimiento. El Estado neoliberal tiene menos imaginación que la selección chilena de fútbol antes de Bielsa. Las corporaciones extranjeras, mientras tanto, sextuplicaron la repatriación de sus utilidades y dividendos, en su mayor parte proveniente de actividades mineras –de US$ 30 mil millones en la década pre-2002 a US$ 180 mil millones en la posterior (equivalente a un cuarto de las exportaciones de esa década; ambas cifras en dólares actuales)–. Esto es, año a año sacaban de Chile más que el PIB de Bolivia. Y todo eso por molestarse en producir cobre concentrado (con un contenido de metal de tan sólo un 30%, resultado de una flotación rudimentaria del mineral bruto pulverizado), la astilla de madera y el salmón de tres kilos. De hecho, las grandes mineras privadas se apropiaron en al menos siete de esos diez años de excedentes del mismo orden de magnitud que el total de sus inversiones precedentes, recuperando el total de sus inversiones siete veces en este período –sin considerar los excedentes anteriores y posteriores–. ¡Qué generosidad la de los chilenos! Para enviarlo al Guinness Book of Records. El teatro del absurdo llevado a la realidad. Este seudo-modernismo neoliberal nos recuerda Adorno, el filósofo alemán: “Hoy en día, el recurso a la modernidad, no importa de qué tipo, con tal que sea suficientemente arcaico, se ha convertido en universal”. Mientras tanto, lo poco que quedaba en Chile, casi todo gracias a la muy estatal Codelco, se consumía. Sólo en los cuatro años del último Gobierno el consumo subió del 71% del PIB al 76%. De hecho, la expansión del consumo fue tal que las importaciones crecieron cuatro veces más rápido que las exportaciones. Buen ejemplo de economía populista en piloto automático, en la que las fallas de mercado, y todos los privilegios, se reproducían bajo el motto: “Teme al 1%, honra al mercado”. Ahora, que se acaba el ciclo, uno mira para atrás y casi lo único que ve son multinacionales contentas, traders, rentistas y especuladores felices, y hogares endeudados. Según el último informe de Forbes, en la última década en términos relativos no hubo ninguna región en el mundo donde se crearan tantos nuevos millonarios, centa-millonarios y billonarios como en América Latina. Brasil, Chile, Argentina y la Venezuela bolivariana donde más. En Brasil, con su economía estancada, el Partido de los Trabajadores creaba en 2013 un millonario en dólares de este tipo (esto es, con más de US$ 30 millones, excluyendo su residencia principal) cada 27 minutos. Si bien esa década fue una oportunidad perdida para la diversificación productiva, la cual brilla por su ausencia, no lo fue para el bolsillo de tantos. Realmente hay que sacarles el sombrero a nuestros neo-liberales criollos: su ideología se ha transformado en la tecnología de poder más sofisticada de la historia. En Chile el 1% más rico se puede llevar hoy día más del 30% del ingreso en una democracia de “centroizquierda”.
¿Por qué está tan seguro de que esta oportunidad no volverá a aparecer?
Si algo nos enseña la historia económica es que este tipo de bonanzas sólo ocurren, con suerte, una vez por generación, y son siempre transitorias – y siempre durante ellos prima la manía de pensar lo contrario–. Y si uno mira la economía internacional, no hay nada que indique lo contrario. Mucho desastre y mercados financieros tan líquidos y autodestructivos como antes del 2007.
¿China no podría proveer capitales?
Si bien China tiene su agenda propia, competitiva con la de Estados Unidos y los organismos internacionales de Washington, y una gran necesidad de asegurarse un acceso fácil a commodities, también tiene sus propias fragilidades financieras y necesidad de reorientar su crecimiento hacia adentro. Buena parte de sus finanzas deberá usarse para enfrentar ambos desafíos. Lo primero tiene su origen en que su stock de crédito saltó de US$ 9 billones al estallar la crisis del 2007, a US$23 billones en 2012, monto equivalentes al 220% del PIB. En otras palabras, China replicó todo el stock de crédito del sistema financiero norteamericano en tan sólo cinco años. Lo más problemático fue lo que ocurrió en el sistema bancario “informal”, un sector que opera prácticamente sin regulación; éste acumuló casi US$ 6 billones de activos. Y para hacer eso copió las peores prácticas estadounidense, aquellas que llevaron a la crisis de las “hipotecas basura”. Lo segundo, se debe a que las perspectivas externas para China son negativas: Estados Unidos se desacelera, la Europa mediterránea da susto, la continental estancada, y Japón se da vuelta en lo mismo. Mientras tanto, el nivel de deuda mundial continúa creciendo a pesar de que la filosofía económica seguida desde la crisis fue dar tiempo para el deleveraging. En lugar de eso, la deuda mundial creció en US$57 billones desde el 2008, llevándola al 286% del PIB mundial. ¿Alguien realmente cree que eso es pagable sólo porque proliferan los fondos buitres y los jueces Griesa?
Por tanto, tampoco descarta una crisis financiera en China.
Si China tuviera un sistema financiero como el del resto del mundo, ya estaría en crisis. Eso no lo duda nadie. El buen dato es que los chinos no tiran la toalla tan fácilmente como otros. Pero en economía también existe la ley de gravedad, por lo que la probabilidad de un hardlanding no es baja.
¿Cómo está viendo la economía argentina?
Si bien tiene su especificidad muy concreta, al igual que el resto de América Latina el panorama es muy poco alentador. En 2014 la región apenas creció 1,1%, con Argentina y Brasil estancados y Venezuela en caída libre; Chile apenas creció 1,8%. En ese sentido, lo que pasa en la Argentina es reflejo de un problema regional (con muy pocas excepciones). Quien se haga cargo del Gobierno en diciembre recibirá una herencia económica muy complicada. Una economía estancada, pocas reservas, un diferencial de bonos soberanos (EMBI+) mayor a 700 puntos básicos (cuatro a cinco veces el chileno, peruano, colombiano o uruguayo), primas por canje de riesgo soberano de incumplimiento de crédito a cinco años mayor a 2,700 puntos básicos, una transferencia neta de recursos al exterior alta, una inversión privada muy baja, una inversión extranjera directa que desaparece, una inflación reprimida, un balance fiscal ya tan negativo como el brasilero y el problema con los fondos buitres, que es político, difícil de resolver. No sé por dónde se va a tomar el hilo para desenredar la madeja. Y es difícil que los precios de los commodities ayuden, y menos el resto de la región o la economía mundial. El gran desafío que le queda a este gobierno es que la situación deje de agravarse.
A favor, el país tiene un bajo nivel de deuda externa en moneda extranjera y un más que interesante stock de dólares, que actualmente no están en el circuito económico, que podrían reingresar y financiar la transición.
Sin duda, pero la deuda externa bruta, US$ 150 mil millones, no deja de ser importante; pues si bien es sólo la mitad de la de Brasil o México, y similar a la chilena, es el doble que sus exportaciones de bienes. Y los capitales de argentinos en el exterior, que son de un gran volumen, no será fácil tentarlos de vuelta, menos si los mercados financieros internacionales siguen dando rendimientos altísimos creando burbuja tras burbuja (la última basada en grande fusiones de empresas, pagando precios ridículos). Estos mercados están tan desvinculados al desastre de la economía real que recuerdan a Nerón tocando la cítara mientras Roma ardía.

lunes, 27 de agosto de 2012

Entrevista a Gabriel Palma - Por que a América Latina não cresce como a Ásia?


Em 1980 o parque industrial brasileiro era maior que o da Tailândia, Malásia, Coréia do Sul e China combinados. Em 2010, a indústria brasileira representou pouco menos de 15% em comparação com esses países. Acho que o que tem que perguntar é por que o Brasil representa 75% do comércio mundial de ferro e só dois por cento do de aço em um país que tem a Embraer. E não é só o Brasil. Temos o caso do Chile, que hoje exporta muito mais cobre concentrado que fundido que há 20 anos. A avaliação é de Gabriel Palma, professor chileno da Universidade de Cambridge, em entrevista à Carta Maior.
Marcelo Justo - Correspondente da Carta Maior em Londres
1/2/12
Londres - Ao fim de 2011 a economia brasileira teve crescimento nulo. No princípio deste ano, um prestigioso instituto britânico, o Centre for Economic and Busines Research, colocou o Brasil à frente do Reino Unido na lista das “top 10” economias do mundo e previu que, em 2020, sua economia superaria à da Alemanha, hoje segundo exportador mundial depois da China. Carta Maior dialogou com Gabriel Palma, acadêmico chileno da Universidade de Cambridge, na Grã Bretanha, especialista em política econômica comparada, que há anos procura desentranhar por que os países da Ásia têm um crescimento sustentável que não existe na América Latina.

No Brasil o copo está meio vazio ou meio cheio?


Gabriel Palma – Que a economia brasileira em termos de Produto Bruto Interno tenha passado a do Reino Unido não é tão significativo como pareceria à primeira vista porque o Brasil tem três vezes a população britânica. Se for comparado este dado com outras estatísticas brasileiras como a desaceleração, a desindustrialização, a "commoditificação" da economia, o panorama muda. Meu ponto de partida é outro. O que venho me perguntando faz tempo é por que os países da América Latina não podem crescer como os da Ásia. Na Coréia, Singapura, Taiwan, Malásia, Tailândia, Indonésia e China, o crescimento foi de dois dígitos durante décadas. Na América Latina não. Dá-se um crescimento de dois dígitos que dura uns anos e depois se esvazia. E não acontece só no Brasil. Acontece no Chile, na Argentina, no resto da região.

E qual é a resposta a essa pergunta?


Gabriel Palma – Como você pode imaginar é muito complexa. Mas os dados são muito claros. Em 1980 o parque industrial brasileiro era maior que o da Tailândia, Malásia, Coréia do Sul e China combinados. Em 2010, a indústria brasileira representou pouco menos de 15% em comparação com esses países. Acho que o que tem que perguntar é por que o Brasil representa 75% do comércio mundial de ferro e só dois por cento do de aço em um país que tem a Embraer. E não é só o Brasil. Temos o caso do Chile, que hoje exporta muito mais cobre concentrado que fundido que há 20 anos. O caso do México, que nos anos 80 se propôs um desenvolvimento exportador com as montadoras. Hoje tem a mesma proporção de montadoras que 30 anos atrás.

A China, que também teve este modelo exportador nos anos 80, hoje exporta a metade de sua produção com produtos de alto valor agregado. Há uma ambição econômica na Ásia que contrasta com a inércia que se sente na América Latina. Isso não quer dizer que não há tentativas. Na Argentina se está experimentando algo diferente. No Brasil, Mantega está tentando, mas se choca com o Banco Central. Na Ásia todos parecem querer se superar.

Entretanto, no caso do Brasil se calcula que uns 13 milhões de pessoas saíram da extrema pobreza na última década, sinal de que houve avanços.

Gabriel Palma – No Brasil como no Chile e na Argentina, houve avanços, tanto neste sentido como na redução do desemprego. No Brasil temos o salário mínimo e o bolsa-família que dará a 11 milhões de famílias subsídios que lhes permitam baixar os níveis de pobreza. A questão é que todo este bolsa-família é 0,5% do PIB. Agora, se com 0,5% do PIB se consegue esta redução da pobreza, por que não se tenta com 1% do PIB que não é nada do outro mundo e que reduziria em 11 milhões mais a pobreza? Segundo um estudo da CEPAL, há seis países latino-americanos, entre eles a Argentina, o Brasil e o Chile, nos quais custaria menos de 1% do PIB terminar com a pobreza. Se falarmos da Índia, com 500 milhões de pobres, a tarefa é titânica: custa 10% do PIB terminar com a pobreza. Na América Latina não. No Chile, com 20 anos de governo da Concertação se reduziu primeiro a pobreza de 40% a 20% e, uma década mais tarde, 10%. Hoje voltou a dar um salto a 15%. Inclusive com governos progressistas, que têm uma vontade política neste sentido, com contas fiscais em ordem e um boom de commodities, o avanço é muito menor do que poderia ser.

Há um assunto que trata do desenvolvimento também. A pobreza está inevitavelmente vinculada com o modelo econômico que se aplica. 


Gabriel Palma – Não resta dúvida. No Brasil há uma crescente "commoditificação" da economia. Há 10 anos as commodities representavam 25% do total. Hoje constituem 50%. Há um grande desenvolvimento das commodities, mas com poucos produtos processados e com um abandono da indústria manufatureira que é lamentável. O atual modelo econômico, que começou nos anos 80, aprofundou-se com Cardozo e continuou com Lula, se baseia em um tipo de câmbio sobrevalorizado e na entrada de capital, o que vem causando a desindustrialização do país. Não há país asiático que siga esta política macro.

O governo lançou o programa Brasil Maior para revitalizar a indústria. O caminho pode ser este?


Gabriel Palma – Se parar a decadência já me conformo. Ao olhar a taxa de investimento total – nacional, estrangeira, pública e privada – por trabalhador no Brasil, se percebe que hoje são menores do que nos anos 80. Ao comparar com a China se percebe que o investimento aumentou 12 vezes com respeito aos anos 80. O Brasil vem há 30 anos com um investimento público menor que 3% do PIB. Hoje a infra-estrutura está caindo aos pedaços. E as taxas de juro são usurárias. No último estudo da Federação de Comercio de São Paulo, a taxa de juros média do cartão de crédito batia em 230 % anual. Fala-se muito da criação de una nova classe média graças ao acesso ao crédito, mas além de acesso ao consumo o que eu vejo é um grande endividamento com taxas de mora muito altas.

Há uma bomba-relógio no setor financeiro do Brasil?


Gabriel Palma – Não acho que seja como a dos Estados Unidos e Europa. Há problemas, mas as contas fiscais são sustentáveis, a dívida externa caiu, o setor produtivo não tem grandes dívidas. O melhor que se pode dizer do Brasil é que não há nenhuma bomba-relógio financeira nos próximos cinco anos. Mas também está claro que não vai haver um crescimento de mais de três ou 4 % e terá um grande desenvolvimento do setor financeiro e das commodities. O último informe global do Banco Santander é muito interessante neste sentido. No Brasil estão 15% de seus ativos e 30 % de seus lucros mundiais. Por isso todos receberam Lula como um herói em Davos.

Que impacto pode ter esta situação do Brasil em seus vizinhos em meio à atual crise econômica?


Gabriel Palma – A grande vantagem dos países latino-americanos é que a demanda das commodities vai continuar. Isto amortiza o impacto de uma crise externa. Acho que a atual crise mundial vai deixar lembranças, não tanto pela profundidade, mas pelo tempo que vai custar para sair. Neste sentido, a América Latina teria que se preparar para cinco ou dez anos de dificuldades no setor externo e se concentrar mais em potencializar seu mercado doméstico.

Tradução: Libório Junior